La muñeca de nieve y otros cuentos, de Nathaniel Hawthorne (Acantilado) Traducción de Marcelo Cohen | por Almudena Muñoz

Nathaniel Hawthorne | La muñeca de nieve y otros cuentos

En la reivindicación del paseo al aire libre como ejercicio creativo para el artista, debería considerarse al paisaje como enemigo. Si es demasiado hostil o encrespado, el escritor puede caer en negros pensamientos y regresar para volcarse en diarios y cartas que lo apartan de la ficción. Si la naturaleza es demasiado frondosa y bella, la inspiración del autor se disparará entre decenas de ideas que no tendrá tiempo de evaluar con calma y criterio. Y es que, si el número de premisas es proporcional a las hojas pisadas durante todas las caminatas de su vida, no es extraño que Nathaniel Hawthorne pudiera haber escrito un bosque entero.

En Salem ya no dan sombra los árboles de la época de los peregrinos, pero aquel rumor entre salvaje e histórico de los primeros sicomoros, olmos y abetos empujó a Hawthorne a una guerra de estilos y géneros que le llevaría a anticiparse a corrientes de la narrativa estadounidense. A su muerte, aún quedaban pliegos y pliegos de planteamientos nunca desarrollados, puntos de partida ingeniosos y enigmáticos, ideas fugaces como bellotas tiradas por ardillas grises durante el paseo. Por qué algunas de esas sinopsis se convirtieron en relatos y otras no, es algo que ni siquiera el propio Hawthorne conseguiría razonar.

Su llegada a la literatura fue, siguiendo sus palabras y su imaginación, como un despertar de Rip Van Winkle que pudo no haber ocurrido nunca. «Me senté a la orilla de la vida, como un hechizado, y a mi alrededor brotaron matas; y las matas se hicieron arbustos y los arbustos árboles, hasta que pareció no haber salida posible de las enmarañadas profundidades de mi oscuridad. Y allí seguiría tal vez sentado en este momento…», le escribe a su amigo Horatio Bridge. Esta romántica explicación (tan propia de los motivos por los que es más conocido) perdonaría que sus colecciones de cuentos sean montículos de piezas medio vivas y medio muertas, recolectadas de un bosque de ideas donde todo se enreda. Un demonio que vive en un manuscrito. Una montaña en la que puede distinguirse un rostro de piedra. Un teatrillo que recorre varios siglos de vida a través de una avenida. Una muñeca de nieve que echa a correr.

La muñeca de nieve y otros cuentos (1852) reúne los últimos coletazos de Hawthorne en la narrativa breve, después de que explotase sus mejores ideas en Musgos de una vieja casa parroquial (1846) y Cuentos contados dos veces (1837), aunque siguen siendo volúmenes sin una línea regular ni una apuesta definitiva por la fantasía y el romanticismo gótico que parecen insinuar los títulos. Al igual que en aquellas antologías, en La muñeca de nieve Hawthorne a veces parece acercarse al folklore de moda (el estilo de Andersen en el cuento que da título al libro, o al de los Grimm en Mi pariente, el mayor Molineux), al artefacto argumental con golpe de efecto (Sílfide Etheredge o Las esposas de los muertos), a la denuncia del puritanismo (El hombre de piedra) y, a la vez, a la moraleja más afectada (John Inglefield). No falta la pulla al gremio de los críticos (La calle mayor), punto débil del escritor desde que La letra escarlata (1850) lo convirtiese en el primer superventas de su país y en diana de mentalidades conservadoras y dolidas. Quizá por esta herida sujeta a una Historia estadounidense aún reciente, Hawthorne se mueve entre escapatorias fantasiosas que anticipan a Algernon Blackwood y un registro escrupuloso y burlesco sobre Massachusetts, lo mismo escenario de atrocidades durante los juicios de brujas como de revoluciones en el proceso de independencia.

Después de este paseo con luz de ocaso, durante el cual Hawthorne ha ido pasando al lector frutos cogidos de las ramas bajas y fáciles, a veces secos, a veces demasiado blandos, sólo queda reflexionar sobre cada sabor, como un fajo de hojas sueltas en las que no hace falta una lápida de piedra, el dichoso sentido final de todas las cosas.

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