La canción de NOF4, de Raúl Quinto (Jekyll & Jill) | por Óscar Brox

Raúl Quinto | La canción de NOF4

Últimamente no dejo de pensar en lo que puede ser un ensayo. En las maneras que tiene el ensayo para desprenderse de formas pasadas, del viejo academicismo que procede una y otra vez según las mismas claves, como si todavía se escribiese con la peluca empolvada. Dice Raúl Quinto (o su editor, no lo tengo muy claro) que esto del ensayo es una forma mestiza; un híbrido en el que cabe la investigación biográfica, la reflexión estética, lo fundamental de la naturaleza y, por qué no, la poesía. Es, ante todo, escritura. La cuestión de hasta dónde pueden dar de sí el texto y la expresión de las ideas.

En un punto, me gustaría que Fernando Oreste Nannetti no hubiese existido. Que no fuese un excéntrico representante del art brut. Que su obra, a medio camino de la ruina y el derrumbe, no hubiese sobrevivido al paso del tiempo. Que fuese, simplemente, una ensoñación de Quinto. Un personaje. Otro de tantos artistas sin obra, mito por encima de cualquier expectativa, con el que discutir la fina línea que separa la creación de la locura, la identidad del anonimato y la escritura del límite. O sea, todo aquello que da origen y proporciona sentido a un texto. Quizá porque cada vez me inclino más a pensar en la ficción por encima de la verdad o, mejor dicho, a pensar que no se puede llegar a la verdad más que a través de la ficción. Cuanto más inventas, más cerca estás del retrato ajustado del personaje. Lo demás, cualquier otro camino, es simplemente caer en lo mismo.

La canción de NOF4 se maneja en varios terrenos. De entrada, podría ser un documento; la lectura de esas fotografías que conservan los restos del muro del manicomio de Volterra en el que Nannetti pasó parte de su vida. Un documento, por tanto, un retrato de una época y de su final, en el momento en el que las leyes italianas cerraron el manicomio. Un retrato con pinceladas de Historia, porque Italia nunca ha dejado de ser un país políticamente convulso que casi siempre exige llevar a cabo un esfuerzo para contar sus progresos y contradicciones. Un relato sobre un individuo, un loco, que garabatea palabras con la hebilla en un muro. Que lo marca, más que como un grafiti, como un lenguaje secreto. Privado. Interior. Pura telepatía. Química cerebral. Tan secreto que requerirá de intérpretes, de lectores, de etiquetas que camuflen el estallido salvaje bajo un gesto más o menos heterodoxo; por tanto, reconocible para el establishment. Lo que me gusta de Quinto es que en ningún momento busca asumir ese papel de intérprete o traductor. De hecho, diría que lo que le interesa es cifrar, contar de mil maneras diferentes, ese estallido salvaje. El gesto de la escritura de Nannetti. El poder de la escritura. La escritura, simplemente. El garabato infinito desperdigado por el muro que, sin embargo, despierta un encanto secreto. Que es, tal vez, un buen punto de partida para escrutar algunas de nuestras preocupaciones de siempre cuando tratamos de escribir.

Quinto vuelve una y otra vez sobre los mismos detalles. Su escritura es cortante. Los capítulos se consumen a toda velocidad. A veces los transforma en un poema y en otras, simplemente, en prosa. Si en Artistas sin obra, Jean-Yves Jouannais le prestaba el brazo a Paul Wittgenstein para contar su historia, Quinto hace lo propio con la punta de la hebilla para así poder continuar el trazado de Nannetti sobre la pared del manicomio. No se trata, pues, de decodificar la palabra del loco, sino de re-presentar su fuerza, el porqué se ha convertido en una mitología más dentro de la ya de por sí abundante esfera artística. Es, en definitiva, un lugar desde el cuál poder apreciar el poder de las palabras. Adónde nos conducen. Cuál es esa tensión, ese límite, cuando las ponemos sobre el papel o sobre cualquier otra superficie. Cómo hablar de un libro y de un libro de piedra, de algo que fue un pedazo de muro y que ahora es una obra de arte. De alguien que perteneció toda su vida a los desclasados y al que ahora podríamos llamar artista. Hay muchas cosas que vibran, que resuenan, en este pequeño libro de Raúl Quinto, que es algo más que una biografía, un ensayo o una reflexión sobre el arte. Que es, casi, un objeto o un artefacto. Una forma híbrida o mestiza. Un libro vivo, de frases afiladas, empeñado en colocarnos tras la pista de ese estallido salvaje de las palabras.

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