Deseo que venga el diablo, de Mary MacLane (Seix Barral). Traducción de Julia Osuna Aguilar | por Óscar Brox

Mary MacLane | Deseo que venga el diablo

Butte, Montana. La galería de imágenes de Google describe un catálogo de montañas, minas, piedra roja, arcilla y paisajes en los que no cabe una nube. Esos en los que el sol simplemente calienta los días. Pura devastación cotidiana. A principios del Siglo XX, la ferviente promesa de una expansión mental e industrial animaba las ilusiones de aquellos que deseaban algo más en la vida. Otro lugar, rostros diferentes, nuevas emociones. Cualquier cosa que les permitiese huir de una rutina que trituraba sus esperanzas. Mary MacLane era una adolescente cuando el viejo siglo empezaba a mudar de piel. Por tanto, aún conservaba ese espíritu inocente que reclama y exige porque todavía no ha aprendido a echar nada de menos. Una visión en construcción, surcada de anhelos y vindicaciones, cuya febril imaginación solo tiene un objetivo: vivir.

Mary MacLane podría ser una sobrina irreverente de Emily Dickinson o una hermana desinhibida de Willa Cather. Al fin y al cabo, sus palabras sobre Montana evocan las duras condiciones de vida que Cather vertía al referirse a Nebraska. Sin embargo, Deseo que venga el diablo posee ese raro fulgor juvenil que saca músculo frente a las adversidades, ingenio para armarse de impaciencia contra el tedio. Cualquiera puede imaginar al adolescente, a sí mismo años atrás, mientras escribe con letra irregular sus pensamientos desordenados. Hojas y hojas de diario que entrecruzan gritos y susurros, ideas pobres e intentos de asestar puñetazos en la mesa, rebelión privada y revelación pública. En fin, todas esas ideas que flotan en nuestra cabeza a falta de ponerlas en marcha. MacLane hizo eso mismo con su vida; contar lo que deseaba, no lo que vivía. Escribir página a página, día tras día, el perfecto plan de fuga de una realidad que absorbía todas sus fuerzas. Como quien pretende evadirse de una cárcel sin barrotes ni muros. Como quien anhela olvidar las inmensas montañas, las minas de cobre, las piedras rojas y el alcohol de destilación casera.

Deseo que venga el diablo es un libro-diario de prosa, a ratos, extenuante. En él, MacLane vierte con insistencia eso que necesita preservar a toda costa: ella misma. Su egotismo, sus ideas, su belleza sencilla, su soledad, su futuro, su todo. Nada más. Escribe para protegerse, como si entre un renglón y el siguiente pudiese cobijar su pequeña existencia, reírse de aquello que la amenaza y suplicar que venga ya la temporada de cambio. Suplicar, rezar, desear, exigir. Que venga el diablo, un desconocido, la fama, un contrato, una beca o una herencia. Cualquier cosa, pero que venga ya. Que le permita ver más allá de ese paisaje familiar, aprender palabras nuevas, moverse en otra frecuencia y cultivar sensaciones diferentes. Que no tarde mucho, que no demore su llegada, que le haga alguna señal para confirmarle que ese futuro no es ninguna entelequia. Que Mary MacLane podrá llegar a ser Mary MacLane. Alguien, ella misma. Más allá de las minas de cobre, del alcohol casero y de las montañas en sombra.

Pícara y caprichosa, MacLane escribe con ese arrobo juvenil que, como un vendaval, pretende arrasar con todo. Con Dios, con el hogar y con la miseria de las cosas. Su tono es provocador, pero también elegíaco. Porque, para qué negarlo, en la juventud está el placer y sus 19 años contemplan el vértigo de que todo acabe sin que nada importante suceda. Como mucho, alguna que otra pequeña fantasía, esa amistad artificiosa con la Dama de las anémonas, versos de Shakespeare y retratos de Mesalina. Poca cosa, no lo suficiente para saciar una imaginación desbordada, tenaz, empeñada en ver, sentir y vivir lo diferente. Una imaginación que nos habla y nos chilla, que susurra sus planes y busca nuestra complicidad. Sencilla y, a la vez, compleja. Urgente y, a ratos, nerviosa. Entrada a entrada y día tras día. En un libro-diario que nunca acepta el silencio, callar sus pensamientos o bajar los brazos ante la evidencia de un mundo deplorable y aburrido.

MacLane vivió. Vivió el éxito de su librito, puso sus pies en otro estado y pudo mezclarse con otros círculos sociales. Deseo que venga el diablo termina con un epílogo, escrito nueve años después, en el que su autora mira con una pizca de nostalgia las palabras escritas en la juventud. Es en ese punto, cuando se ha vivido y se ha conocido, cuando se ha recorrido el polvo de las carreteras y se han aglutinado palabras en una conversación, donde la rebeldía adquiere un punto de melancolía. Como cuando se aprende a pensar por uno mismo y, precisamente por eso, se echa de menos la inocencia de la juventud, del vaivén de las cosas y la falta de ambiciones propias. Es en ese punto donde MacLane alcanza su plenitud, ese perfecto lenguaje confesional, que sin olvidar la sonrisa, la algarabía, la revuelta y la falta de resignación, advierte esa etapa a menudo tan difícil de negociar: los primeros años de la vida. Todo eso que, ahora sí, se ha vivido.

2 thoughts on “ Mary MacLane. Confieso que vivo, por Óscar Brox ”

  1. ando buscando este libro desde que le leí a la propia luna de Miguel hablar bien de él. aquí es casi imposible conseguirlo en librería física. esperaré al verano cuando regrese a Madrid de vacaciones.

    sigo este blog a menudo y no entiendo cómo hay tan pocos comentarios. la gente es poco participativa. se ve que Twitter se ha comido el resto del mundo.

    felicidades por los cuatro años.

    1. Gracias, ante todo, por las felicitaciones. Estos 4 años han pasado rápido, seguimos con ganas de nuevos retos.

      El libro de MacLane, sin duda, es singular; interesante, sobre todo, por la rotundidad de su expresión, de sus ideas y anhelos. De eso tan común hoy como es decir lo que se piensa, pero que en 1902, tal vez, no lo era tanto. O, al menos, no con la vocación de unir lo íntimo y lo público. Si te haces con él, ya nos contarás tus impresiones.

      En cuanto a los comentarios, si hemos de ser brutalmente honestos, aún nos parecen demasiados. Este apartado, no en esta sino en una gran cantidad de revistas, se ha visto algo damnificado por la obligación de pensar rápido, de forma impulsiva, más propia de las redes sociales. Tampoco es que sea algo malo, cada expresión tiene su espacio, pero resulta más difícil generar esa clase de respuesta pausada, paciente, también crítica, sobre los contenidos publicados. Seguiremos intentándolo 🙂

      Gracias, de nuevo, por tu comentario, y esperamos leerte en nuevas ocasiones.

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