Fariña, de Nacho Carretero (Libros del K.O.) | por Juan Jiménez García

Nacho Carretero | Fariña

Si hay algo que tienen las mafias o el crimen organizado es que siempre son cosa de los otros. Ya pueden estas multiplicarse por todo el mundo, que los gobernantes del país de turno negarán sistemática que sea cosa de allá. Tampoco debemos olvidar que, incluso en los casos más evidentes, ese convencimiento no cambiaba. Las mafias italianas se negaron en Italia hasta fechas vergonzosamente recientes y España, para no ser demasiado originales, hizo lo propio con nuestra variante autóctona, es decir, las familias de la droga en Galicia. Por eso Fariña, editado por Libros del K.O., no deja de ser un libro sorprendente. Sorprendente porque nos desvela una realidad que estuvo siempre ahí, escondida bajo la alfombra del contrabando, hasta que no se pudo ocultar más, pero también sorprendente porque, lejos de haber desaparecido, todo sigue ahí, aunque nadie cuente nada. Cambian los rostros, cambia la vida, pero todo permanece esencialmente. También el mirar hacia otro lado.

Organizado como el relato histórico de la droga en Galicia, desde el contrabando y la época de las familias “a la siciliana” hasta hoy en día, con infinidad de grupos fragmentados y especializados, Nacho Carretero no solo dibuja el estado de las cosas, pasado y presente, sino que acierta a dar la voz a aquellos que acabaron metidos, de una manera u otra, en la aventura existencial de una gente que empezó pasando cartones de tabaco y acabó de cómplice privilegiado de los cárteles colombianos y mexicanos. Los gallegos tenían fama de confiables y poco problemáticos. En esta obra de teatro, la lista de personajes es interminable, cada uno con sus entradas y salidas de escena, sus momentos fuertes. Y alguno siempre entre bastidores. Porque uno no se retira nunca del dinero fácil.

Las organizaciones criminales ligadas al territorio (por muy internacionales que sean), siempre necesitaron el convencimiento de buena parte de la población de que ellos no eran malos. De que sus actividades, para la gente común, son inocuas. Que son gente de honor y que las víctimas son siempre los demás. En Galicia no fue diferente. El contrabando, lejos de ser visto como una actividad delictiva, era aquello que permitía sobrevivir a unas gentes abandonadas de la mano de dios y, peor, de los hombres. En un lugar sin autoridad (y la autoridad debe entenderse no como alguien capaz de meterte en la cárcel sino como alguien capaz de darte una vida digna) cualquiera que te proporcione los recursos para sobrevivir son gentes de bien. Aprovechando aquellas redes que se dedicaban a pasar tabaco pero también cualquier cosa, no tardaron en llegar las posibilidades de aumentar el negocio con cosas más lucrativas. Fue el momento de la droga y también de los Charlines, Oubiña o «Sito Miñanco». El momento de sentirse imbatibles y de esa confusión elemental que da el dinero y que arrastra a políticos y policías, comprando voluntades.

Y nunca pasaba nada. No podía pasar nada porque no existía nada. Todo estaba en la imaginación de los demás. Hasta que llegaron los grandes macrojuicios, las grandes operaciones y la búsqueda de aquello que más les dolía: la ruta del dinero. Como suele ocurrir, los juicios quedaron en nada y las grandes operaciones sirvieron para poner a Galicia y al narcotráfico en los telediarios, siempre más partidarios de los gritos que de los susurros. Pero la persecución de dónde iba el beneficio de aquellas actividades fue más efectiva, logrando que muchos acabaran, finalmente, en prisión. Eso y la presión popular, cansada de una generación destruida por el consumo de esa droga que tan alegremente circulaba por delante de las narices de todos. Como en España siempre nos gustaron los finales falsamente felices (tenemos ejemplos memorables), no se tardó en declarar todo aquello terminado. Un asunto de los noventa. Pero no, todo seguía ahí, con otros nombres, otros modos. Más fragmentados, convertidos en empresas de servicios las más de las veces, pero igualmente presentes y poderosos. Y ahí siguen, claro que sí, aunque sigamos hablando de los cárteles mexicanos, que siempre es más divertido, espectacular y, sobre todo, poco comprometido.

Nacho Carretero, con toda esta maraña de intereses y nombres, de malos (tan poco abundantes buenos), logra construir un relato emocionante remontando desde los orígenes hasta ahora, sin perder el pulso, y ese toque entre la ironía (hay que tomarse ciertas cosas con algo de humor, de tan absurdas que pueden llegar a ser) y lo triste de todo esto. El goteo constante de toda la miseria que rodeó a esa fariña y todo lo que se llevó con ella, no puede ser más que una historia triste, la misma historia triste de impotencia. Estaba aquella película de  Shintaro Katsu, aquel último Zatoichi que dirigió él mismo. Su personaje de espadachín ciego acababa con toda una banda de criminales que se había apoderado del pueblo, tras no poco sudor y mucha sangre. Y al final, mientras se alejaba siguiendo el camino, por el lado opuesto entraba otra banda de criminales. Pues eso.

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