Diccionario abreviado del surrealismo, de André Breton, Paul Éluard (Siruela) Traducción de Rafael Jackson | por Juan Jiménez García

André Breton, Paul Éluard | Diccionario abreviado del surrealismo

Entre todas las definiciones que contiene el Diccionario abreviado del surrealismo hay una que no está: diccionario. Podemos pensar que eso quiere decir que después de todo no le daban mucha importancia o, quién sabe, que no sabían cómo definirlo. La definición, entonces, tenemos que encontrarla nosotros, con este libro objeto entre las manos. Publicado por la galería Beaux-Arts en 1938 con motivo de la Exposición Universal de Surrealismo, el objetivo que se  marcaron André Breton y Paul Éluard debió pasar más que por la fijación de términos y el inventario de personajes, por la creación de un collage de imágenes-palabras que respondían a unos términos-conceptos.

Dentro de una cierta fugacidad en la que nada requiere mucho espacio (solo el sexo, los sueños y el propio surrealismo, junto con la pintura merecerán algo más, aunque solo sea alguna que otra línea), cada palabra no es más que aquello que dijeron de ella, en algún momento, los surrealistas. Breton encabeza el listado de aportaciones, claro está, aunque solo sea porque hablaba y escribía de todo… muchas veces, pero por ahí desfilan la ortodoxia (Benjamin Peret, el propio Éluard, Louis Aragon, Salvador Dali, etcétera) y aquellos que hoy nos costaría mucho esfuerzo asimilar al movimiento (Pablo Picasso). Y más allá de un intento de definición, nos damos cuenta que recurrieron al automatismo o los cadáveres exquisitos, con lo que el libro no es didáctico sino más bien poético. Un libro objeto poético.

Estaban tan ocupados en su búsqueda de esa razón poética de los términos, que ni tan siquiera se entregaron a un deporte tan surrealista como es el vapuleo y el insulto. Incluso en su brevedad, hay un cierto respeto por todos aquellos que abandonaron el movimiento dejando al señor cadáver, tal que Philippe Soupault, Louis Aragon, Antonin Artaud, Jacques Prévert, etcétera, y, sorpresa, evitan enfangarse arrojando porquería sobre sus eternos muñecos de pimpampum, como el maldito Jean Cocteau.

No, el Diccionario… no es una obra provocadora, sino una obra literaria, hecha de recortes y sueños, en los que lo incomprensible no es la palabra, sino la definición, convertida ya en un ente abstracto, en una asociación atrevida, en una pirueta de palabras lanzadas al aire que nunca caen al suelo. Un pasar lista de nombres surrealistas (presentes, ausentes) y unas palabras para aquellos que fueron tomados como referencia o como muertos para un panteón deseable del surrealismo (labor a la que Breton dedicó su tiempo y esfuerzo).

Más cerca de la literatura que del enciclopedismo, más cerca del surrealismo que de lo descriptivo o informativo, la edición le daba tanta importancia a la imagen que está lleno de ellas. No hay una pretensión de exhaustividad, claro está, sino más bien de ordenado cuaderno de apuntes para un viaje espacial (no olvidemos su razón de ser: una exposición). Lo importante era capturar el aire de su tiempo (el tiempo pasado y el tiempo detenido en lo mostrado) e intentar que el propio diccionario en su totalidad definiera el término en cuestión: surrealismo. Y dado el uso variopinto que los tiempos a destinado a esta palabra, que ya sirve para cualquier cosa y que se puede escuchar en las mejores fiestas de sociedad y en las más abyectas tertulias televisivas, no está mal intentar saber qué queremos decir cuando decimos eso. Yo aventuro una respuesta que haría sonreír a Tristan Tzara y fastidiaría a André Breton. El surrealismo no significa nada. No significa nada ahora porque se usa para todas las cosas. ¿Y antes? Antes…

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