Maigret y la vieja dama, de Georges Simenon (Anagrama, Acantilado) Traducción de Núria Petit | por Juan Jiménez García

Georges Simenon | Maigret y la vieja dama

Ay, qué difícil escribir sobre las novelas del comisario Maigret… Uno debería decir, simplemente: ¡leedlas! Guardarse las razones, que siempre son parecidas, no revelar el discurrir de la trama, o aquello que las construye. Georges Simenon distinguía entre sus novelas duras y sus novelas de Maigret. Las de Maigret respondían a una estructura conocida, seguía un camino trazado y ahí estaban. Como si fuera tan fácil. Sí, para él. Con el escritor belga sucede algo interesante, un caso de estudio: escuchamos, leemos a otros escritores, y ahí aparece citado, alabado, con entusiasmo. Está Peter Handke, que ya tiene lo suyo, pero hace poco añadí a esa lista a un inesperado Alberto Savinio, que lo conoció (literariamente) como escritor joven. Decía: estructura conocida. Una vieja dama pide ser recibida por el comisario. Una muerte, la de su criada, que estaba destinada a ella. Se ha bebido el resto apenas tocado de su somnífero y este estaba envenado. Una desgracia. Pero si su criada no era la víctima, el objetivo sigue vigente: ella. A la vez, un diputado (su hijastro) también quiere que investigue el caso. De modo que marcha hasta Étratot, un pueblo costero de aquellos que cierran en septiembre. De hecho, faltan pocos días. Un pueblo que le trae recuerdos, porque él, el mar lo conoció tarde. Allí, las sensaciones de entonces van volviendo, mientras en su cabeza se va componiendo ese puzle familiar de alta burguesía venida a menos o a nada, con la vieja dama viviendo de las rentas. El sistema Maigret consiste en vagar, en un flaneûr del crimen, camina a lo largo de él, vaga, de un sitio a otro, punteado de tabernas, de licores y cervezas, de pequeñas conversaciones que van conformando una idea, un aire, hasta que todo sinsentido cobra un sentido y en su cabeza se conforma lo que ha llevado hasta ahí a víctimas, asesinos y simples transeúntes. Hay algo en Simenon que los iguala. Podrían haber sido intercambiados y solo el azar ha repartido esos papeles exactos y no otros. Las diferencias no son importantes. Aquello que les distingue es la oportunidad, el impulso, el momento. Podrían haber salido, en el reparto, otras cartas y esos pequeños mundos en los que se mueven se habrían alterado, pero sus pequeños abismos seguirían ahí.  

Cuando escribió Maigret y la vieja dama, ya habían pasado dieciocho años desde aquel primer Pietr el letón. Dieciocho años y treinta y dos entregas. Quedaban muchas más, entregas y años, pero en esta etapa americana, sigue respirando el ambiente francés de los espacios cerrados, por muy al aire libre que esté. Porque para Maigret, esos espacios cerrados son el lugar de la tragedia. Espacios que se insertan en otros espacios o que colisionan con los ajenos, pero rara vez se confunden (y ese, es un motivo más para morir o matar). Hay una melancolía de lo conocido, mientras ordena los fragmentos y llega el olor a café o el sabor de un viejo calvados. Como una nueva constatación de la miseria humana, del calor de los trópicos, de los días lluviosos, de la espuma de las olas, de los hoteles cerrados, de las calles desiertas. Resulta difícil perdonar a alguien, pero siente simpatía por aquellos que le revelan sus deslices como lo que son, grandes derrotados. Como la hija de la vieja dama, Arlette, entrega a cualquier hombre, pero, de alguna manera, fiel a su marido. Sin embargo, en ella y en sus ofrecimientos, hay una cierta y desesperada honestidad, esa cualidad rara. Honestidad. Tal vez sea eso lo que hace que leer las aventuras de Maigret sea algo parecido a la felicidad…


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