Montecristo, de Martin Suter (Libros del Asteroide) Traducción de Rosa Pilar Blanco | por Óscar Brox

Martin Suter | Montecristo

Hay una reflexión en Cosmópolis, de Don DeLillo, que advierte de manera precisa todo lo que las recientes burbujas y quiebras financieras han puesto de manifiesto: el dinero ha perdido su cualidad narrativa; habla sólo para sí mismo. En estos últimos años, cada rescate bancario suscita, en forma de reacción inmediata, la apelación a la (falta de) ética o a la miseria moral de aquellos involucrados en el desastre. También una sensación de asombro, cada vez que el escándalo salpica, ante la resistencia de la economía de un país, capaz de tolerar un golpe tras otro sin, aparentemente, perder el aire en mitad del combate. No en vano, las cifras macro y micro componen una ensalada de números y porcentajes que desprenden una fuerte impresión de impunidad. De descontrol y autarquía financiera, en la que el capital hace tiempo que se ha emancipado del reino de los hombres para convertirse en índices y números que bailan al ritmo de las operaciones de los traders. En un lugar en el que la avaricia, con todos sus matices morales, siempre es buena.

Montecristo, de Martin Suter, excava en los motivos del capitalismo tardío para urdir su historia, la de un periodista de eventos sociales que, por azar, descubre un fallo en el sistema y decide tirar del hilo. Ese hilo corresponde a dos billetes que comparten el mismo número de serie, lo que le conduce hasta el banco más poderoso de Suiza, la imprenta que se encarga de producir los billetes y el ominoso mundo de los corredores de bolsa. Frente a la tentación de convertir su novela en un ensayo sobre la gestión económica de la zona noble de Europa, esa Suiza a la que la prensa nos ha acostumbrado a mirar como el paraíso de las cuentas secretas de políticos y notables, Suter decide conducir la historia por unos parámetros más tradicionales. Como un relato de género que, narrado con soltura, captura el retrato de la eterna derrota del hombre ante sus flaquezas. La corrupción, la venganza, la injusticia o el imposible perdón. En definitiva, el camino del héroe que trata de sacar a la luz la trama bancaria que, en secreto y sin testigos, rige con mano de hierro cada una de nuestras decisiones.

La Suiza de Suter responde a la imagen que el propio país proyecta sobre el resto de habitantes de la eurozona. Tranquila, cómoda, surcada por la nieve y la lluvia fina que descarga con frecuencia. Un escenario repartido entre cafeterías, restaurantes, viviendas y fría amabilidad. En la que casi todos los personajes, a excepción del núcleo duro banquero, peinan los cuarenta años y apenas se distinguen unos de otros. O así, al menos, la conocemos de la mano de Jonas Brand. El pulmón financiero que abastece de buenas noticias al resto de países implicados. Sin hacer ruido o, ante la catástrofe, con paquetes de medidas internas que atajen el daño y no permitan que sus consecuencias se filtren a la luz pública. Como si con ello garantizasen la seguridad del dinero, su lugar fuera de la órbita de los humanos y de sus tribulaciones. Y es que en Montecristo siempre flota ese sentimiento de inquietud en torno al capital. A su invisibilidad, a la impunidad con la que los traders lo manejan a través de sus pantallas, a las caídas y ganancias que se anuncian sin que, para lo bueno o para lo malo, se traduzca en otro estímulo que no sea el silencio dócil o la conformidad.

Suter juega con la percepción del lector al hacer de Brand un héroe atenazado por sus conflictos burgueses. Por esa buena vida que le proporciona su estatus personal, por la posibilidad de alcanzar el anhelo (imposible) de rodar su primer largometraje y por las reservas con las que juzga la accidentada investigación que desencadena Montecristo. Y resulta interesante como personaje que no esconde sus dobleces, que reacciona a veces cautelosamente porque no puede dejar de valorar todo lo que pone en peligro si continúa con sus pesquisas. En una sutil, aunque nada indirecta, referencia a esa Europa que ha aceptado su papel vicario, cuando no autista, ante la mayor crisis social de los últimos tiempos. Que vigila con celo sus propios intereses sin decidirse por actuar, sea cual sea el resultado. Aunque los todopoderosos bancos jueguen con ventaja, con todas las técnicas de seducción que nos han llevado hasta este punto. Y que conducen a Jonas a olvidar su cruzada para acomodarse en sus sueños. Por mucho que estos últimos estén fabricados con las pesadillas de las víctimas de la crisis.

La escritura de Suter se apoya en los recursos visuales y dramáticos heredados de los guiones de cine, de manera que cada capítulo está construido a partir de escenas, acciones y desarrollo de personajes como si el lector pudiese reconocerlos en la descripción. Todo resulta claro y se engarza de manera lógica, uniendo la pesquisa periodística de Brandt con su evolución moral. Hay cambios de escenario, en el viaje que el protagonista efectúa a Tailandia, y la historia se sostiene a partir de esas pistas que poco a poco toman cuerpo. A medida que la galería de hombres poderosos del sector financiero completa su retrato de familia. Curiosamente, el autor se las arregla para conseguir que estos últimos no sean los villanos, la encarnación de ese mal que anida en la condición humana. Al contrario, no son más que la expresión de la vida subordinada a las necesidades del capital. A taponar sus heridas, como la que provoca el trader Contini en su fallida operación de riesgo, y a celebrar sus triunfos. Y es esa una cualidad que otorga a Montecristo un perfil acaso perturbador, en tanto que dibuja un mundo en una perpetua escala de grises, donde las personas dignas mueren sin aclarar sus causas y los héroes claudican ante la kriptonita de la burguesía. Ante la seguridad, el amor estable y los deseos que se cumplen.

Tal vez Montecristo no sea la clase de novela que, desde un gesto estético radical, profundice en ese malestar contemporáneo al que la cultura no es ajena. Sin embargo, la prosa sencilla de Martin Suter muestra de forma diáfana esa sensación de que no solo el dinero no nos pertenece, sino que hace ya tiempo que se ha emancipado de la esfera del hombre. Habla solo para sí mismo. Se mueve en las pantallas y luminosos de las agencias de bolsa, en las operaciones internacionales y en las reuniones entre bancos. Imperturbable e impune. Y ante eso solo se puede dar el brazo a torcer, quien sabe si porque la civilización del presente es solo un espejismo construido desde el capitalismo más desaforado. Como esa tranquila Suiza que vive el estallido de la burbuja bancaria en sus tripas. Como ese protagonista al que su autor obliga a elegir la comodidad en detrimento de la justicia. Quizá no por debilidad, sino por humanidad. Porque contra el capital, como contra tantas otras cosas, nunca se puede ganar. Y esa es, en definitiva, la sensación ominosa que acecha nuestros días.

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