American Noir, edición de James Ellroy y Otto Penzler (Navona) Traducción de Enrique de Hériz | por Óscar Brox

James Ellroy y Otto Penzler | American Noir

A pesar de su frenética actividad editorial, la literatura negra tiene motivos para quejarse. Secuestrado por el impacto de corto alcance de fenómenos actuales, el noir ha dejado en un rincón a algunos de sus autores mayores; por ejemplo, a un David Goodis cuya obra traducida se quedó apalancada a principios de los 90. Una antología como American Noir, que publica Navona en edición de tapa dura, sirve para poner a disposición del lector autores y textos que, en algunos casos, se presentan por primera vez en castellano; también, para trazar una historia mínima de las sucesivas modulaciones del género, de todas esas voces literarias que han construido el imaginario noir a lo largo del siglo XX. Un recorrido apasionante que, de un relato al siguiente, muestra el colmillo de cada autor, su mirada oscura sobre la realidad y la turbulencia moral con la que construía esta última.

Por sus características, una antología no puede evitar que el lector reorganice su material según sus afinidades estéticas. En American Noir conviven lo obvio y lo obtuso, lo sutil y lo degradante. Poco de lo compilado por James Ellroy y Otto Penzler responde a un trabajo rutinario, pues muestra, en ocasiones con auténtica fiereza, lo mejor de cada autor. Lo mejor o, sencillamente, lo más constitutivo de cada uno de ellos. Si James M. Cain explora, con tintes grotescamente humorísticos, un triángulo amoroso dinamitado por las flaquezas morales de sus protagonistas, Mickey Spillane narra, con evidente misoginia, el vengativo relato de un desgraciado que desea hundir a toda costa a su mayor enemigo. Jim Thompson aprovecha las pocas páginas para urdir una narración experimental absolutamente desquiciada, pura pesadilla, que deforma un argumento tipo de la novela criminal (mujer que, ayudada por su amante, desea acabar con su marido) para convertirlo en una fuga psicológica hacia ninguna parte. Y Joyce Carol Oates se separa de la literatura negra para desgajar de la tradición del gótico americano un cuento de silencios y heridas que surcan el retrato de dos hermanas y su violento entorno familiar. Mientras, James Ellroy se acerca al universo de L.A. Confidential para narrar las desventuras de uno de los tantos personajes que engordaban el paisaje de su fresco californiano.

De entre todos los nombres reclutados, cada autor destaca por la huella de su personalidad literaria, patente incluso en el relato más breve. Sin embargo, es justo reconocer que en American Noir al menos dos o tres nombres rayan por encima de sus compañeros de edición. Es el caso de David Goodis, el titán menos conocido, y su relato Un profesional. Ahí, encapsulado en unas pocas páginas, se despliega un sentimiento de desolación prácticamente inabarcable, como un agujero negro que absorbe lo mejor de la condición humana para expulsar la visión más oscura y terrible. O, lo que es lo mismo, la historia de un asesino a sueldo de una organización que elige el deber antes que el amor, matar antes que sentir, en una historia que Goodis maneja con tanta delicadeza que su conclusión, no por esperada, resulta menos escalofriante. Pura desesperanza arrancada a golpe de literatura negra. En esas mismas coordenadas, Lawrence Block entrega Como un hueso en la garganta, tétrica historia de una venganza al borde de la locura. En ella Block cuenta el diálogo entre un asesino y el hermano de una de sus víctimas, la imposibilidad de permanecer en paz con el pasado y el perdón de las atrocidades cometidas. Cada párrafo retuerce, hasta la asfixia, el conflicto moral de sus protagonistas, de manera fría y cruel, mientras acumula odio y violencia a la espera de explotarlos en sus últimos pasajes. Relato casi político, con la reinserción y el perdón como fondo, Block disecciona sin piedad el comportamiento humano hasta situarlo en eso que no se puede ocultar, su respuesta más instintiva, lo que nos iguala: la pura violencia.

Más allá de los retruécanos morales, American Noir constituye también una oportunidad para descubrir a grandes narradores, dueños del suspense y la radiografía de personajes. Como Patricia Highsmith, que hace de su relato una exploración pausada de un temperamento, mezcla de odio y envidia, que conduce inevitablemente a su protagonista hasta el asesinato. O Dennis Lehane, que abandona el escenario de Boston para contar una historia, casi un aprendizaje sentimental, en el que los lodos del pasado abocan a sus personajes al final más negro, incapaces de aceptar que, a menudo, las cosas nunca salen como uno desea. Porque, en efecto, la antología de Penzler y Ellroy se puede leer como un recorrido histórico, pero también como una guía de la tortuosa moralidad que cada autor abordó o puso en liza. Como esa lista de vicios y pecados que intentamos fintar como podemos, que nos arrastra hacia la tentación del mal, incapaces de huir de ese callejón sin retorno en el que nuestra naturaleza oculta queda expuesta.

Cualquier lector amante del relato criminal debería acercarse a American Noir con la seguridad de que tiene en sus manos un sendero de miguitas de pan que le conducirá hasta lo mejor del género. Gran compilación, a ratos enorme, el esfuerzo de sus editores nos sirve para exigir, aunque tal vez no esté de moda, un poco más de atención hacia los gigantes de un estilo que ha sabido y sabe reflejar las pequeñas grandes miserias de nuestro tiempo. Porque Thompson, Goodis o Block, con sus respectivas distancias, experimentaron de tal manera con el noir que hasta su obra menos lograda consigue arrancar un bofetón, una mueca de terror, ante la visión negrísima de aquello que nos rodeaba. Nunca está de más volver a sentir ese escalofrío, volver a reconocernos entre los turbios renglones que pueblan esta brillante recopilación criminal.

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