Trabajo sucio, de Larry Brown (Dirty Works) Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

Larry Brown | Trabajo sucio

En la charla que acompaña, en forma de apéndice, a la edición de Trabajo sucio, Larry Brown reflexiona sobre el oficio del escritor y su constante búsqueda de la autenticidad. Fruto de un aprendizaje tardío, la escritura de Brown se fragua en las vidas de la gente real. En sus cuitas, en sus tragedias y en su alta tolerancia a las calamidades. Brown recuerda la traumática experiencia de su padre como soldado durante la 2ª Guerra Mundial, de la que regresó con unas heridas psicológicas que no pudo cicatrizar. Ante esa pila de cadáveres y amistades perdidas en combate, ante esas interminables oleadas de violencia y desesperación, ¿qué podría curar la sensación de soledad frente al mal? De abandono, injusticia y falta de compasión.

Trabajo sucio arranca varios años después del final de la Guerra de Vietnam, en un hospital de veteranos que sirve de cobijo a las víctimas más desdichadas de la contienda: los mutilados, los devastados, los que se aferran a la vida desde la cama de cuidados intensivos. Walter ingresa a causa de las heridas del proyectil que ha desfigurado completamente su rostro y le ha provocado una serie de ataques que le dejan inconsciente. En la cama de al lado yace Braiden, otro veterano, con todas sus extremidades amputadas a causa de una ráfaga de disparos. Braiden lleva allí desde los últimos veintidós años, bajo el cuidado de su hermana y con el único refugio que su imaginación le proporciona. A resguardo de la desoladora sensación de que debió morir en la selva, de que cualquier cosa habría sido mejor si le hubiese ayudado a evitar ese calvario inhumano.

Pese a la dureza del relato, Brown no deja de apuntar su compasión sobre unos personajes a los que solo les quedan sus palabras; unos personajes que ya no pueden rehacerse de manera alguna. Solo compartir esos recuerdos o sensaciones que les alejan momentáneamente del final. Cada episodio nace a partir de la memoria de sus protagonistas, de esa titubeante relación que establecen entre cervezas frías y caladas de porros, que les acerca un poco más a ese contacto humano que casi habían olvidado. Walter regresa a su infancia en Misisipi, al recuerdo materno en aquellos años en los que su padre estaba en prisión y a la violencia que se cernía entre las clases modestas. Así, rememora al abusón del colegio obsesionado con que sus víctimas tragasen la mierda del suelo y siente ese arrebato de vulnerabilidad y de justicia que le llevó a apuñalarle a apenas unos centímetros del corazón. Braiden, en cambio, deja que su imaginación le conduzca hasta Jesús, a hablar con el hijo de Dios e interrogarle sobre todo lo que sucede en el mundo. Sobre la impotencia que sacude a la bondad, que reacciona estérilmente frente a la violencia y la destrucción.

Vietnam es un personaje secundario en el relato de Brown, una presencia que aparece como un fogonazo. Los disparos contra el cuerpo de Braiden, la amarga decisión de sus compañeros de pelotón de evacuarle en el helicóptero sanitario, la anécdota de aquel soldado que se internaba con un par de huevos en los túneles del vietcong… Impresiones fugaces de una guerra tal vez acabada cuyas consecuencias se dejan notar sobre la piel de sus protagonistas. En el reguero de cicatrices, muñones y heridas internas que permanecerán imborrables sobre la vida. Al acecho de ese último momento, de esa decisión postrera. De la renuncia, la bajada de brazos y el beso contra la lona del cuadrilátero. Del reconocimiento de que tanto Walter como Braiden perdieron su humanidad y ahora tienen que convivir con la amargura hasta que decidan que es la hora de quitarse la vida. De desaparecer.

Para Walter no es tan sencillo. Cada vez que recupera la calma, se acuerda de Beth, la única persona que ha aceptado sus heridas, que ha encontrado su humanidad más allá de aquellas. Su monólogo entrecortado siempre se encauza cuando habla de ella. De su franqueza, de las terribles cicatrices que le dejó en las piernas el ataque de un perro. Recuerda su tacto, sus besos, la calidez de su cuerpo y la sincera armonía con el mundo que recuperaba en presencia suya. Y uno piensa que es su único anclaje con la realidad, la última palabra antes del punto final. Antes de que, como Braiden, elija evocar lugares imaginarios para evadirse de su condena. Que Misisipi es ella, es la memoria de su padre cuando plantó cara al propietario de los campos de algodón, es la imagen de su hermano recostado en la habitación mientras ve una película, la dura lluvia que cae y la resaca infame tras unas cuantas cervezas con el estómago vacío. Que su memoria es todavía demasiado vasta como para concederle un final a su vida.

Resulta difícil plasmar en palabras el deseo de morir. Pero aún más difícil es tomar la circunstancia de una vida devastada para reflexionar sobre la dimensión del dolor y la injusticia que atenazan a la vida humana, a la bondad y a la razón. El de Brown es un canto a esa humanidad que se escurría entre la desgracia, abandonada al infortunio y la desdicha. El largo monólogo de dos personajes solitarios que descubren en las palabras el último recurso para mantener viva la llama de su humanidad. Contar su historia, contarse a ellos mismos, recordar de dónde vienen y con quién han estado. Escuchar su historia, escucharse a ellos mismos, recordar los olores, las sensaciones, los sentimientos que afloraron alguna vez en su interior. Es el último reducto, la única salida, la consolación que el arte ofrece a unas vidas frustradas demasiado pronto. El alegato que Larry Brown lanza contra la guerra y la intolerancia del mundo. El monumento que erige en honor de los desafortunados. La compasión ante unas criaturas que nunca dejarán de sorprender por su alta tolerancia a las calamidades. Por su excesiva humanidad, a pesar de todo.

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