QRailowskyuizás lo primero sería preguntarme qué espero de una librería. Sí, eso es. De una librería, espero que no tenga todos los libros del mundo (ni tan siquiera casi todos), que nadie me persiga (que me deje mi tiempo y también mi espacio), que sea un lugar en el que habitar (aunque sea por una hora… o media), que no tenga letreros luminosos (o muy luminosos), que su escaparate me haga detenerme (y no por los adornos navideños o la decoración de dudoso gusto, sino porque sea la promesa de algo que contiene su interior). Quiero encontrarme con un librero que no lo sepa todo (como yo), y también que dude (igual que yo), y que ni tan siquiera pueda aconsejarme (no siempre), sino que quizás solo hablemos de nuestras cosas. Quiero que no sea inmensa y que los libros no estén ordenados alfabéticamente (no tengo prisa, puedo mirarlos uno a uno… y encontrar), ni que unos autores tengan rótulos más grandes que otros (que igual ni tan siquiera están). Sí, eso es. Algo así.

Pienso en todo ello, y entonces entiendo porque Railowsky es la librería de mi vida, porque llevamos juntos alguna década y porque espero que sigamos juntos mucho más tiempo. Quiero ir a su búsqueda (que no encontrarme con ella), subir los escalones, mirar sus escaparates que ni tan siquiera dan a la calle (púdicamente), recorrer con la mirada libro a libro lo que muestran (y lo que intuyo). Atravesar su puerta (porque Railowsky tiene puerta… y hasta hay que empujarla), y entrar en la librería más pequeña (quizás) que conozco, y que es pequeña porque es generosa (y comparte su espacio con una sala de exposiciones). Entonces, miro al fondo y Juan Pedro sigue tras su mesa (luego todo está bien). Durante años, los libros han compartido su sitio armónicamente. Los  de fotografía nunca pretendieron ocupar el lugar de los de cine, ni la literatura el de los libros de arte, ni tan siquiera intercambiaron nunca su lugar. En el centro, nada más entrar, está mi mesa preferida de todas las mesas que he conocido. En Railowsky siempre encontré aquello que no buscaba pero que quería tener. ¿No debería ser siempre así? Lentamente, voy dando vueltas alrededor de ella, acariciando a veces los libros. No es ni tan siquiera necesario abrirlos (no siempre). Algunos nos esperan. Vuelvo sobre los estantes, una y otra vez. Uno se lleva unos cuantos libros y se deja algunos otros, muchos, demasiados. Es siempre así. Sin embargo, aquí, nos queda la sensación de que volveremos a verlos, que nos esperarán (y quién espera hoy en día).

Nos dicen que es el fin de las librerías. Comparan los libros con los papiros, nos hablan de lugares inmateriales con millones de libros, en los que con apenas unos toques todo estará a nuestro alcance en unos días, ni tan siquiera muchos. Miles de libros caben en un pequeño cacharro, y no será necesario tener habitaciones enteras de ellos. ¿Y para qué todo esto? ¿A qué huele una página web? ¿A qué huele un libro electrónico? (a caucho, podríamos decir, como aquella loca en Mon oncle, de Tati, sobre las flores de plástico). Dicen que eso es pura mitomanía, y bueno, sí, los sentidos están en horas bajas. Hemos descubierto que podemos hacer tantas cosas solos, sin la ayuda ni la necesidad de nadie, que acabaremos solos.

No, por favor, quedaos con vuestros lugares inmateriales, pero dejadnos las librerías y los libros. Dejadnos sentir humanos, creer en el azar de los encuentros, creer en los descubrimientos, en las cosas que no siguen un orden, en lo que no es fácil, en lo que se puede caer al suelo y volverlo a coger. En lo que pasa (el tiempo, las hojas, las personas) y en lo que permanece. Dejadnos Railoswky y todas las librerías que en algún momento soñaron ser libres.

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