El libro de los amores ridículos, de Milan Kundera (Tusquets) Traducción de Fernando de Valenzuela | por Juan Jiménez García

Milan Kundera | El libro de los amores ridículos

Estaría tentando de escribir que El libro de los amores ridículos me remite de alguna manera a los cuentos morales de Eric Rohmer. Así, aquella primera obra checa quedaría irremediablemente ligada a una posterior (y definitiva) estancia francesa del escritor. Como si desde un primer momento un hilo invisible (pero intuido) uniera los paseos y discusiones amorosas de unos y otros. Pero es difícil pensar que los dilemas morales de unos jóvenes franceses, después de todo libres, podrían ser los mismos que los de aquellos que esperaban primaveras y tanques soviéticos. Y sin embargo, la tentación sigue ahí, como una pequeña nube en la inmensidad de un cielo azul. Tal vez es que los amores ridículos lo son en cualquier parte. Y los amores que no lo son, también. Pero esta no puede ser una historia francesa, por mucho que Milan Kundera acabara ahí, huyendo. Siempre que volvía a pensar en una relectura del escritor, y pese a que ahí están desde hace años, cuidadosamente desordenados, la práctica totalidad de sus libros (y en esa misma práctica totalidad, sin leer), pensaba que nuestro reencuentro debía producirse en su obra checa y hasta en el primer libro que leí suyo. Y esa es la única razón. Como a Sed de mal le sucedió Sed de mal.

El libro de los amores ridículos es un libro de relatos. Milan Kundera, como tantos otros escritores, aprovechó la relajación del régimen comunista checo para lograr publicar alguna de sus obras. Además, algo también habitual, se produjo una fructífera relación con el cine. Ya su primera novela, La broma, de la mano de Jaromil Jireš, y uno de las historias de estos amores ridículos, también. La que abre el libro, Nadie se va a reír (o Nadie reirá), fue tempranamente adaptada por Hynek Bocan. Conforme lo leía pensaba que más que un libro sobre el amor es un libro sobre la insatisfacción de los satisfechos. Y también sobre la mentira. Sus relatos están poblados de mujeriegos o aprendices de ello, en sus primeras fases o, más que cansados de ese papel, convencidos de haber llegado al final de sus carreras y tiempos heroicos. En una sociedad necesariamente insegura, la inseguridad también se traslada las relaciones. Las relaciones pueden llegar a ser algo casi científico, explicable y, desde luego, razonado. Pero el azar, ese aguafiestas, no deja de estar ahí para enredar.

El primer relato, Nadie se va a reír, nos remite de alguna manera a La broma. Un profesor de arte, calcula mal su respuesta a un pobre tipo que quiere publicar un artículo y necesita de su aprobación. Su suficiencia se demuestra insuficiente frente a los mecanismos no ya del Estado (trasladados también al día a día), sino de la más común de las personas. Lo que podía ser una relación diferente a todas las demás acaba enredada en sus propios líos, construyendo la derrota de alguien que se creía vencedor, un campeón de la vida. No es el único campeón de la vida en el libro. Tal vez lo son todos. Desde los dos amigos que comparten teoría para aproximarse a las mujeres (pero ¿para qué?), hasta los amores del doctor Havel, en un momento y veinte años después, moviéndose en las turbulentas aguas de un mundo que gira para él, pero que parece detenerse alcanzada una madurez demasiado madura. Kundera deja caer un fino humor sobre ellos, pero uno no deja de pensar (quién sabe por qué) que son los suyos. Esos amantes de las mujeres que viven en un presente continuo (el pasado solo está ahí para molestarles cuando aparece, y nunca pretenden que sea otra cosa que una galería de trofeos o una gloriosa estadística).

Cuando los acontecimientos toman vida propia, cuando su rigurosa metodología y esa vida de atletas del amor se ve alterada, es cuando se muestran especialmente ridículos, insoportablemente humanos. En El falso autostop, una pareja empieza un viaje para pasar un par de semanas juntos, pero un pequeño juego acaba por convertirse en un infierno, alimentando por sus inseguridades. Ganar, como ese Eduard de Eduard y Dios, no es más que la derrota definitiva de algo, aunque no llegue a percibirse. Una derrota como la de Symposion, o como la de todos. Sí, allí está ella, pero para qué. Derribadas las murallas, se sientan triunfantes sobre las ruinas a contemplar todo aquello que se ha perdido. Un poco ridículos, demasiados satisfechos de sí mismos, habitados por un gusanillo que acabará por devorarles, más pronto que tarde.

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