Sofia viste siempre de negro, de Paolo Cognetti (Anagrama) Traducción de Almudena Miralles Guardiola
Me verás caer, de Mariana Travacio (Las afueras) | por Gema Monlleó

Paolo Cognetti | Sofia viste siempre de negroMariana Travacio | Me verás caer

De todos los géneros literarios existentes el único que no me gusta son los relatos. No los entiendo, me parecen siempre demasiado cortos, buenas ideas que no llegan a desarrollarse en todas sus posibilidades. Sin embargo, y como la casualidad es caprichosa, acabo de leer dos libros de relatos seguidos. ¿Libros de relatos? En realidad, no exactamente. Voy por partes. 

Sofía siempre viste de negro (Paolo Cognetti, Milán, 1978) es una novela en diez episodios. Diez capítulos individuales desde los que se sigue la vida de Sofía desde niña hasta la madurez. ¿Novela compuesta de relatos? Relatos que juntos conforman la novela pero que, si no todos sí la mayoría, bien podrían leerse de manera individual. ¿Es un conjunto de relatos entonces? 

Me verás caer (Mariana Travacio, Rosario, 1967) se presenta como un libro de cinco relatos, pero a partir del cuarto Travacio retoma los personajes anteriores para hilar una historia conjunta. ¿No será entonces una novela corta? 

Desconcertada, empiezo a dudar de las etiquetas. ¿Novelas de/con relatos? ¿Relatos que conforman novelas? El punto de convergencia entre los dos géneros son los personajes. Cuando estos saltan de un relato a otro el dibujo ya no es el de una acumulación de textos. Cuando los personajes trazan un itinerario vital quizás podamos hablar de tríptico de cinco caras en el caso de Travacio y de diez en el caso de Cognetti. Baconiana como soy (de Francis, no del dios romano) esta etiqueta me convence. Hablemos, entonces, de estos trípticos tuneados por Cognetti y Travacio. 

“Sofía, niña pirata, suicida frustrada, actriz -por vocación existencial y por trabajo-“, ante una descripción así no tengo duda en leer el libro de Cognetti (del que hasta ahora conocíamos su vertiente literaria más ligada a la naturaleza). Tríptico de diez caras, Sofía es la protagonista (“una vez me dijo que solo tenía un talento de verdad, el de reconocer el final de las cosas”), la bebé prematura (“No sabía si encariñarse con ella o si verla preciosa o monstruosa, como suele ocurrir con los recién nacidos y los anfibios tropicales”), la hija de padres infelices que no se separan pese a vivir cada uno ahogado en su propia burbuja, la niña que adopta un hermano temporal (¿seguro?), la individualista de las relaciones “extrañas” (con amigas, parejas, compañeros de trabajo), la actriz que encuentra en cada papel una posibilidad de huida (aunque nunca una huida definitiva: “Yo no voy a hacer de muerta. Puedo irme, desaparecer, dormirme”). Cognetti retrata a una Sofía siempre desubicada, desde el embarazo “sorpresa” a sus muchos viajes de ida y no regreso, uno de ellos casi fatal con el intento de suicidio adolescente (“le había parecido terriblemente justo verse obligada a mezclar las drogas preferidas de sus padres, una enterrada en un cajón del baño y la otra bien a la vista en el mueble bar del salón”). Porque los viajes de Sofía, desde la mudanza infantil a las afueras de Milán (“Llegado cierto punto en su matrimonio, en vez de separarse, los padres de Sofía deciden mudarse, abandonar Milán y marcharse a las afueras de la ciudad, a un sitio distinto y alejado, para sentir que vuelven a empezar”), son las estaciones de sus cambios, de su crecimiento, de su madurez (si es que tal cosa es alcanzable). Sofía busca el amor, la comprensión. Sofía tiene una madre depresiva y un padre ausente (por trabajo, ¿sólo por trabajo?) en su día a día. La niña Sofía tiene un amigo-no-hermano unos meses en casa (¿seguro?) que la enseña a ser pirata, a soñar con ser Anne Bonny o Mary Read, las amantes del capitán Calico Jack Rackham, que le explicará la importancia de tener una Jolly Roger propia (una bandera pirata) y junto a quien descubrirá que rezar es una costumbre inútil. Sofía vivirá “la edad de oro de la piratería” junto a Óscar, y como todas las edades de oro, esta terminará abruptamente y la bandera permanecerá izada unos meses, llenándose de sol y lluvia, hasta que el jardinero la amaine. Si ser corsario era un modo de escape contra las discusiones de sus padres, el antídoto ya no funciona. De ahí la búsqueda sucesiva de otras vías, de los veinticuatro comprimidos de Valium y la media botella de amaro a los desórdenes alimenticios (“No es cierto que no comas nunca. Comes solo cuando nadie te ve”), de los paseos en moto explorando la periferia de la ciudad al reencuentro amniótico con el agua (“desde que no tienes morada fija, la bañera es el único lugar en que, estés donde estés, puedes cerrar los ojos y sentirte en casa”), de los hombres con los que compartir el cuerpo (“De mayor, Sofía siempre se enamorará de hombres así, con pasiones obsesivas a la vez que fluctuantes”) a las compañeras de piso con las que compartir silencios. 

