Los infortunios de Svoboda, de János Székely (Impedimenta) Traducción de Magdalena Palmer | por Juan Jiménez García

János Székely | Los infortunios de Svoboda

La literatura y el cine centroeuropeos no han estado exentos de idiotas (de protagonistas idiotas). Tal vez se trate de la larga influencia de ese gran idiota que era Švejk pero es cierto que estos personajes iban saltando de aquí para allá, en su estupidez. Lo importante de estos idiotas es que uno acaba con la extraña convicción de que todos son idiotas menos ellos y que como aquel Levka de Alexandr Herzen, son los únicos capaces de vivir con una cierta incoherencia. Claro, que por otra parte no es complicado que esto ocurra así, y más si nos cogemos a Švejk y al Svoboda de János Székely: el primero vivió durante la Primera Guerra Mundial mientras el segundo se quedó en la asombrosa invasión alemana de Checoslovaquia. El primero pudo ver cómo la gente moría por el capricho de unos cuantos, el segundo cómo un país era entrega a otro como si fuera una bagatela.

Svoboda no tiene nada. Sí, bien, tiene algo de dinero en el banco, sus ahorros de veinte años, que realmente no le dan para nada, pero cuando uno se tira veinte años juntándolos… Está de mozo para las maletas en una estación de tren perdida en un pueblecito demasiado cercano a Alemania, y ese en sí ya es un trabajo algo tonto, puesto que solo hay dos trenes y muy pocos necesitan de sus servicios. Con todo, pasa los días durmiendo en la estación sobre un puñado de paja, junto con alguna incursión amorosa para satisfacer a una viuda que se ocupa de escarbar el vertedero próximo para sacar algo de dinero. Una vida sencilla. Y así hubiera seguido, noche tras día, de no haber aparecido los alemanes, una fría noche.

Con una lógica aplastante, los milicianos de las SA (ese ejército privado de Hitler) piensan que si Alemania puede robar un país al mundo, ellos pueden robar algunas joyas a los habitantes de ese país. Sin embargo la cosa no es tan fácil. Quitárselas a la gente sí, claro, pero es que luego. En fin. El pueblo se verá envuelto en una sucesión de acontecimientos en los que una cosa lleva a la otra, otra a una más y todas al tonto del pueblo. Y el tonto del pueblo es Svoboda. Al menos oficialmente.

Para Székely la única manera de explicar el absurdo del mundo es desde la persistencia del pobre Svoboda, cuya única preocupación es vivir y no entiende invasiones, fronteras o ideologías. Vivir también es muy simple: comer, beber, amar. Todo ello en cantidades que le convierten en un indigente. Tan importante es para él su dinero en el banco como para los demás otras grandes cuestiones mundiales. Las banderas pueden ser banderas o un trozo de tela en un palo, es solo una cuestión de visiones. Pero lo cierto es que esos trozos de tela han causado más desastres que el sentido de la vida según un idiota. Si aquel hermano de sangre, Švejk, demostraba que la guerra era la cosa más imbécil que había inventado el ser humano, simplemente estando (y no cerrando la boca nunca), Svoboda y sus desgracias (que no siente como propias hasta que le tocan lo único que tiene en propiedad, que no es ni él mismo) se convierte en el testigo de la corrupción del hombre y de cómo no se es nadie hasta que se es útil para otro.

En una Europa absurda que caminaba hacia su destrucción, János Székely nos confronta a esa imposibilidad de ser, por muy pequeños que nos hagamos, cuando la Historia decide qué hacer con nosotros. Y como siempre saldremos perdedores, aunque sonrientes. Una sonrisa triste. Cuando cerramos su libro, viaje trepidante a través de la sinrazón, eso es lo único que nos queda. Eso, una lectura trepidante, alguna respuesta y las habituales preguntas.

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