El barrio, de Gonçalo M. Tavares (Seix Barral) Traducción de Florencia Garramuño | por Juan Jiménez García

Gonçalo M. Tavares | El barrio

Esto no es un libro. Tampoco son diez libros. Ciertamente deberíamos empezar a pensar qué es un libro. Los diez protagonistas de este libro que no es un libro tendrían una respuesta muy razonada para la pregunta y al final llegaríamos a la conclusión de que no sabemos mucho más. Empecemos por el principio (aunque no haya un principio ni un final, solo un eterno recomenzar cosas inacabadas): en El barrio habitan un número tal de escritores importantes que el ambiente debe ser ciertamente irrespirable. Sería más irrespirable aún si se cruzaran entre ellos, pero realmente no, están todos ahí pero es como si cada uno de ellos estuviera en otro lado. Ese otro lado son exactamente sus cosas. Cada uno está en sus cosas. Perdido en ellas, entregados a pausados razonamientos según métodos diversos.

La vida no es fácil para ninguno de ellos, sino extremadamente complicada. Y es extremadamente complicada porque le buscan una explicación. Y la explicación encima debe responder a sus manías. Y ellos son monomaníacos. Veamos. El señor Valéry está convencido de que todo responde a una lógica. Es más: está dispuesto a hacer solo cosas lógicas. Cosas lógicas como: si uno quiere ir a la izquierda lo mejor es ponerse dos zapatos izquierdos. La lógica y el absurdo están tan cerca que a veces chocan, como trenecitos de juguete (evitemos ser trágicos). El señor Henri (Michaux) piensa que en realidad todo se resuelve con absenta. Entonces piensa algo y toma absenta. Y piensa otra cosa y vuelve a tomar absenta. El señor Henri sabe de todo, pero en realidad lo único que le importa es beber absenta. Luego bebe absenta. Y habla de todo.

Para el señor Brecht todo es anecdótico. Toda historia tiene una moraleja, ergo toda moraleja tiene su historia, ergo hay que contar historias. Esas historias serán pequeñas como esos huevos de chocolate que llevan una sorpresa dentro. La sorpresa es la moraleja. El señor Brecht cree en las moralejas porque cree en la gente. Cree que tiene algo importante que decirles. Muchas cosas pequeñas importantes. Tal vez sea eso la vida. Y la historia. Y los huevos de chocolate con algo dentro. Sin embargo, su vecino, el señor Breton, solo cree en sí mismo. O fundamentalmente en sí mismo. Por eso se entrevista. Se hace preguntas complicadas que luego ya no vale la pena contestar. O solo un poco. Y entonces mira por su ventana el barrio. O camina. Pero fundamentalmente se hace preguntas haciéndose pasar otro.

Al señor Juarroz le gusta pensar. En realidad solo existe como pensamiento. Está pero está pensando y, como no puede dejar de pensar, como persona es una birria. No se puede contar mucho con él y siempre está en otro sitio, aunque lo tengas en tus morros. El mundo tiene para él un sentido desde el momento que puede ser pensado. Es como el señor Swedendorg. El cree que todo puede ser traducido a formas geométricas. Entonces se dedica a transformar todo en formas geométricas. El señor Swedendorg es coherente. Es coherente y hace un montón de dibujitos. Esos dibujitos son las formas geométricas. Cuando asiste a las conferencias del señor Elliot, lo único que le interesa son sus investigaciones geométricas. Y en ellas se concentra. Y no hay más.

El señor Elliot, decíamos, da conferencias. Coge un verso y lo despedaza. Decimos lo despedaza como diríamos de un perro con un trozo de carne en los morros. Engancha el verso y lo hace trizas, hasta demostrar no su significado, sino la ausencia de él. El señor Elliot hace caer máscaras. Su público no es muy extenso, pero el sonríe. Es un asunto personal entre él y los versos. Sin embargo, el señor Walser no tiene asuntos personales. Y ese es su problema. Tiene una nueva casa y nuevos planes y eso debería bastar para tener asuntos personales, pero es imposible, porque la casa se le ha llenado desde el primer día de gente que quiere reformar cosas.

El señor Walser podría ir al encuentro del señor Klaus y el señor Klaus le hablaría de política (y quizás así lograría entender como no puede estar nunca solo y siempre hay alguien preocupándose por uno, aunque haya pedido nada y en realidad no quiera nada). El señor Klaus sabe mucho de jefes. Y de asistentes. Y de la estupidez. En fin, es un hombre de mundo. No es como el señor Calvino, que sueña y luego cuenta sus sueños. Y cuando no duerme, también parece que esté soñando. Y cuando no sueña, juega. Piensa en las cosas y es como si estuviera soñando o jugando. O las dos cosas. En fin. El señor Calvino también hace dibujos. No tantos como el señor Swedendorg, pero alguno.

El barrio tiene más gente, pero solo estos diez no tienen un libro propio, sino algo que parece un libro. Luego está el habitante número once. Es el señor Tavares. El señor Tavares escribe un libro sobre un montón de señores que habitan un barrio. Al señor Tavares le gusta hacer dibujitos y entonces algunos de esos señores hacen dibujitos. Dibujitos lógicos, geométricos, explicativos. Al señor Tavares le gusta ver el mundo de una manera un poco irónica, y también viene a decirnos que cuando uno se empeña en ver las cosas desde una sola perspectiva esta se vuelve un poco loca. Ea.

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