La vulnerabilidad de Sofía (“era un cuerpo nervioso, marcado”) se une al resto de vulnerabilidades del libro: Rosana, la madre maniaco-depresiva, la pintora frustrada, la que inundó el sótano de su casa provocando una “exposición” de intimidades en el jardín; Roberto, el padre comprensivo y torpe, el de las decisiones postergadas, “el hombre sencillo en medio de mujeres complicadas”; y Marta, la tía rebelde, la anarco-partisana que huyó del país y no pudo asistir al funeral de su madre, la exiliada que regresa y acoge a Sofía después de su intento de suicidio (“su cabeza funcionaba así: si le proporcionabas los datos del problema, se ponía en marcha para resolverlo; si solo eran parloteos, se desconectaba”). Todos ellos, y cada uno a su modo, cada uno en su soledad-compartimento-cerrado, permitirán a Cognetti el retrato no solo de un abanico emocional sino también de una época y un lugar: una Italia que tras años de bonanza entra en diversas crisis industriales (estamos en Milán, cuna del automóvil, Roberto trabaja en Alfa Romeo) acompañadas de huelgas y disturbios.  

El capítulo-relato final de Sofía siempre viste de negro cierra la novela desde un narrador nuevo, un giro de guión, a la manera de las novelas de Agatha Christie, que añade una capa extra de sentido a todo lo leído anteriormente. ¿Diez relatos? ¿Tríptico de diez caras en forma de novela? Me quedo con las palabras de Sofía a modo de recomendación (¿vital?): “Hoy el principio básico es: ataca por sorpresa y escóndete deprisa. No te apagues a nada. Antes de jugarte la piel, mejor coge tus ideas, tu amor y tus cuatro trapos y llévatelo todo a otra parte”. 

Y de la mujer Sofía a las mujeres de Travacio: algunas innominadas (la madre, la hija, la tía, la prima), otras arrastrando el nombre en carteles con letra cursiva y “mayúsculas arabescas, oblicuas, llenas de rulos” (Elena) o casi sufriendo la maldición del mismo (Blanca Nieves -sic-, con espacio). Después del díptico Como si existiera el perdón y Quebrada, y antes de continuar con lo que ya apunta a una pentalogía travaciana, los relatos de Me verás caer inciden en uno de los arquetipos de su obra: las mujeres que, por acción u omisión, se encuentran en un momento frontera de sus vidas, un momento bisagra entre el ayer donde todo parecía posible y el hoy en el que ya no queda tanto tiempo (“La madre, ejercitando ese hábito de hablar continuado, como si el aire necesitase rellenarse de palabras. La hija siempre cuestionándola y ahora conmovida: buscando si adentro suyo aún quedaba algo de piedad”).  

De la (metafórica) mano de Francis continuo con el símil baconiano del tríptico de cinco relatos que conforman esta nouvelle (en palabras de la autora “unidad textual” en tiempos de géneros hibridados). La muerte, como en sus libros anteriores, sigue estando muy presente; pero no es sólo la muerte física sino también las pequeñas muertes que nos acompañan: la juventud, el amor, la ilusión, la amistad, la familia, el dinero… Como en un pequeño catálogo de pérdidas las mujeres de Travacio deambulan solas (“se siente en un desierto: un lugar ideal para morir”) buscando su lugar, desentendiéndose de un entorno que las ahoga (“con las neuronas atiborradas de comadreos seculares, arrastrados a su sangre desde la sangre de sus antepasados dedicados en exclusiva a las habladurías”), abandonando espacios que ya son sólo el retrato de un desengaño (“Me van a hacer preguntas. No me importa. Que pasen los vecinos de este pueblo atorado y que me pregunten qué vendo. Les diré que vendo nuestra historia fallida”). Todas ellas son mujeres que apostaron por la felicidad sin conseguirla (“Ahora bailo en la espuma, como bailaba aquella noche, cuando me casé con Montes y él era la promesa del tango y yo era la promesa de mi familia de enjundia”) y que corren hacia un nuevo destino en el que quieren volver a ser protagonistas. Son mujeres que actúan, que no se quedan varadas a esperar un cambio mágico en sus vidas. Son mujeres que una vez se levantan de las caídas (“ese rictus de amargura que se le instala con la familiaridad del hábito”) toman el mando, que no esperan dormidas el beso del inexistente príncipe azul. 

