Eso, de Inger Christensen (Sexto piso) Traducción de Francisco J. Uriz | por Óscar Brox

Inger Christensen | Eso

A propósito de Alfabeto, el anterior poema de Inger Christensen que publicó Sexto Piso, hablamos de un universo de pequeñas cosas que funciona como revestimiento de nuestra realidad, que esconde una imparable cadena de transformaciones y un río de emociones morales que describen la fuerza de esa naturaleza en la que nos cobijamos. Un mundo que la poesía nos enseña a mirar, a leer en cada verso, a decir con las palabras que le conceden sentido. Un mundo que encuentra su origen en un átomo, en una raicilla o en un primer gesto humano, y que poco a poco se expande hasta construir una realidad. Alfabeto era como el balbuceo de un recién nacido; la necesidad de percibir la naturaleza que acompaña a nuestros pasos. En Eso, en cambio, Christensen compone una cosmogonía en la que cada verso refleja la forja de un mundo. La experiencia de una realidad. La percepción que tenemos de ella.

En la escritura de Christensen tiembla el sentimiento de que demasiadas cosas se han apoderado de la realidad: la destrucción, las instituciones, el poder político, cada una infiltra su discurso hasta apropiarse de las palabras; hasta hacer de su realidad nuestra realidad y crear con ella un sendero alternativo por el que circule la vida. Escribir, entonces, no es solo un acto de resistencia; también es el deseo de retomar ese lenguaje perdido, de componer con él un himno al mundo que esas palabras nos han enseñado a olvidar. Por tanto, un ejercicio de reconstrucción, de lo minúsculo a lo grandioso, en el que el poeta es un dios que recoge la fuerza de los elementos, que se limpia las legañas de los ojos, que despega la lengua del paladar y alarga los dedos de la mano para tocar/notar/contemplar/escuchar, de nuevo, todo aquello que ha dejado de percibir como propio. Lo que nos une. Lo que amamos. Lo que nos aterra. Lo que somos.

Los versos de Christensen reflejan lo que todavía no es seguro: el balbuceo, el órgano interno que da su primer latido, el cuerpo que no ha aprendido a caminar erguido, el titubeo, el temor y la vergüenza, esas dos o tres palabras que usamos para describir una visión primitiva del mundo. La tentativa. Si hay un movimiento que se repite en Eso, es el del ciclo de transformación en el que las sensaciones, con la cadencia de la corriente sanguínea, se mezclan y unen para cuajar una realidad. Los versos reflejan sus dudas, su ternura por todo aquello que ya no se enseña, su tristeza por lo que no se experimenta, su euforia. Eso se escribe desde la incertidumbre, como el relato de un génesis que añade detalles al paisaje a medida que los hecha en falta. Elemento a elemento. Emoción. Vivencia. Deseo. Algo hermoso porque está vivo en cada párrafo, porque parece desgajado de la propia experiencia de la poeta, que desnuda su interior para compartir con nosotros esas palabras. Ese mundo. Eso.

Extrañar. Echar en falta. Vivir. Sentir. Sentir esa falta, el deseo de dar con las palabras que describan una realidad. Compartir esas palabras. Para Christensen todo consiste en decir las cosas como son, en ser las cosas como son. Sentir el miedo, la diferencia; palpar, a tientas, la oscuridad en la que estamos sumidos. Gritar en mitad de ese vacío, gritar hasta que otra voz nos devuelva el sonido y acortemos la distancia que existe entre los cuerpos. Volver a sentir. Volver a descubrir lo que significa sentir. Temer. Amar. Temer amar. Revelar la fuerza de esa vida que, como un torrente, se transforma en cada parpadeo, en cada átomo y en cada raíz que brota de la tierra. Esa vida que su autora transforma en poesía, en ritmo y musicalidad, en texto, escenario y acción. Esa vida en la que Christensen nos enseña lo difícil que es ser dios. Que despierta, recuerda cómo se mira, recupera aquella vieja inocencia, y construye con pequeños pasitos, con versos cortos y precisos como un relámpago, la experiencia del mundo.

Eso es una radiografía de la percepción humana, un tratado de las pasiones y un diccionario de sensaciones. Un largo poema que Inger Christensen construye para reclamar el derecho a nuestra existencia emocional. Algo propio, imperfecto, atemorizado, pueril pero también hermoso. Un léxico familiar que aprendemos palabra a palabra, desde ese primer gesto con el que apuntamos con la mano a aquello que todavía no sabemos cómo se llama hasta ese instante en el que observamos a todas esas personas que hemos sido hasta alcanzar nuestra madurez. Eso es una biografía en palabras, un universo hecho lenguaje. Un lenguaje que se enseña desde las emociones, como el Alfabeto, y que nos recuerda en qué consiste habitar el mundo. Estar vivo. Sentir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.