Lo que (me) está pasando: diarios de un joven emperdedor, de Miguel Brieva (Reservoir Books) | por Mara González de Ozaeta

Miguel Brieva | Lo que (me) está pasando: diarios de un joven emperdedor

Esta novela gráfica, la primera de Miguel Brieva -un experimentado dibujante y autor-, merece una reseña que mantenga el tono del transcurso. Al igual que en el libro, la reseña debería sumarse a la idea del presente, pues le preocupa reflejar lo que está pasando por la mente de una lectora tras haber releído el cómic de Brieva. La idea de concentrar la narrativa en un punto muy concreto del presente, que por ende tiene en la viñeta su transcripción visual, también es una idea muy de este tiempo.  Quiero decir, que está en sintonía con el modo de otros autores contemporáneos, véase: Thomas Pynchon, Foster Wallace, Roberto Bolaño, Knausgård, etc. Todos ellos procuran sincronizar sucesos y personajes en un tornado que los absorbe y entrelaza. En resumidas cuentas, este efecto consigue convencernos de que si permanecemos bien despiertos, a pesar de lo vago del futuro, seremos más felices. Reflexionar acerca del presente nos ayudará a vencer la incertidumbre que se esconde tras los términos de moda: fiscalidad, corrupción, privatización o desahucio.  Términos que, en cambio, casan más con un pensamiento retorcido que justifica las acciones pasadas y plantea nuevas promesas de futuro cada cinco minutos, pero que no actúa. Ahora no hace nada.

Este texto visual cuyo título es suyo y de todos a un mismo tiempo -“Lo que (me) está pasando”- está enriquecido en detalles y sorpresas aprovechándose, una vez más, como siempre hacen las cosas del arte, de su aparente pequeñez respecto a la fuerza de los agentes externos que nos son ineludibles. Desde su pequeñez plantea asuntos enormemente trascendentales, como son el paso del tiempo, las relaciones interpersonales en medio de la vorágine tecnológica, el papel del hombre en la naturaleza, la deshumanización a que ha llevado la adoración del capital, etc. También habla de la autorreflexión como medio para llegar a conectar con más gente y de todo aquello que lo social sacrifica al obcecarse con esa idea del “desarrollo”: la imaginación, los sueños y las visiones. El protagonista los describe como su “realidad” y entonces aquello que empieza siendo un microcosmos particular acaba reflejando unos sueños compartidos y ofrece una propuesta de hermandad esperanzadora. Al menos es mucho más esperanzadora que el rollo ese de la “macroeconomía”.

El diario de Víctor Menta empieza siendo una narración desentendida, que no tiene la intención de entrañar grandes respuestas. Escribir es una terapia que recomiendan a un paciente deprimido. En cambio poco a poco, el propio Víctor descubre motivos suficientes, visiones y pensamientos que merece la pena compartir. Sin ser un flashback, la historia describe una ilusión de muerte y en cada nueva entrada de su diario el protagonista va reviviendo. Justo al contrario que el mundo que le rodea, que va haciéndose piezas por cada nuevo hecho. Incluso la viñeta amenaza con desaparecer al comienzo de la historia y después se disfraza de apunte, de ilustración propia de un diario de ideas.

Víctor es uno más de esos expulsados, otro “emperdedor” con una mente disonante, pero que al principio es incapaz de actuar. “Deambulamos indolentes y frívolos por el espejismo de una playa, no siendo mucho más que pequeños fogonazos premonitorios del gran accidente”, canta Brândusa en el clímax de la novela.  Sin embargo, en Víctor Menta se refleja el espíritu del cambio. Un espíritu que quiere vaciarlo todo de significado para desde el principio, desde el lugar más metafísico del planeta -uno parecido al terrario del lagarto de Dalí-, empezar a construir todo de nuevo.

Lo literario del texto, en forma de confesión, se acompaña de un uso muy preciso del dibujo. Si bien los gráficos son estupendos en detalles, también podemos ver pequeños trucos: el material del papel, el tintero o los trazos, que nos revelan el oficio del dibujante.

La estructura, a su vez, es muy variada. Como no hay música para describir los pasajes que se suceden ante el ojo lector, entre medias nos encontramos ante pequeños tesoros del aforismo predicados por figuras procedentes del mundo del arte y el pensamiento. En estas se incluye también una estrella del rock. Y además no deja de aparecer ante nosotros la reconocible iconografía de Brieva, heredero del cuento infantil tradicional, rehusando el reclamo publicitario a favor de ecos populares y llenando la escena de detalles curiosísimos.

El primer “largo” de Miguel Brieva está lleno de referencias literarias, pictóricas incluso, sociales y políticas. Pero lo mejor es que la naturaleza de las respuestas que se obtiene tras su lectura es de otro mundo. Hay un implacable rechazo de la razón o lo empírico a favor de la imaginación: hombres invisibles, voces, amigos imaginarios, etc. Como comprenderéis, a estos agentes no les interesa la cifra exacta, ni los hechos. ¿Os interesa a vosotros? ¿No estáis un poco cansados?

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