La gran ilusión, de Mika Waltari (Gallo Nero) Traducción de Luisa Gutiérrez | por Juan Jiménez García

Mika Waltari | La gran ilusión

El periodo de entreguerras fue sin duda uno de esos momentos de extraña libertad (de pensamiento) que los hombres nos otorgamos de cuando en cuando. Salido de una guerra terrible, devastadora, el mundo se dirigía hacia otra, que en nada la envidiaría. Entre tanto, todo parecía posible. Había una urgencia por vivir, tras abandonar el país de los muertos. El arte, la literatura, el mundo de la cultura no fue ajeno a esto. Al contrario. Se entregó totalmente a ello, lleno de vanguardias, de juventud, de palabras, noches y discusiones interminables. Así, los libros que recorren aquel tiempo son igualmente innumerables, porque había que dejar constancia de un tiempo, de un paréntesis en la historia, que volvía a manos de los hombres a pie de calle. Incluso en un país en el que parece que nunca pasa nada, Finlandia, incluso en una ciudad en la que parece que nunca pasa nada, Helsinki, algo se movía. La sangre. Las ilusiones. Y allí estaba Mika Waltari. También La gran ilusión, el libro que ahora publica Gallo Nero.

La gran ilusión empieza como una historia de bohemia despreocupada y acaba como una atormentada historia de amor. Entre esos dos extremos, entre la inconsciencia y la consciencia, está la vida. La vida de tres personas. Hart, un periodista que vive con su hermano pequeño, conoce a Hellas, un escritor, un poeta, que frecuenta la miseria más absoluta y que pasa sus noches entre la admiración de los demás y el cinismo más absoluto (ninguna de estas dos cosas le da de comer). Junto a él o, mejor, próxima a él, está Caritas, una joven que tiene el dinero más que suficiente para vivir despreocupada, entregada a amores pasajeros, a la noche y a los viajes. Hellas y Caritas viven una tensa relación llena de palabras arrojadizas y un movimiento constante de atracción repulsión, y entre esas olas que vienen y van, en esa orilla imaginaria, se sitúa Hart. Hart se enamora totalmente de Caritas y ella, ella algo. Nuestro periodista vive en un mundo de gestos, de pequeñas cosas, de promesas de otras más grandes. Y recela de aquel escritor bohemio y moribundo.

Novela triangular en la que sus lados rara vez llegan a encontrarse, Mika Waltari escribió una obra sobre la imposibilidad de amar en un mundo entregado a ello (aparentemente). Una imposibilidad dada porque los sentimientos son más grandes que las personas o porque el gusto por el juego, por las máscaras, era casi una necesidad. Los personajes acababan por devorar a las personas y, en una alocada carrera hacia delante, los cuerpos no se encontraban nunca. Obra llena de matices, de instantes, llena de un sentimiento trágico de la vida. Vendrán otros que serán capaces de alcanzar aquello que no fuimos capaces de alcanzar nosotros, a construir un nuevo mundo sobre la ruinas de este otro. Y también, como ese hermano pequeño, serán capaces de ser ciertos, de ser algo real tras ese baile de máscaras, en sus propias palabras.

Waltari escribió una novela trepidante, llena de vida, sobre la muerte de las esperanzas. Una novela divertida sobre una historia profundamente amarga. Un retrato de grupo de una generación con tan solo tres personas. Y a toda esa gran desilusión le llamó la gran ilusión. Como una paradoja más en un mundo paradójico. Como una ironía más en un mundo cínico. Como un deseo más en un mundo que había cambiado el deseo por el placer.

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