La Wycherly, de Ross MacDonald (Navona) Traducción de Eduardo Hojman | por Juan Jiménez García

Ross MacDonald | La Wycherly

Lew Archer es un detective particular no especialmente diferente a otros detectives. Le gusta hablar, como a tantos otros, y moverse de acá para allá, como tantos otros más. No cree en muchas cosas. Tal vez solo en llegar al fondo de las cosas, aunque ese fondo no le interese a nadie, ni tan siquiera a su cliente. Incluso es capaz de conmoverse con el destino de aquellas personas que se cruzan en su camino. Archer es contratado por un ricachón, el señor Wycherly, para que encuentre a su hija Phoebe. Ella tiene veintiún años y no muchas cosas que contar. Sin embargo, alrededor suyo, todo parece diferente. Cada piedra que se levanta esconde un escorpión y, no pocas veces, un escorpión muerto. El trabajo de Archer se complica, su ir de aquí para allá es ir desde lo poco conocido a lo desconocido. Ya no busca a una persona, sino que busca un sentido a todo lo que rodea a esa persona.

Cuando Ross MacDonald escribió La Wycherly, Lew Archer llevaba algunos años dando vueltas por el mundo. Si su autor venía de Raymond Chandler, Archer venía de Philip Marlowe, pero al final solo es una cuestión de oficio. Detective triste, siempre a la deriva, firme entre un mundo de circunstancias, Archer es algo así como un hombre a la deriva. Un hombre que ve desmoronarse el mundo, caer las paredes que lo sustentan, mientras va de acá para allá, preguntando y escuchando.

En La Wycherly, la galería de personas no tiene final, pero cada uno de ellos tiene un mundo, casi siempre complicado. Desde los más grandes a los más pequeños. La complejidad de un puzle que  no desprecia ninguna pieza y que sabe que cada una de ellas es necesaria para dar una imagen completa. MacDonald será capaz de contar la historia del mundo, del mundo de la destruida familia Wycherly, sin que lleguemos a resolver nada. Todo son dudas. Todo son nuevas dudas. No es una cuestión de tramas complicadas: lo complicado es entender las motivaciones de sus personajes, extraer de ellos lo que todos pretenden esconder. Pequeños y miserables, todos parecen tener sus razones para mentir o no contar nada.

En ese mundo velado, no es una cuestión de ser un hombre de acción. No valen de nada ni las balas ni los puñetazos. Solo preguntar y preguntar, intentar romper ese mundo de silencio, ese mundo de mediocres. Para Archer ya no es un caso que tiene que resolver, sino que es una cuestión personal. Phoebe no será una persona a la que encontrar sino una persona a la que necesita encontrar.

Ross MacDonald es un grande entre los grandes de la novela negra. Hay que empezar ubicándolo y su ubicación es esa, allá en lo alto. Su capacidad para construir una historia llena de personajes, cargada de diálogos, repleta de dudas, es inmensa. Construir un tupido manto de hilos, finamente trazado, que es todo ligereza. En él no hay sociedades podridas o corruptas, ciudades que se caen a trozos. Tan solo un puñado de personas que buscan resolver sus problemas y a las que vale cualquier método. Un dibujo sutil de un mundo íntimo, enterrado, que solo necesita un empujón que lance todas esas piezas a un movimiento frenético de destrucción y muerte.

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