Matemos al tío, de Rohan O’Grady (Impedimenta) Traducción de Raquel Vicedo | por Almudena Muñoz

Rohan O'Grady | Matemos al tío

Cuando la vida es tan cruel que extrae al niño de nueve largos meses de colegio para embarcarlo en un campamento que él no ha elegido, la energía aletargada en una mochila debe reventar sus cremalleras. Arma un follón en el medio de transporte, pierde su equipaje y disemina su contenido en las habitaciones de paso, abandona las salas de espera y explora los habitáculos prohibidos. Comete pecados capitales que ni siquiera le llaman la atención como tales, sino por simple oposición a las reglas del resto del año. Roba, insulta, pellizca el trasero de la mujer del prójimo, engulle en un santiamén desayunos calientes, bocadillos de melaza y bolsas de tartaletas. ¿Y en lo alto de la lista… mata? De momento sí, de forma ligera. Matemos el aburrimiento.

Una pareja de niños que carece de todos los ideales de un verano bucólico llega a bordo del barco de O’Grady. Sus apariencias (mocosos pálidos y escuálidos), las apariencias de la isla que los recibe (un pueblo cargado de personajes estrambóticos e ironía inglesa, prima hermana de la canadiense) y la aparente frivolidad con que la escritora hace que se sucedan los desencuentros fabrican el molde de un pastelito a todas luces envenenado. Pero, ¿un veneno dirigido a qué? La estupidez y bonhomía reinantes en la población de la isla podrían ser las de una serie animada por Hanna Barbera, o las de unas crónicas de Stella Gibbons o Elizabeth Gaskell. Una fórmula, en definitiva, tan fácil de copiar como junto a cualquier manual de recetas; es la fórmula tóxica lo que requiere un poco más de conocimiento específico, la colaboración del boticario traicionero. Pequeñas dosis, dispersas en los momentos de distracción (las travesuras infantiles, un cruce entre la picardía de Edith Nesbit o Enid Blyton, y el humor negro de Charles Addams), que provocan que una melancolía mayor vaya saliendo a flote. Matemos las convenciones.

La ilustración de portada de Edward Gorey lo revela todo: los niños son típicos y dulces, la fiera salvaje está domada, la espesura resulta rica y equilibrada, en su punto culminante del año. Y la amenaza que surge entre los matorrales puede que sea la clave o que no insinúe en absoluto la correcta: quizá hay más peligro en el ojo verdoso del puma, en el desparpajo hiriente con que los niños permanecen ajenos a todo lo que los acosa. Como buscar la pista escondida en las ilustraciones de la Mano Negra. Así, la novela de O’Grady evoluciona como un cuaderno de ejercicios de verano en el que los deberes escolares se suavizan con la comedia adulta, hacia una nostalgia inevitable y una madurez forzosa y repentina, tipo Dodie Smith. Pero es también un lamento venido de un tiempo futuro que no cesa en rememorar pasados terribles, que nunca se desarrollaron con la gracia y el verdor que uno leía en los libros de niños de verano: esos adultos que juegan de tapadillo a las cocinitas, a los huertos, al Cluedo, a la novela de dos peniques generosa en villanos de poderes hipnóticos y criaturas sobrenaturales. Matemos la inocencia. Matemos las vacaciones.

¿Quién debe pagar por este crimen cometido contra los límites del verano? Los adultos se esfuerzan por fingir que han olvidado lo que los niños han aprendido de ellos, de manera que deben ser los críos quienes mediten con seriedad asuntos graves y carguen las escopetas, mientras sus mayores se enrabietan, se invitan a té y creen morir de amor, lanzando los pedacitos de una novela seria al mar. Mientras tanto, el tonto del pueblo y la bestia que se debate entre la compasión y la naturaleza asisten al espectáculo como el lector que desconoce si le están narrando una tragedia con fundamento o una trola. Poco importa si decide dejarse arrastrar o tomar partido como un peón que escoge por inercia, pues el verano es la isla en la que todo está permitido excepto que los niños se aburran, reciban almuerzos de patio de escuela, acaricien gatos mansos, reciban pagas exiguas y protagonicen otro insulso capítulo de su blanca infancia. Matemos a quien pretende que la infancia no sea libre e imaginativa. Matemos al tío.

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