En ellas, con ellas, también los dos planos de la amistad. El de las amigas que se alejan como con miedo a “contagiarse” de alguna desgracia, las que “cacarean”, las que se aburren de la compasión e imponen el filtro con el que ver/vivir (“Todo lo que ella busca, en realidad, es alejarse del reproche de sus amigas, las que le dicen que está sola porque quiere”) y las otras: las de la sororidad, las de la compañía y el respeto (“Se sentarán, las dos, y cenarán. Después, recogerán la mesa y entrarán en el ritual de la noche: jugarán a las cartas, licor en mano, se contarán algún tramo de sus vidas, se reirán, o llorarán, o se lamentarán, alternativamente, según los recuerdos que evoquen esa noche”), las de los proyectos conjuntos que nacen sin planificación ni objetivo pero que imantan. 

A ellas se les oponen los ellos que no están, los que ya no están, los que marcaron un destino, los que condenaron (desde la violencia, la venganza o el rencor) el devenir de ellas, y los que cuando aparecen como personajes secundarios siguen siendo mano ejecutora de sus propias inseguridades (“No lo dudó: se puso de pie, la copa en mano y al empapó con ese vino (…) Ella no lo llega a ver, no se lo imagina, no lo presiente: solo recibe, de lleno, el contenido de esa copa en su vestido blanco, en su peinado fresco, en su rostro desprevenido”).  

Como en sus novelas anteriores, la naturaleza no sólo está presente sino que es protagonista. La naturaleza que condiciona y posibilita (“se deja flotar, se hunde, emerge, siente el gusto a agua salada, se pasa la lengua por los labios, sobre unas gotas de mar, sonríe”), que destruye y ofrece, que se muestra mansa y resignada (“un muelle arruinado que andaba hamacando con las oleadas”) hasta que estalla (“cuando el cielo relampaguea, y el galpón titila, y llega el trueno, y ya todo, en ese momento, se convierte en una pura negrura”). Sin hacer espóiler: hay dos ríos testigos de dos hundimientos. ¿Que la naturaleza envuelva activamente a estas mujeres es un modo más de plasmar su inclemente soledad? 

Travacio escribe como si compusiera canciones. La voz desde la que se narran estos relatos es distinta en cada uno de ellos, desde el monólogo interior (“Amanezco odiándolo. Montes y la concha de tu madre, ¿dónde estás? Me levanto odiándolo en mi soledad y odiándome por invocarlo”) a la tercera persona o a la casi-conversación a ratos espectral (sic), pero siempre con esa música, esa cadencia, ese ritmo que más que acompañar marca las historias de estas mujeres errantes («Supongo que podríamos derrumbarnos rápido, sin titubeos, una estructura que colapsa y cae, en pedazos inconexos, desentendidos de la lógica que los aglutinaba, resbalándose, unos sobre otros, hasta formar una montaña de restos enloquecidos, pura evidencia de la ruptura, del desplome, del todo vuelto partes. Podríamos derrumbarnos así: un derrumbe clásico, rápido y efectivo: un auténtico disparo. Pero no. Nos despedazamos por etapas, lentamente, en aleteos moribundos, hasta convertirnos en las piezas sueltas de un juguete irreparable»). 

Rulfiana por devoción y vocación a Travacio le gusta recordar la máxima de Rulfo según la cual en literatura sólo hay tres temas posibles: el amor, la vida y la muerte. Novelas episódicas, recopilaciones de relatos, trípticos en multi-expansión, Sofía siempre viste de negro y Me verás caer, Cognetti y Travacio, Sofía y Rosana y Ricardo y Elena y Blanca Nieves y la madre y… Y el amor, y la vida, y la muerte. Y la Jolly Roger de cada una de ellas. Y la cosmovisión del mundo que nos ofrecen. 

Coda: Confesión: quizás sí que me gustan los relatos y el hecho de rechazarlos obedece sólo a un “aparta de mí este cáliz” para no morir sepultada bajo la creciente pila de libros por leer. 


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