Los astronautas, de Laura Ferrero (Alfaguara) | por Gema Monlleó

Laura Ferrero | Los astronautas

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera.” 

Ana Karenina, León Tolstói 

 “A veces pensaba que una parte de mis padres, una parte que yo no conocía, se había extraviado en una larguísima misión espacial. Al regresar a la Tierra la gravedad les había pesado demasiado. Quizás fuera por la fuerza de la costumbre, las expectativas, el peso de los relojes dorados que se pierden con el tiempo. Por la hija que era yo.” 

Los astronautas (Laura Ferrero, Barcelona, 1984) no es una novela sobre la familia, o al menos no sobre el concepto canónico de familia: “grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas” (primera definición del Diccionario de la lengua española de la RAE). Los astronautas es una investigación sobre el pasado familiar a partir del estallido emocional que le provoca a la autora ver por primera vez en su vida una fotografía que demuestra que, cuando ella tenía apenas un año, sí tenía una familia que se ajustaba a la definición anterior: mamá, papá, hija (“una fotografía inocente en la que una pareja joven sonríe a cámara y, en la falda de la mujer, descansa una niña con un peto azul agarrada a un trozo de pan”). ¿Dónde van las familias cuando se deshacen? ¿Dónde va el yo entendido como parte de un conjunto? ¿Cuál es el espacio a ocupar cuando uno es expulsado de un lugar que ahora queda vacío? Segunda acepción de familia: “conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje” ¿Será esta la familia de Los astronautas 

Ferrero, a la manera de Annie Ernaux, pregunta y se pregunta, cuestiona y se cuestiona, bucea en el ayer contado y en el ayer recordado para descubrir que estos no siempre coinciden. Hechos, sentimientos y emociones, con sus difusos contornos, y un pasado que como tal es “traicionero porque nadie puede verlo ya, ni siquiera intuirlo. Ha desparecido y resulta incomunicable, intransferible”. ¿De qué hablamos cuando hablamos del pasado? ¿De qué pasado? ¿De qué parte del pasado? ¿Quiénes somos respecto a quienes fuimos? Ante el atronador silencio que recibe por respuesta de su madre (“la razón es un motor cegador que arrasa con todo”) y, con matices, de su padre (“mi padre, en esa capa de la vida en la que a veces hemos tenido la fortuna de cruzarnos, la de los sentimientos, viaja de incógnito para que nadie lo reconozca y, sobre todo, para que nadie pueda pedirle explicaciones”), el ejercicio de investigación se torna introspección y en algunos momentos casi grito de auxilio (“¿cómo puedo yo, que nunca he sabido lo que es una familia -que la tuve pero despareció, y la memoria de los vivos me la robó-, tener una mía, una familia propia?”). Y es que, si bien los padres de Ferrero no son ni han sido astronautas, ella se percibe a menudo como una náufraga de las estrellas, la trasunta de Sergei Krikalev sin Mir alrededor de la que orbitar (“la pasión no eran los astronautas en sí, sino el circunloquio mediante el que, alejándome, me acercaba para entender mi propia realidad. Lo importante en la narrativa no es la verdad: es la utilidad”), la de Michael Collins quedándose en el Apolo 11 mientras Neil Armstrong y Buzz Aldrin pisan la luna, o la de Christa McAuliffe estallando en el Challenger a causa de las versiones contradictorias que posee de su propia historia (“me convertí en una persona resignada, con pocas opiniones propias pero con una enorme capacidad de fingimiento y adaptación. Asumí mis lugares dócilmente y me callé”). 

“No existe aquello que no vemos y aún menos existencia posee lo que no queremos ver, y no sería arriesgado decir que el miedo es lo que da entidad al punto ciego del ojo, esa zona de la retina en la que no hay células sensibles a la luz.” 

La historia de Ferrero y del sintagma “mi familia” (“los nombres nos alumbran y los posesivos nos vinculan con las realidades, nos sitúan en el mundo para darnos un lugar”) es la historia de una desaparición (la laguna impuesta y explícita en los álbumes de fotos con rectángulos vacíos que conserva su madre tras arrancar las fotos del padre), de un hueco, de unas carencias, de ciertos secretos. Alumbrar lo (ahora) inexistente pone en duda el presente, el pasado y la propia identidad pese a ser constitutivo de la misma. Para comprender que sucedió es importante tener en cuenta el contexto histórico, revelador de gran parte de las actitudes que “los personajes” toman: años 80, aprobación de la ley del divorcio, custodia para la madre y padre presente en fines de semana alternos. Ser hija de uno de los primeros divorcios de España, llevar la letra escarlata de ese estigma, aplicar la damnatio memoriae al padre (práctica de la condena de la memoria en la antigua Roma), era la excusa perfecta para que los demás justificasen cualquier actitud de “la niña rarita” sin profundizar en las razones emocionales de las mismas. Ferrero (“una niña triste debido a su inteligencia”, una adulta a la que el exceso de inteligencia les sirve de explicación a los demás para asumir que lo que le sucede es culpa de ella “pero por algo bueno”), asume la acción antes que la introspección y se vale de comportamientos aprehendidos para construir su intrínseco manual de resistencia (reveladores los pasajes de las fotografías familiares con los nuevos cónyuges e hijos de sus padres: cuando se hacen, en una y otra casa, una “foto de familia” -sin ella- y otra foto “con todos”).  

