Libros extraños, de Luis Loayza (Pre-Textos) | por Juan Jiménez García

Luis Loayza | Libros extraños

Antes del deslumbramiento de los relatos de Otras tardes, estuvo el de los ensayos de Libros extraños. Luis Loayza, tal vez el escritor más grande que dio la literatura peruana (como si esto fuera una competición), había entrado en mis lecturas entre la perplejidad y el asombro. Fue un escritor de no muchas cosas pero esas pocas cosas estaban llenas de una inteligencia difícilmente encontrable. Eligió la brevedad (los relatos, los prólogos a los libros de otros, unas palabras sobre las obras de los demás) pero en ese misma brevedad estaba buena parte de su grandeza. No necesitaba más. Traductor de Thomas de Quincey, menos de un centenar de páginas le bastan para regalarnos toda una vida y un estudio exacto (que no exhaustivo, algo que jamás pretendería) capaz de revelarnos no las claves del escritor inglés, como si fuera una caja fuerte a abrir, sino que lo sigue en su vida y en sus libros para ir engarzando iluminaciones íntimas, fragmentos de belleza crítica, que trascienden aquello sobre lo que escribe para ser ellos mismos gran literatura. No hace falta conocer aquello sobre lo que escribe para dejarse llevar por su pensamiento, siempre afilado, siempre revelador (o, como estaba tentado de escribir, desvelador).

Si con Thomas de Quincey podíamos tener un entrecruzamiento de vida y obra fascinante, con su afición al opio o sus textos irónicos, como El asesinato considerado como una de las bellas artes, es decir, un terreno propicio para que el escritor peruano despliegue toda su habilidad para encajar lo contado con lo vivido, podríamos pensar que con el otro texto importante (por extensión) del libro, lo podía tener más complicado: el Ulises, de James Joyce. Y sin embargo, nos encontramos con un ensayo que de nuevo se mueve entre las líneas (del texto y del propio Joyce) no para intentar desvelarnos sus misterios (algo que el mismo califica de imposible y seguramente de inútil e incluso absurdo), sino como una incitación a su lectura. Y no una vez, como cualquier clásico, sino todas las necesarias. En Loayza encontramos lo que él mismo alababa de De Quincey: ese utilizar la novela para alcanzar otros estados y reflexiones, para mantener un diálogo, arrastrado por sus intuiciones. Loayza es impresionista, de pincelada fina, de matices, de colores que encuentran formas, retratos de líneas difusas pero que encierran una profundidad del trazo.

El tercer protagonista de estos Libros extraños, es Jorge Luis Borges. La biografía que le dedicó Rodríguez Monegal es un buen pretexto para aproximarse, por contraposición con el biógrafo, al argentino. Sus matizaciones alcanzan el nivel de aparato crítico, y es inevitable pensar en Alberto Savinio y sus notas a pie de página, tan expresivas como el propio texto que anotaban. Después de todo, es entender la vida como la escritura o la escritura como la vida, y pensar que nunca con cosas impermeables. Y allí entre esos espacios en blanco, ese aire que corre a través de las páginas, en esos silencios, se instala la escritura de Luis Loayza, como un niño con un juguete al que su diversión trae cosas a la cabeza, pensamientos que luego se nos hacen ineludibles. Un niño capaz de jugar con Simbad y revelarlo en su malignidad, o pensar en las mil y una noches, y que todo sea terriblemente justo. Placeres efímeros.

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