El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer (Duomo) Traducción de Juanjo Estrella | por Óscar Brox

J.R. Moehringer | El bar de las grandes esperanzas

En uno de los últimos episodios de The Wire, uno de los personajes hacía alusión al aspecto dickensiano de una noticia; a esa forma tan personal del autor de Oliver Twist de reflejar la vida de las capas más bajas en la Inglaterra de la época. Las penurias, pero también las esperanzas. El tono emocional que define a un lugar, que le presta sus palabras y dibuja sus rostros más familiares; que, en definitiva, esculpe en el tiempo la memoria de las personas que lo habitaron, por muchos cambios que se sucedan con el correr de los años. Porque, por encima de todo, es el espacio de una biografía sentimental, del aprendizaje de la vida, de la infancia y también de la primera madurez. El bar de las grandes esperanzas, de J.R. Moehringer, comparte con la serie de David Simon ese aspecto dickensiano -quizá, quién sabe, entre sus paredes también sonase The Pogues- a la hora de retratar las primeras andanzas de su autor. Los años de recabar experiencias y enseñanzas que, inevitablemente, le conducen hacia la barra de un bar que parece una pista de eslalon; en el que las cervezas y las copas zigzaguean entre un paisaje de rostros, conocidos y por conocer, que le aportan al lugar un matiz inolvidable. Un aire de escuela, de hogar, de familia y de amor.

Moehringer creció como otro hijo más de la América suburbial que encontraba cobijo en los márgenes de las grandes ciudades, entre alquileres baratos y familias desestructuradas que, precisamente por eso, otorgaban al nido una importancia especial. Es por eso que las primeras páginas de El bar de las grandes esperanzas se esfuerzan en presentar cada uno de los elementos de la infancia de su autor, cada matiz y cada momento grabado en la memoria: está el abuelo materno de comportamiento volátil y aspecto descuidado; está el recuerdo del padre ausente como una voz radiofónica que conduce uno de los programas de moda; está la madre coraje preocupada por encontrar un lugar en el mundo; y está la figura del tío Charlie y del lugar donde trabaja. El bar Dickens, más adelante retitulado como Publicans. Poco a poco, la narración de Moehringer se escurre hacia ese bar y sus pintorescos habitantes, como si la atracción gravitatoria le obligase a gastar sus palabras en el relato de aquel sitio. Porque de alguna manera fue un lugar en el que poder apoyar el hombro, para el consuelo y la confesión, para hallar la madurez y aprender el sentido pragmático de las cosas.

Esos primeros años de vida están marcados por los cambios de residencia, de Manhasset a Arizona, los conocidos que vienen y van, las decepciones y el sentimiento de que resulta difícil poder echar raíces. Mano a mano con su madre, Moehringer no parece tener otra brújula vital que la que le proporciona saber que siempre estará el Dickens y sus parroquianos, como una estrella en el firmamento a la que te encomiendas para guiarte en la oscuridad. Así que el tiempo pasa, los estirones llegan y los rostros cambian. Oliver Twist se transforma en el Pip de Grandes esperanzas y el tío Charlie, Bill o Bud en los dickensianos preceptores de un Moehringer que comienza a notar la erupción del futuro escritor. La necesidad de narrar su vida, el mundo alrededor, y guardarlo en cada palabra con la esperanza de que su recuerdo no se agote. Contar los viajes a la playa con Charlie y sus amigos, los detalles de la cara de Steve, el propietario del bar, o de Fuckembabe y su extraña manera de hablar. Las chicas de sonrisa cálida, los libros con la cubierta arrancada, el paisaje nocturno de montañas y cañones en el que pierde la virginidad o los momentos imborrables vividos con el primo McGraw. En fin, todos y cada uno de los elementos que cuajan una bildungsroman suburbial antes de que Moehringer ponga los pies en Yale. En la madurez, en el mundo de los adultos.

Dividida en dos partes, El bar de las grandes esperanzas abarca esas dos miradas que describen a su autor, antes y después de su paso por la universidad. Los años de Yale se explican a través de la obsesiva relación con Sidney y con el Publicans. La mayoría de edad, las copas, los consejos y la fauna humana que encuentra una vez entre sus páginas. El amor intenso y el amor fugaz, las cogorzas locas y las palabras equivocadas. Así hasta encontrar una vocación y un sueño: escribir, y encima hacerlo con el relato de ese bar y de esas personas. Empezar como chico de los bocadillos en el New York Times para trepar, lentamente, hasta la silla del equipo de redactores (cosa que no logrará). Aprender a leer la vida de los demás, pulir la forma de escribir y recoger los fragmentos del pasado para construir el rompecabezas del presente. Una madre que ha hecho su vida, un padre con el que volverá a encontrarse y unos parroquianos a los que adorará como si fuesen su familia. Porque, no en vano, lo son. En esa barra se larvarán las relaciones más duraderas, las palabras más comprometidas y las pasiones más indestructibles.

El bar de las grandes esperanzas confirma ese raro talento de la literatura americana para contar su historia, ya sea a través de los grandes o de los pequeños detalles. Parece que no, pero el tiempo vibra en cada página; los cambios de década, las transformaciones sociales y, finalmente, la herida que supuso el 11 de septiembre para la cultura y ese sentimiento de deuda contraída para honrar a los desaparecidos. Moehringer es el narrador justo; el periodista, el hijo, el amigo o el novio. El hombre que creció hasta llegar a la barra del Dickens y el niño que se moría por robarle una sonrisa estilo gato de Cheshire al propietario del bar. Y al pasar las hojas de este voluminoso retrato de aprendizaje, uno tiene la sensación de que el amor por ese lugar, por esas personas, no podía dejar de escribirse. De trascender al recuerdo, la memoria y la nostalgia. De ahí que el epílogo tras el 11-S tenga más carácter de deuda que de dolor, de monumento que de funeral. Porque entre esas paredes que dejaron de existir se forjó una historia. Una vida. Y el tremendo logro de Moehringer ha sido encontrar las palabras justas para contarnos todo lo que sucedió. Ese tiempo engullido por el pasado.

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