El cementerio de Barnes, de Gabriel Josipovici (Pálido fuego) Traducción de José Luis Amores | por Óscar Brox

Gabriel Josipovici | El cementerio de Barnes

Naturalmente, decía, con una existencia así, hay momentos en que, sin motivo discernible, todo se vuelve negro. Hay momentos en que el orden que has establecido con tanto esmero parece de repente incapaz de protegerte de la oscuridad”. Vuelvo, una y otra vez, sobre varios fragmentos de El cementerio de Barnes. Se han convertido, con el paso de los días, en un misterio. En una obsesión. Es una novela breve, en efecto, pero con trampa. Su final es, casi, una invitación a retomarla desde un principio. Porque, ¿qué aporta una primera lectura? Sin duda reparar en la forma mediante la que Josipovici construye una atmósfera. Los ingleses la llaman eerie, nosotros lo podríamos traducir como misteriosa. Esa clase de misterio en el que nada parece suceder, cierto, pero que a cambio nos deja con un poso de inquietud. En parte, por culpa de la voz literaria que desgrana la historia. Por esa forma de volver sobre las huellas de un pasado sobre el que se excava, una y otra vez, para encontrar la pérdida. De rostros, de lugares e, incluso, de voces. Ausencias. Pero hay algo en las maneras de Josipovici que le quita deliberadamente emoción; es como si el autor desdibujase a sus personajes y emociones. Como verlos tras un filtro o un cristal. Como escuchar voces de ultratumba. Están atrapados en esa atmósfera, saltando entre los escenarios de la memoria (Putney, París, la ribera o el dormitorio) en busca de ese algo que les caliente el alma. Unas palabras, quizá, o convendría decir unas emociones que le aporten un calado, una profundidad moral, a esas palabras.

En El cementerio de Barnes convergen muchos recuerdos (en realidad, todo lo que se cuenta lo es, o lo parece), pero siempre nos quedamos atrapados entre la primera y la segunda mujer. Entre las similitudes, el color del pelo, las precisiones del texto e, inevitablemente, la desaparición de la primera. ¿Hubo un crimen? ¿Un asesinato fue cometido? Dudo que a Josipovici le preocupen esos asuntos. Su forma de contar juega con muchas cuestiones para hablarnos de la certeza o de su falta. Podría recurrir a una cantidad de detalles, continuar con sus idas y venidas, entre Gales y Francia, y pasaríamos la última página del libro con el pensamiento de que, más que un personaje, o unos personajes, la novela pone por escrito un reguero de voces. Juega con los resortes de lo familiar, de lo íntimo, del gusto más o menos elevado, pero es en sí misma una fantasmagoría. Un ejercicio de músculo literario en el que el autor, nacido en Niza, juega con todo aquello que tiene a su disposición para reflexionar sobre las características de la fantasía. O sobre el poder de la ficción. Con esa elegancia, cada vez menos frecuentada, con la que todo parece discurrir con calma. O con melancolía. Permitiendo al lector disfrutar de las consideraciones de sus personajes (en cursiva, porque sigo resistiéndome a llamarlos así). Dejando que escuchen sus historias, lo que pudo ser y al final no fue, como si se tratase de historias de fantasmas. No en vano, el itinerario de la novela también incluye la visita a algún que otro cementerio parisino, de Père Lachaise a Montparnasse.

Josipovici se maneja (y nos maneja) con una aparente sencillez. Tan solo se permite el pequeño barullo cada vez que, decía, salta de un episodio a otro, de una mujer a otra, de un escenario a otro, confundiendo épocas y lugares. Da lo mismo. Cuando se hace memoria todo forma parte del aquí y del ahora, apelotonado en una secuencia sin orden… o con el único orden que pueden proporcionar los sentimientos. Y no me gustaría olvidarme de que, a su manera, El cementerio de Barnes es una novela sobre la traducción, no solo porque aparezca explícitamente en el texto, cada vez que se habla de la obra de Du Bellay, de Orfeo y Eurídice, o de Shakespeare; también, porque Josipovici se vale de ella para aportar una distancia al texto. Un filtro. Un drama con persona interpuesta. Algo que le reste intimidad y temperatura; pasión, en definitiva. Esa voz del narrador innominado que trabaja en la novela para traducir las experiencias de los personajes (otra vez la dichosa palabra). ¿Cómo podría explicarlo? Es como escuchar a un fantasma que va asumiendo gradualmente una forma material (esto lo decía, en otro contexto, el teórico cultural Mark Fisher). Aunque, en el caso de Josipovici, me inclino a pensar que la forma que asume es la de una atmósfera, un tempo, esa calma y esa inquietud con la que nos habla de lo familiar para hablarnos, al mismo tiempo, de la fantasía. Con tanto esmero que uno solo puede sorprenderse, a cada nueva lectura, con sus habilidades literarias.

Probablemente, El cementerio de Barnes pueda leerse de muchas maneras, según la paciencia de cada lector. Según la agudeza o el interés por penetrar en su propuesta formal. Me gusta pensar en esta obra como si se tratase de un mausoleo para la novela moderna, con todas esas voces y todos esos recuerdos que Josipovici moldea, plásticamente, en sus páginas. Un ejercicio de músculo literario, pero también una bellísima reflexión sobre las conexiones entre memoria y ficción, entre palabra y traducción y entre los recuerdos y las fantasías. O sea, un pequeño monumento erigido sobre las potencialidades de la ficción, cuyas capacidades Gabriel Josipovici extrae una y otra vez en esta novela que hace de lo familiar un misterio y del misterio algo que sigue ahí, que no se va. Lo real y lo imaginario.

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