El gran adiós, de Sam Wasson (Es pop) Traducción de Óscar Palmer | por Óscar Brox

Sam Wasson | El gran adiós

El cine norteamericano siempre ha vivido entre el éxtasis y la nada; entre periodos de una maravillosa efervescencia creativa y épocas en las que la masiva afluencia de dinero ha taponado una galopante falta de ideas originales. Precisamente por eso, porque la parte del negocio en Hollywood acaba por merendarse a la de la creación artística, existe una tendencia cada vez más acusada a romantizar todos aquellos intentos por construir otro Hollywood; basta con pensar en la quiebra de la Zoetrope de Coppola con Corazonada, el final de la United Artist con La puerta del cielo, de Michael Cimino, o cada vez que el director o el productor de raza han acabado triturados por los engranajes del mercado del cine. Para Sam Wasson, que ya se acercó a la figura colosal de Bob Fosse en un ensayo biográfico, Chinatown representó uno de esos raros momentos de efervescencia creativa. La convergencia entre un productor, un cineasta, un guionista y un actor que, de alguna manera, estaban llamados a protagonizar un cambio en Hollywood. Otra forma de hacer películas, de contar historias y de buscar al público.

Si Chinatown existe es, en primera instancia, por la obsesión de Robert Towne por capturar la historia de un lugar. Del paisaje que formó parte de su vida y cómo este fue transformándose, a medida que metían mano en él los intereses políticos y especuladores. Precisamente fue el guion de esta película el que encumbró a Towne en Hollywood, de ahí el interés de Wasson en desmenuzar cada cambio, alteración y reescritura que llevaron a un guion Bigger than life a convertirse en una película. Porque el autor lleva a cabo un retrato de Towne bastante amargo, marcado por sus obsesiones y desencuentros con Polanski, las adicciones y la violencia que acabarían con su matrimonio y las ayudas y colaboraciones no acreditadas que ayudaron a cuajar el toque Towne; algo parecido a lo que fue el guion de Paul Schrader para Taxi Driver, otra película que bien podría ilustrar una página más de la efervescencia creativa del cine norteamericano.

Wasson estructura su ensayo a partir de los 4 actores principales del filme: a Polanski lo conocemos en la cresta de la ola, recién estrenada La semilla del diablo, con su matrimonio con Sharon Tate y la noticia de su inminente paternidad. El resto es historia y el biógrafo no abunda demasiado en los detalles; si acaso, para marcar cómo el asesinato de Tate también ejercerá una fuerza subterránea en el trabajo de Polanski, no solo en Macbeth sino en Chinatown. Si algo destaca Wasson en su retrato es el ojo del cineasta polaco; su capacidad para saber ordenar y narrar; hacer cine. Y, también, su carácter difícil y las broncas con Towne a cuento del tono nihilista que, en fondo y forma, acabará imprimiendo a la historia. Porque entre los varios adioses que pueblan el libro, uno de los más dramáticos es el de Towne a la idea original con la que se puso en marcha la película. Con la irrupción de Polanski, Chinatown pasa a ser una obra de paternidad múltiple.

Para cualquiera que haya visto el documental The Kid stays in the Picture el auge y la caída de Robert Evans no le resultará un asunto extraño. Wasson lo describe como un productor inteligente y un tipo que sabe cómo llevar adelante los proyectos (en una época de guerras intestinas en Paramount), mediando entre Polanski y Towne, pero también entre Faye Dunaway y el resto del mundo. A Evans le abandonará la suerte poco a poco, cuando pierda a Ali McGraw, su compañera, y cuando empiece a excederse con el consumo de drogas; cuando pierda la guerra en Paramount y cuando sus proyectos no proporcionen los beneficios esperados. El Coppola de la época de El padrino lo celebrará. El de Evans fue el único nombre que no pronunció en su discurso de agradecimiento.

A Jack Nicholson también le perseguirán traumas y adicciones, el más grande, el de la identidad de su madre. Sin embargo, Wasson describe al irlandés como un trabajador ejemplar, otro tipo que sabe cómo moverse en un plató y en un estudio. Después de Alguien voló sobre el nido del cuco, su carrera quedará algo estancada (los 80, en cambio, serán más generosos), pero de todo el elenco es, sin duda, el más afortunado. Y, también, el que acabará obsesionado con el personaje del Detective Gittes hasta rodar la tardía secuela de Chinatown: The Two Jakes. Pero, para entonces, Hollywood ya será otra cosa. El sueño, definitivamente, se habrá acabado.

El gran adiós desmenuza, a veces incluso destripa, los entresijos de Chinatown con todo el lujo de detalles que suele caracterizar al ensayismo cinematográfico estadounidense, empezando por el gran número de fuentes del que disponen. En todo momento, Wasson deja claro que la película no habría existido sin otros muchos protagonistas en la sombra, desde Dick y Anthea Sylbert, a Hawk Koch. Y, asimismo, que las grandes películas también se hacen sobre la marcha, sustituyendo a Stanley Cortez, demasiado viejo para entender la iluminación del Hollywood actual, por John A. Alonzo, o contratando in extremis a Jerry Goldsmith para ilustrar musicalmente ese estado mental que es Chinatown. De fondo, una trama enrevesada en la que el neo-noir le echa un pulso al fresco histórico de California, mientras Polanski, Towne, Evans y Nicholson soñaban con reescribir la Historia del antiguo Hollywood.

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