El azul del cielo, de Georges Bataille (Tusquets) Traducción de Ramón García Fernández | por Juan Jiménez García

Georges Bataille | El azul del cielo

¿Qué lugar ocupa El azul del cielo en la obra de Georges Bataille? Es el libro desplazado, el libro entre. Aunque se dice de esta novela, nouvelle, que es su diario del año 1934 (su biógrafo, Michel Surya, no está de acuerdo), aunque está acabado en mayo de 1935, no se publica, revisado, hasta 1957, y seguramente por necesidades económicas de su autor.  Nada tenía que ver la calidad del libro. Philippe Sollers dijo de él que era el libro clave de toda nuestra modernidad, y Marguerite Duras afirmó que inventaba cómo no escribir escribiendo. Podríamos convenir que se trataba del erotismo, de la perversidad, pero qué podía importarle al anónimo autor que algunos años antes había publicado Historia del ojo. ¿Entonces? En las dudas anteriores tal vez se encuentre la respuesta como un todo revuelto. El azul del cielo podría ser un libro lleno de malentendidos, pero también de cosas que se entendían demasiado bien. Su protagonista, Henri Troppman, se confunde con Bataille. Frecuenta los mismos prostíbulos, los mismos tugurios, las mismas ciudades (Londres, París, Barcelona, Trèves), aunque de forma más imprecisa. Dirty, ese provocador diminutivo de Dorothea, podría ser Laure. Colette Peignot (Laure) y Georges Bataille habían mantenido una tortuosa relación, entre el cielo y el infierno (o los infiernos, dado que son tantos…), una relación abismal que acabará con la muerte de ella pocos años después. También, podríamos ver, en la mujer ausente, traicionada, lejos, con sus hijos, a su mujer de entonces, Sylvia Bataille. Pero, sobre todo, tenemos el personaje de Lazare, que atraviesa toda la novela como la muerte, un personaje que provoca el asco y a la atracción de su protagonista. Lazare: el ser más humano y la rata inmunda. Tras Lazare estaba Simone Weil.

Con el trasfondo de los aires de guerra (la guerra civil española, ya en el horizonte; la germinación de los primeros brotes del nazismo, una amenaza presente), Troppmann vive entre el sueño y la caída. Como su autor, solo quiere suprimirse. La muerte es una presencia constante, que siente junto a él, por la que llora, a la que se abraza febril. Mientras tanto, sigue su camino de degradación y de destrucción, como la que lleva a cabo con el otro personaje femenino de la novela, Xénie (en el que no dejo que ver también una parte de Laure, su dualidad… la santa del abismo, como la llamó Michel Leiris). Desde la primera escena inicial, en ese hotel en Londres, con Dirty, desde la sordidez de ese momento, del ambiente enrarecido, su protagonista vive una vida a la que califica de morbosa alucinación. El agotamiento de la enfermedad lo acerca a la nada, entre visiones de Xénie, que sin embargo es real, con su vocación de víctima. Vocación, necesidad. Lazare, ese pájaro de mal agüero, un pájaro sucio y despreciable, se cruza en su camino una y otra vez, como ese destino en el que no cree. En París, en Barcelona. En Barcelona se prepara una gran manifestación, y allí, entre sórdidos locales, todos los fantasmas vivos y también los futuros muertos son convocados o surgen de las tinieblas en las que desaparecieron, para un último descendimiento. Tras aquello, solo quedará una última huída alemana y el azul del cielo se invertirá, se convertirá en tierra, en la tierra de los cementerios, en el cielo real de los muertos, a los que llegará, finalmente, a través del cuerpo de Dirty. En el andén, acaba el viaje de Georges Bataille a través de sí mismo, de algún modo, con las confusiones necesarias, pero con las terribles certezas. Michel Surya llamó a su biografía sobre él La muerte obra. Esa muerte obra, El azul del cielo. En nuestra cabeza, atravesados los límites, se confunden todas aquellas cosas. La incapacidad para distinguir qué separa la línea del horizonte. El odio y el amor. La atracción y lo repugnante. Lo alto y lo bajo. Sí, lo alto y lo bajo.

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