El gato y el ratón, de Günter Grass (Debolsillo) Traducción de Carlos Gerhard | por Juan Jiménez García

Günter Grass | El gato y el ratón

Podríamos explicar tantas cosas al hilo de la vida de Günter Grass (y de la muerte) que al final no habría ni gato ni ratón, sino un largo lamento, una historia natural de la estupidez, que no deja de repetirse desde que el mundo es mundo, pero que ha alcanzado el nivel del bochorno desde que este es un conjunto de redes, un conjunto de colectores por los que fluye lo sucio hasta desembocar en la nada. Un montón de ruido instalado sobre el silencio. Tampoco Grass fue ajeno a ello y de nada le sirvió nada, en especial su obra, porque él había escrito y había dejado escrito y había hablado y había dejado dicho. Tras aquella literatura de los escombros, suerte de neorrealismo literario alemán, cuando los alemanes empezaban a creer en milagros (y qué mayor milagro que olvidarlo todo a solo unos años de distancia y con los asesinos entre ellos), empezó Günter Grass a publicar su obra. El escritor no fue, a la manera de Heinrich Böll, a desvelar lo que aún estaba entre ellos, sino que volvió hacia aquel tiempo que vivió como niño y adolescente: el ascenso del nazismo, la guerra y la derrota. Todo desde aquel lugar lejano, Danzing, ciudad libre, más tarde, la Gdańsk polaca, tras pasar por la ocupación nazi.

Bueno, bien. El caso es que en 1959 llega El tambor de hojalata, la historia de ese niño que deja de crecer tras caer por unas escaleras y que, acompañado por su tambor y un grito atronador capaz de romper cristales, atravesaba las primeras causas del ascenso del nacionalsocialismo al poder, con Hitler al frente. Para Oscar Matzerath, dejar de crecer no fue un accidente, sino un acto elegido, buscado. Cómo no ver en él el tiempo detenido de una Alemania ahogada por sus propias ambiciones, producto de una derrota mal digerida y una opinión demasiado elevada de sí misma. Ay, cuántos ecos del pasado en el presente… mientras de nuevo miramos para otro lado y lo confundimos todo, como se confundía entonces, en esa sopa de pobres. Tras El tambor de hojalata, que ya le convirtió en un referente (también para el lanzamiento de piedras), llegó El gato y el ratón. Y tras El gato y el ratón, Años de perro. Y ellos eran la trilogía de Danzing, y en cierto modo eran como vuelos rasantes de una avioneta sobre un mismo instante pero distintos sujetos y también distintas formas, porque más allá de la ironía, Grass tenía la habilidad de manejar la forma como un artesano. Un artesano que escribía de pie y era también artista.

Si para escribir un poco sobre el escritor elegí El gato y el ratón fue porque este fue mi primer libro. Bueno, no es cierto. Mi primer libro fue Diario de un caracol, que me dejó para siempre un personaje con el que identificarme: ese profesor al que llamaban Zweifel, es decir, duda. Con todo, ese fue un verso suelto en nuestra relación de amor. Tendría que llegar ese siguiente libro para que a ese le sucedieran otros, y a esos otros, otros más, y ya éramos una pareja de hecho, nos encontrábamos de tarde en tarde, sin prisas pero sin olvidos. La historia de ese puñado de adolescentes alrededor de un barco abandonado, con una guerra que queda de algún modo lejos, o no cerca, pero que aparece como una fatalidad inevitable, discurre siguiendo la vida de Joaquín Mahlke, el Gran Mahlke. Visto por los ojos de Pilenz, ese admirativo narrador, este no deja de ser un antihéroe, que se aparta de las corrientes de la Historia hasta que la Historia le alcanza. Y cuando entonces ya no es ese antihéroe, sino, inversamente, un héroe, entonces empiezan sus dudas y hasta sus miedos, porque seguramente aspiraba a perderse en el fondo del mar, bajo ese dragaminas polaco, y luego en el cuarto escondido y encontrado, que solo él conocía y que convirtió en su refugio. De su cuello colgaban todas las cosas importantes, en un intento de distraer la mirada de su prominente nuez, ese ratón de movimientos ascendentes descendentes al que un día atacó un gato de los de verdad. Y las cosas importantes eran un destornillador o una medalla de la Virgen, una Virgen por la que sentía auténtica devoción. Y en ese mundo de una juventud que se deshilacha, como ropa vieja, se va desvelando la vida y también la muerte, y la escritura de alguien que también aspiró a una vida submarina y acabó en otro lado. Mientras, de vez en cuando, se encuentran con un niño que lleva un tambor de hojalata…

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