Orient-Express, de Mauricio Wiesenthal (Acantilado) | por Juan Jiménez García

Mauricio Wiesenthal | Orient-Express

Qué quedó… Un libro sobre la nostalgia que ahora es un libro enrarecido. Es tan complicado imaginar hoy un tren atravesando esta Europa agotada. Incluso más allá. Estábamos en ese tránsito hacia un continente sin fronteras. Cayeron muros, pero ahora levantamos otros peores, imaginarios (a veces ni eso). Los pobres de entonces atacan a los pobres de ahora. Y entre todo. ¿qué representa ese cuerpo resucitado del Orient-Express? No sé si la memoria o el olvido. Para Mauricio Wiesenthal no hay duda: traza una apasionada defensa del tren y de la belleza del tiempo detenido, que no inmóvil. Entre la evocación del tren y sus destinos, de él mismo y la novela de viajes, el libro recorre un siglo, de un modo u otro. Y ahora que somos incapaces de imaginarnos más allá de una distancia prudencial (cada vez más corta), cómo imaginarse esos trayectos de miles de kilómetros llenos de personas y de cuerpos que se cruzan…

Desde aquel cuatro de octubre de mil novecientos ochenta y tres en el que realizó su primer viaje, de París hasta Rumanía, el Orient-Express no solo atravesó aquella Centroeuropa austrohúngara, sino que, poco a poco, fue atravesando la Historia. Guerras, entreguerras, posguerras, telones, caída de telones, los viajes fueron alargándose, incorporando nuevas ciudades, hasta llegar a la lejana Estambul. Cada viaje se convertía en una experiencia, que iba desde el lujo hasta el simple desplazamiento. En el Orient-Express también había clases. Los años treinta fueron su momento de esplendor y, luego, una lenta decadencia, porque los tiempos se volvían veloces y la vida contemplativa un lujo. Algunos vagones se fueron quedando por ahí, olvidados. Verdaderas obras maestras del mayor de los lujos, el tiempo (y los hombres) les alcanzó. Y finalmente llegaron a lo que es hoy, una reconstrucción del algo que fue, esta vez convertidos en experiencias (esa palabra que tanto nos gusta usar ahora para sentir que estamos haciendo algo especial).

Mauricio Wiesenthal conoció estos diversos estados del Orient Express. Incluso este no es el primer libro que escribió sobre él. Para él, el tren es una manera más de hablar de un mundo en desaparición (si no desaparecido ya). No es caprichoso que tome como referencia a Stefan Zweig. Aquí escribía sobre su mundo de ayer y eso es también lo que este hace. Solo que lo que para Zweig fue un trágico viaje hacia el fin de la noche para Wiesenthal es un lento apagarse. Involuntariamente, cuando se convierte el mismo en personaje de su relato, la imagen del Orient-Express empieza a deshacerse entre nuestros dedos. Ese personaje que habla como Óscar Wilde cien años después, que piensa como Zweig, cien años después, que se encuentra con señoras inglesas de hace cien años y princesas rusas de los tiempos de los zares, nos habla del fin del mundo y del fin de la belleza (y tal vez ese no sea el orden exacto de los finales). No hay nada triste en todo esto y la melancolía está ausente. No lamentamos las cosas que perdimos, mientras atravesamos el continente en un tren que no son aquellos trenes, sino su imagen exacta. Y entonces pensamos en la imposibilidad de reencontrarnos con las certezas del pasado, en cómo volver en busca de ese tiempo perdido no dejará de ser una tarea imposible. Sí, el Orient-Express (también el libro) nos habla y evoca demasiadas cosas. Voces lejanas, ecos. Pastores de ese mundo antiguo.

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