El rey escualo, de R. Kikuo Johnson (Fulgencio Pimentel) | por Almudena Muñoz

R. Kikuo Johnson | El rey escualo

La infancia se escribe sobre la marcha con lenguaje de tebeo. Los detalles que los demás pasan por alto merecen viñetas agigantadas, los discursos largos empequeñecen hasta una tipografía minúscula, las ensoñaciones se proyectan de manera casi tangible, más allá de uno mismo, detrás de la silueta. Es una vida breve, de tomo que se supone enlazado a una serie más larga. Avanzará en la memoria con ritmo trepidante, rompiendo líneas de años y tinta, y siempre tendrá colores más vivos que los bocetos originales.

No hay momento definido en que un niño debe empezar a leer tebeos. Lleva viviéndolos desde que nace, perdiendo toda la información que hay en los márgenes y dibujando dentro de esferas y de envases verticales (sus ojos, los adultos). Siempre tiene hambre, como una casa que desea ser trazada con muchos rotuladores, antes de que broten las primeras grietas de cal. Y, sin embargo, en cuanto un tebeo de verdad caiga en sus manos las manecillas se ralentizarán. Tiene que avanzar despacio, gruñendo con las palabras y puntuando con el dedo todas las imágenes. Porque en viñetas cualquier historia parece un resumen, formato que en realidad revela la riqueza enfocada, la inmensidad de todo lo que desaparece en esas franjas blancas que separan las ilustraciones. En Fulgencio Pimentel desean cuidar con esmero ese rito de paso, y envuelven una leyenda mitológica que luce camiseta pop con el cariño de los primeros libros. Los que tienen vocación de acabar torturados, releídos, combados y preservados después como un recuerdo infantil, envuelto en tela, pintado sobre fondo amarillo, protagonizado por un ser bajito que pudo explorar más allá de los límites de la piscina del resort, que pudo ser rey.

Pero R. Kikuo Johnson no escribe e ilustra pensando antes en un público que en otro, como tampoco piensan en un sentido concreto los acervos populares. Hawái se ha convertido en las últimas décadas en un manantial de materiales místicos para el mainstream estadounidense, bien por los relatos de raza blanca que vuelan en jet privado al archipiélago, bien por las animaciones para el público infantil que pagan la cuota de una diversidad más forzada que movida por la curiosidad -entre el hiperrealismo y el preciosismo Disney, como evidenció el cortometraje Lava (2014), y a pesar de que Lilo & Stitch (2002) contenía planteamientos más audaces que otros títulos afamados, a la espera de lo que pueda suponer Moana (2016). Johnson es un nativo de Maui que lleva el tacto hawaiano en las plantas de los pies, y camina sobre papel dejando un reguero fiel a la cultura de su isla, aunque la arena no deje de ser un sendero colonizado. No nos acabamos de creer a esos rubios necesitados de una desintoxicación urbana, que palmean en la mesa de recepción con su guirnalda de plumerias al cuello y nunca se encuentran con un trabajador hosco ni un ukelele desafinado. Quizá porque esos elementos, que únicamente pueden comprobarse en persona, conforman una mitología moderna, demasiado próxima como para recibirla sin su dosis escéptica o la tentación maliciosa de mofarse de ella.

En cambio, las leyendas en torno al rey o dios escualo Kamohoalii, como tantos otros relatos venidos de la Polinesia, apelan a un limo universal, al reconocimiento inmediato en cuentos de esa infancia osada, azul y amarilla. Los volcanes, las ramas de palma y las cascadas se convierten en escenario fantástico apropiado y no en la decisión estética de un fotógrafo o de un catálogo de viajes. La historia comienza con hambre, con un flechazo velocísimo y un embarazo que transforma todo el ciclo en un único recuadro; la vida de un niño es una épica que merece un prólogo rápido y un desarrollo alocado, ruidoso, divertido. En ese sentido, recurrir a un lenguaje de evidentes raíces occidentales para mostrar una fábula del otro lado del globo podría entenderse como el enésimo gesto de colonización. A fin de cuentas, la estructura básica de El rey escualo guarda más en común con los folklores nórdico, chino o Nativo Americano que con las brillantes odiseas estéticas que Johnson imita con agilidad: los colores bloque, las sombras negras, las anatomías redondeadas y las onomatopeyas preciosas de John Stanley y los artistas en nómina durante la Era Dorada del Cómic.

El pequeño Nanaue tiene un hambre voraz, un apetito que nunca se sacia. El problema que esto supone conduce a la conclusión natural de tener que ampliar horizontes y viajar más allá de la piscina, de la isla, de un mar que se revela conectado a océanos inabarcables. Nanaue es el lector joven o el niño que leía y ya es adulto. Se zampa la historieta y enseguida quiere repetirla: otro volumen, otra leyenda contada de mil maneras distintas, con diferentes tonos de piel, ropas extrañas, nombres de musicalidad impronunciable, paisajes de papel maché quizá reales. Un lugar que es siempre el mismo y a cada vuelta enseña criaturas nuevas, como durante una tarde en el acuario. Se escapa un tiburón, un dios o un rey disfrazado, pero nace detrás de él un dibujante, un cuentista, un lector fiel.

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