De Misisipi a Madrid. Memorias de un afroamericano de la Brigada Lincoln, de James Yates (La Oficina) Traducción de Dídac P. Lagarriga. Brigadas internacionales. Memorias vivas, de Adrián Bodek (La Oficina) | por Óscar Brox

James Yates, Adrián Bodek

En su largo prólogo a la segunda edición de Más allá de la culpa y de la expiación, Jean Améry repasaba en detalle el periodo convulso que había sucedido tras la experiencia del Holocausto: Chile, Camboya, Checoslovaquia, Rusia, Grecia, un largo etcétera de países marcados por la misma enfermedad, la agresión continua e injustificada sobre la población y, en fin, sobre la misma condición humana. Más que un catálogo de atrocidades, Améry pretendía entonar una llamada a recobrar el juicio y la memoria, precisamente, en una época en la que notaba su preocupante fragilidad. En breve se cumplirán cuarenta años de la muerte del dictador Franco y, en esta misma década, la Guerra Civil alcanzará su ochenta aniversario. Cambia el contexto y el tiempo echa un poco de tierra sobre las huellas del pasado; sus protagonistas desaparecen, pero no así el ánimo o el espíritu para reclamar justicia, igualdad o democracia, en una época en la que, a pesar de todo, se mantiene la fragilidad de estas palabras. Como una manera de honrar esa memoria, La Oficina ha editado dos libros que tienen en la Guerra Civil su punto de partida: el relato de un brigadista afroamericano, James Yates, y la colección de recuerdos que Adrián Bodek reunió a partir de testimonios de los brigadistas supervivientes. Dos formas de reivindicar la importancia de recobrar el juicio y valorar el pasado; de exigir, como escribió Brecht, que el hombre sea un aliado para el hombre.

Memorias vivas, la obra fotográfica de Bodek, reúne las palabras que los combatientes de las Brigadas Internacionales evocan sobre sus días de movilización en España. Una imagen, en el despacho o en la sala de estar, y una fecha describen la vejez de sus protagonistas, ancianos consumidos para los que la época del combate por los derechos más fundamentales ha quedado aparcada en el tiempo; las palabras, breves y en ocasiones algo generales, reflejan sin embargo el espíritu inmarcesible de aquellos que nunca han renunciado a sus principios. En vez de buscar el dato, Bodek escucha todo lo que tienen que decir: las anécdotas, las vindicaciones, el estímulo que les condujo hasta España, el trabajo de intendencia o las tareas secundarias que desempeñaron, el fulgor brigadista que les lleva a recuperar el orgullo de haber arrimado el hombro… Lo fundamental en su trabajo radica en la escucha atenta, en su desinterés por privilegiar cualquier contenido, en concederle importancia al torrente de recuerdos que abarca una hoja y al que apenas puede llenar un pequeño párrafo. Porque su empresa trata de restituir una actitud, un temperamento, ante la peor situación imaginable. De ahí que en el mismo recorrido por los rostros de los brigadistas convivan conductores y personajes anónimos, parte de ese hervidero que peleó de una manera o de otra durante la Guerra, pero cuyo legado histórico se halla en su actitud, en su impulso y determinación para ayudar a que una nación no sucumbiese frente a sus agresores.

La honestidad de Bodek hace patria con las memorias que dejó escritas James Yates, que fue principalmente conductor de camión (ruso) durante la Guerra, lo que le llevó a abarcar la totalidad de la península en sus viajes por carretera. Las palabras de Yates brotan como un chorro de episodios que narran su infancia perseguida por el conflicto racial, su vagabundeo en tiempos de la hobohemia y su contacto con la política social, a la sazón, la espita que le condujo hasta España. De una sencillez conmovedora, el relato de Yates versa sobre una lucha sin fin por la dignidad y la igualdad. En un momento de la historia estadounidense en el que ser negro suponía arrastrar la marginación y la falta de consideración de leyes y sociedades apalancadas en el pensamiento feudalista, el brigadista americano evoca España como el primer país en el que se reconoce libre de esa letra escarlata grabada a fuego por el racismo; un país donde al negro no se le mira diferente, sino que se le acoge, donde se podía llegar a ser Comandante o un activo en la batalla sin sufrir la degradación ni la servidumbre. En las páginas de De Misisipi a Madrid late un canto a lo colectivo, al reconocimiento personal, a ratos conmovedor, enmarcado en el fragor de una guerra que, sin embargo, no impidió forjar vínculos humanos en el seno de la resistencia.

Yates, que no era escritor, prescindió de adornos a la hora de narrar su vida. Tanto es así que la anécdota en la que explica cómo hizo de improvisado chófer en España de Hemingway y otros intelectuales apenas abarca la curiosidad, muy por debajo de sus esforzados retratos de compañerismo y empeño personal que destilan su estancia entre Madrid, Albacete, Valencia y Aragón. Un empeño que fue la divisa para que muchos afroamericanos se movilizasen como brigadistas, sobre todo, tras las campañas de Mussolini en Etiopía, aquel hogar original largamente vindicado sometido al yugo del fascismo, ese que amenazaba con destruir España. La bondad, la violencia, el dolor de la pérdida y la derrota son, aquí, compases de un mismo movimiento que desarrolla capítulo a capítulo un impulso colectivo que culminó con el fracaso y el regreso a casa del contingente brigadista.

Frente a esa derrota, que se cobró cuarenta años de dictadura, Bodek y Yates oponen un reconocimiento personal que los vencedores de la guerra nunca podrán borrar de la Historia. La victoria de una coherencia, sí, pero también la fuerza de unos vínculos emocionales que el propio Yates vivió al regresar durante los años 70 a la España franquista; a ese país en el que reconocía el paisaje pero no el espíritu, en el que retomó sus recuerdos y recogió las voces de aquellos que compartieron algún minuto en su lucha común. Fotógrafo y brigadista, hijo y nieto de combatiente y actor en la guerra, Bodek y Yates reflejan un frente común, una idea que cristaliza en estos tiempos de relativa calma en los que, pese a todo, no conviene bajar la guardia: siempre hay que mantener viva la memoria, en la victoria y en el agravio, así como recobrar el juicio. Es la única manera para conseguir que el hombre siga siendo un aliado para el hombre.

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