“Mi madre es la gran contadora de historias de la familia, y yo crecí buscando respuestas en un álbum cosido por un único hilo narrativo: su deseo de alterar la historia, de que yo tuviera otro padre que no se fuera de casa, de que un hombre no la abandonara a ella(…) Pero ¿qué historia cabe escribir de la mano de un anhelo? La de una irrealidad. La de algo que no existe.” 

¿Cuántas versiones hay de una misma historia? ¿Tantas como protagonistas y espectadores? Ferrero sabe del efecto Rashomon y termina optando por la comprensión (y quizás también la compasión) una vez asumida la imposibilidad de rebelión ante las estrategias de “superación” del pasado de su madre y de su padre. ¿Es posible recordar sólo lo que no duele pese a las culpas que anclan y detienen? ¿Es posible arrasar con lo prexistente (“las palabras tienen claras implicaciones. Uno dice abandono y no imagina el silencio, sino la ausencia clamorosa y el desgarro”)? ¿Es posible resituarse en el hoy pese a arrastrar las cicatrices del primer mundo habitado? “El arte es un refugio para el malestar, para la locura”: quizás la respuesta a las preguntas anteriores está implícita en la tarea de la escritura, tras la cual todos los episodios de recuerdo cercenado (incluido el “del fuego, el flequillo y el olor a pollo frito”) deben encontrar su lugar, su refugio, de reposo interior. 

Si al nacer nos cortan el cordón umbilical hay momentos en la vida en que es necesario tirar de él. Ed White, durante la misión Gemini IV en 1965, fue el primer astronauta en realizar un “paseo espacial” gracias al tubo que lo conectaba con los sistemas de soporte de vida de la nave llamado, naturalmente, cordón umbilical. Ante el riesgo de una ruptura definitiva con el futuro por la grave enfermedad de su madre (“el final de las metáforas es la enfermedad”) Ferrero construye un cordón metafórico, un soporte de vida, al que ambas puedan asirse. Y ante el miedo, el dolor, y la posibilidad de la muerte, la autora no requiere ya de más arqueología familiar: “no encontrar lo que existe debería por fuerza contar como final narrativo”. El presente se impone al pasado por más que, en algunos momentos, lo no-dicho se haga palabra. 

“Eran nadadores entre las estrellas, sus movimientos lentos, esas coreografías impuestas por la ausencia de gravedad, los convertían en una liturgia, como si estuvieran bendiciendo el aire o tratando de alcanzar algo invisible que se les resistía una y otra vez. 

Habían ido lejos, más que cualquiera de nosotros, y acarreaban la maldición de no poder volver del todo, como si una parte de ellos mismos se hubiera extraviado al regreso y lo que volvía fuera un relieve, una copia defectuosa.” 

Érase una vez una niña que comía pelo, que dibujaba melenas anaranjadas de las que nacían bebés, que esperaba con ilusión la visita anual al Tibidabo (aquí coincidimos, Laura) y que tenía un padre astronauta. Érase una vez Kuki, érase una vez Amanda. Érase una vez Benito Pérez Galdós viviendo en el papel pintado de una habitación y Carlota Casiraghi como posibilidad de glamurosa identidad. Érase una vez un fin y un principio, por este orden. Érase una vez la negación racional del pensamiento mágico. Érase una vez el empeño de ordenar el mundo en listas interminables. Érase una vez Ariadna abandonado por Teseo. Érase una vez el arte como refugio para/contra/del malestar. 

Érase una vez la forma más bella de empatizar con los astronautas de la fotografía inicial (mamá, papá, hija, cada uno aislado dentro de su propia cápsula espacial). Érase una vez la renuncia a la idea de “narrar una familia”. Érase una vez una historia que, como tantas veces y tan felizmente sucede (Annie Ernaux, Marguerite Duras, Amélie Nothomb, Marta Sanz…), no es otra que la de la autora contada por y desde ella misma.  

Érase una vez.  


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