Las bacantes: vacas lecheras Holstein, de Satoko Ichihara (Satori) Traducción de Marta E. Gallego | por Juan Jiménez García

Tomohiro Maekawa | El sol

La ductilidad (esa capacidad de grandes transformaciones sin roturas) de los textos teatrales clásicos, ha sido puesta en más de una ocasión (y de cientos en algunos casos) a prueba, con resultados que también dependen del grado de dureza del original (y estaría tentando a decir del respeto hacia él, por muy divergente que sea el resultado final). En algunos casos, como Las bacantes: vacas lecheras Holstein, lo que queda es el armazón, el andamiaje necesario para construir, con la debida socarronería, otra cosa, que no solo juega a desmontar la obra de Eurípides, a convertirla en ecos y resonancias, sino que también lo hace con las formas del teatro griego, para enredarse a ese andamiaje y, trepando, trepando, proponer irreverencia, subversión y posmodernidad, como nos anuncia Satori en la portada del libro. Su autora, Satoko Ichihara es una treintañera que pese a su juventud (estas amplias juventudes de ahora) desde hace diez años posee una compañía propia, Q, y que no solo se limita a la dramaturgia, sino que dirige, además de haber escrito también novelas.

En su presentación, Kyoko Iwaki ya nos traza unas líneas que atraviesan texto y obra de su autora, desde su relación con lo queer a su práctica del llamado teatro de monólogo. Y es que Las bacantes: vacas lecheras Holstein, podría ser un falso monólogo, acompañado de coro griego e interrupciones, desde el momento que el peso recae en el personaje de Mujer y su relación más que con la vida, con la sexualidad, hasta confundirse ambos términos. Una reflexión (y aquí viene la irreverencia) que podríamos decir desvergonzada o deslenguada, que es un término que nos conviene más. Y así nos va relatando nuevas experiencias y sus visitas al happening club, suerte de lugar para experiencias sexuales que además conjuga el voyeurismo de los otros. En fin, un lío. Un agradable lío y más si pensamos que nuestra protagonista empieza a sentirse mayor, es decir, traumatizada, es decir, abandonada a su suerte (sexual).

Y en todo ello no está sola, porque hay un Perro misterioso y hasta una Entidad desconocida (que podría entenderse como una irónica definición con los temas del género y su propiedad líquida, pero que tal vez no sea irónica) y el personaje de la Bestia, mitad vaca mitad humana, representante de esas vacas lecheras de Holstein que llega para poner en apuros intelectuales a su protagonista, que, no lo habíamos dicho, se dedica a inseminar a estos animales y es buena en su oficio. Lo cual la lleva a pensar que ella misma también se puede inseminar y el esperma ya lo venden hasta por internet a un precio razonable. Lo dicho, subversión. Así, va evolucionando la historia, entre los discursos del coro y, ordenadamente, desde el prologos al exodos, que es como funcionan las cosas en el mundo griego clásico, trasladándolo a la posmodernidad, que es todo desde hace mucho, pero a la que Satoko Ichihara se adhiere libertinamente. Otra notable muestra de teatro japonés contemporáneo.

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