Panthers y museo del fuego, de Jen Craig (Pálido fuego) Traducción de José Luis Amores | por Óscar Brox

Jen Craig | Panthers y museo del fuego

Escritura y oralidad. Resulta fascinante empezar la lectura de Panthers y museo del fuego y toparse, casi de inmediato, con un texto en el que apenas hay respiración entre párrafos. En el que la memoria de su protagonista, así como su autorretrato emocional, se derrama en cualquier dirección, combinando con precisión ese aire pretendidamente oral con una estructura mucho más compleja. Oral, ¿de verdad? No se me ocurre otra palabra para definir el efecto mediante el que Jen Craig nos sumerge en las cuitas personales de “Jen”; en esa manera de caracolear entre recuerdos, opiniones, pensamientos en voz alta, decisiones por tomar y un estado emocional de euforia que su autora describe con una elaboradísima naturalidad. O sea, sabiendo cómo manejar el texto, las palabras, las frases y el ritmo, la estructura y casi cualquier otra cosa para transportarnos a una suerte de monólogo interior. A una erupción de palabras y sentimientos que, a ratos, se deslizan sobre la página con la cadencia de un paseo -por momentos, Craig tiene esa habilidad para movernos junto a su personaje- y, a ratos también, podrían ser parte de un autoanálisis desde el sofá de una consulta -la autora, por cierto, es psicoterapeuta. La cuestión es que uno entra en la novela y se nota desconcertado, como trastabillándose durante el paseo con su protagonista, sobrepasado por el torrente de declaraciones íntimas pero, a la vez, fascinado por esa forma de hablar, o de plasmarlo en el texto. Con sus rodeos, titubeos, idas y venidas a un pasado reciente y confesiones sin nada especial. Es decir, con esa forma tan peculiar de plasmar la euforia de una vida cualquiera, que resulta tan especial por la implacable manera de su autora de desnudarla en el párrafo. Sin dejarle sitio para respirar, como una erupción de lava que se derrama sobre las páginas a la manera de un incontenible impulso creativo. 

Jen y alrededores. Panthers y museo del fuego es el título de una novela dentro de la novela. La novela de Sarah, una amiga del pasado recién fallecida, que por extrañas circunstancias ha caído en manos de Jen. Podría ser su magdalena proustiana, en tanto que su lectura activa una narración al detalle de un pasado repleto de dudas, situaciones, rostros y lugares, en su mayoría nada del otro mundo, sin los que la protagonista no podría construirse tal y como es. Ahí está una de las claves: la novela (que no existe más allá del título) como palanca para escribir esa otra novela, que tampoco existe más allá de las cuitas e intimidades del personaje. La novela, según la entiende Craig, convertida en una exuberante mezcla de pensamientos interiores y titubeos existenciales, de eternos rodeos alrededor de una aparente nada, que sin embargo acaban construyendo a un personaje fascinante. ¿Por qué? Quizá por la sencillez con la que transmite su fragilidad o da cuenta de ese inventario de deudas y dolores el pasado -la anorexia, la frustración laboral, el desencanto amoroso o, simplemente, esa patológica inseguridad a la hora de ser natural. De hecho, una de las partes más maravillosas de la novela abarca prácticamente veinte hojas en las que su protagonista vuelve, incansable, sobre sus problemas para verbalizar algo tan aparentemente sencillo y natural como arrancar el inicio de una conversación, pedir un café en un bar o preguntarle a alguien qué tal está. Por mucho que, una y otra vez, evoca cada una de las cosas que dijo, ha dicho o le va a decir a su amigo Raf, casi la única huella de humanidad en ese monólogo incansable. 

Euforia. Tal vez eso sea lo que me descoloca de entrada, lo que me resulta avasallador en una primera lectura. Lo que machaca el párrafo y tritura la página, mientras me lleva por los vericuetos de su relación (o lo que recuerda de su relación) con la amiga muerta, lo que le dirá (o no le dirá) a Pamela, la hermana de la amiga muerta, o la necesidad (o quizá el aburrimiento) de ir a las Blue Mountains y ver qué se cuece en ese paisaje. Esa manera con la que Craig traslada los conflictos, casi la ansiedad, de un personaje que nunca sabes del todo si se está descomponiendo en su nada particular o, por el contrario, si no ha sacado músculo tras encontrar una voz desde la que contar, contarse y contarnos su historia. Porque, en cierto modo, es como si todo desapareciese engullido por la voz de Jen. Rostros, lugares, pasado, presente. Todo absorbido por su tremendísima capacidad para dar vueltas alrededor de su identidad, de su intimidad, de sus crisis de cualquier tipo, de hasta el más mínimo detalle de su vida interior que pueda ser útil para urdir su autorretrato. Y el efecto, además de literariamente maravilloso, también consigue ser angustioso, como si nos atrapase en ese enredo de frases y pensamientos en voz alta que se agolpan sin descanso por las páginas. 

La novela por hacer. En realidad es poco lo que llegamos a saber de Jen. Para ser un ejercicio de vaciado completo, esa narradora que no para de contarnos cosas se guarda otras tantas. No es muy fiable, salvo que nos dejemos llevar por la intensidad de sus deseos creativos. Y eso dice mucho de la habilidad de Craig para retratar su tiempo, su lugar y la dificultad para dar cuenta de uno mismo hasta, prácticamente, las últimas consecuencias. Ejercicio bellísimo, por fracasado, por esa sensación de que antes se agotan las palabras y los recursos que lo que se puede decir de uno mismo. Por esa impresión de que un -casi- monólogo tan tremebundo apenas araña la superficie de la vida interior de Jen. Y en lo que araña muestra un vacío también tremebundo, tanto o más terrible que ese tedio con el que se definen los personajes que le rodean. Tedio, falta de interés o una naturalidad tan monda y lironda que hasta resulta ofensiva (porque la otra Panthers, la novela dentro de la novela, quizá solo sea ejemplo de literatura terrible que, por el mero hecho de existir, activa las palancas de la frustración creativa y regala un poco de optimismo a la vida corriente de su protagonista). Por eso, me da la sensación de que Jen Craig ha escrito sobre una novela por hacer, que su protagonista empieza una y otra vez, que arranca siempre que algo le viene a la mente, para quedarse en pura potencia creativa. En un gesto, un deseo o un efecto. La euforia o la necesidad de escampar esa desazón existencial tan propia de la madurez. Y que tan bien disecciona Craig en su novela, la de verdad, haciendo como quien no quiere la cosa un retrato, o un análisis, contemporáneo tan elaborado -y, sin embargo, tan aparentemente natural, sencillo y, otra vez, oral- e inteligente que nos deja sin respiración. 

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