La dichosa importancia de la belleza, de Amanda Filipacchi (Turner) Traducción de Marta Alcaraz | por Óscar Brox

Amanda Filipacchi | La dichosa importancia de la belleza

Con su habitual finura reflexiva, David Hume afirmaba que la belleza de una persona proviene de su conciencia de saberse deseada. A diferencia del siglo XVIII, nuestro presente se caracteriza por su empeño en conducir a la conciencia hasta el exceso. A medida que los dispositivos tecnológicos han virtualizado nuestra vida social, también la conciencia se ha dejado llevar por ese vaivén de conexiones y espacios acotados para forjar una reputación digital. Una identidad. Se ha esparcido, cuando no diluido, en plataformas, avatares y conversaciones con limitación de caracteres, lo que de alguna manera ha redefinido las relaciones que establecemos con los demás. La forma de percibirlos y, también, de exponernos. A propósito de este último punto, La dichosa importancia de la belleza describe ese sentimiento de íntima inseguridad que atenaza a su protagonista cuando interactúa fuera de la esfera de sus más estrechas amistades. Cuando la exposición de uno mismo genera no ya una primera impresión, sino una impresión definitiva. Cerrada. Injusta por lo que tiene de superficial. En la que la belleza más obvia, sin embargo, impide eso que tan fácilmente ponía en palabras Hume: la conciencia de saberse deseado. Porque obstruye la posibilidad de conocer a esa persona más allá de su máscara, de los rasgos físicos que han determinado esa primera atracción.

Barb, la protagonista de la novela, decide utilizar sus cualidades como diseñadora de vestuario para fabricarse un disfraz de gorda que oculte su belleza física. Bajo ese avatar, piensa, toda relación que entable con otra persona estará basada en otra clase de interés. En algo más sensible e íntimo, menos superficial. Para su autora, Amanda Filipacchi, lo que describe a la sociedad contemporánea es esa ansiedad por lo superficial. Por el contacto rápido, si no efímero, que genera la falsa ilusión de conocer a una persona. En La dichosa importancia de la belleza todos los personajes son estrambóticos, llenos de peculiaridades, tal vez como medida de seguridad para que el lector no crea que los conoce tan bien. No en vano vivimos en un momento de la Historia en el que cada vez se conoce más deprisa a las personas, en el que la interacción se pueriliza y los vínculos se debilitan porque están forjados con sentimientos demasiado precipitados. Apenas se llega al alma de las cosas. Y todo, revestido por esa superficialidad, parece sangrar a través de una misma herida: la sensación de que se ha dejado de conocer, de que se ha depositado en cualquier terminal virtual el contacto con los otros. Que, al fin y al cabo, la conciencia ya no sufre por saberse deseada o no porque la vida acelerada nos proporciona las suficientes herramientas como para obviar esa cuestión y abrazar aquello de que todo nos entra por la vista.

Filipacchi concede todo el peso del relato a las desventuras de Barb y su amiga Lily, esta última, una instrumentista superdotada que, a diferencia de la primera, tiene que lidiar con su escaso atractivo físico. En esa feria de las vanidades, los hombres y las mujeres deben elegir qué parte de sí mismos enmascaran. Así, mientras Barb oculta su cuerpo bajo kilos de grasa postiza, Lily embellece su físico con una música que trasciende esas categorías tan limitadas para tocar el alma del que la escucha. Curiosamente, su autora mira con cierto desdén esa operación, pues hay algo impuro en ella. La música de Lily embellece con las mismas tácticas de seducción que un perfil virtual, pero siempre oculta el verdadero rostro de su creadora entre las ondas que emite cada pieza compuesta. De esa manera, la conciencia es tan impenetrable como si la recubriese la roca más dura; un espacio emocional blindado a cualquier vulnerabilidad. Un lugar que, siempre disfrazado, es incapaz de saberse deseado. Un lugar donde siempre triunfa la primera impresión, como en esas pociones de amor de los cuentos clásicos que obnubilan la mente de quien las toma.

Más allá de su trama, en la que Barb lidia con su relación intermitente con un presentador de televisión, con el suicidio de uno de sus mejores amigos y con sus frustraciones interiores, La dichosa importancia de la belleza describe con gracia la puerilización emocional que impone la vida moderna. El disfraz, que siempre ha sido un elemento tradicional en el cuento, es aquí la forma que Filipacchi elige para abordar ese otro disfraz, interior, que la sociedad se coloca con gusto. La impostura. La operación de cosmética para matizar o para añadir. La distancia que interponemos con los demás para impedir que nos conozcan del todo; esa soledad que tarde o temprano intentamos cubrir con nuestras extensiones virtuales, con los disfraces que adoptamos en busca de otro tipo de aceptación social. De contrato. De deseo. De vida.

La novela de Filipacchi es más mordaz que crítica, una tragicomedia de enredo en la que los personajes se construyen a través de sus excentricidades y en la que Barb, como narradora, comparte con el lector sus confidencias sobre ese lento proceso de aceptación que debe llevar a cabo para aparcar su disfraz. Para reparar en su intimidad. En La dichosa importancia de la belleza, la vida es rehén de sus ilusiones y apariencias quizá porque sus bases, sus elementos constitutivos, son los de una columna de belleza de revista de tendencias o los de un avatar perfilado con la mejor tecnología. Lo natural, el error, como en las comedias clásicas con sus dinámicas emocionales basadas en el diálogo y en el choque de personalidades, queda aparcado en favor de ese sentimiento de soledad que se prodiga en las sociedades contemporáneas. En las que nunca parece posible conocer del todo a alguien, en las que el disfraz está tan pegado a nosotros como la carne al hueso. Y aunque Filipacchi no es demasiado exigente  con sus personajes ni con la discusión que se traen entre manos, uno tiene la sensación de que su novela es menos superficial de lo que parece. Menos amable. Quizá porque, ni que sea de refilón, atisba ese miedo secreto que la vida nos impone cada vez que buscamos maneras para no ser demasiado nosotros mismos. Cada vez que maquillamos nuestra forma de ser para que encaje, a la fuerza, con eso tan superficial que la sociedad espera de nosotros. Un baile de disfraces en el que la belleza aflora al primer contacto porque ya no es necesario saberse deseado. Basta con una primera impresión para cerrar el contrato. Para aparcar, así, esa pizca de conciencia que nos diferencia a unos de otros. Para ser iguales. Avatares de una conciencia olvidada.

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