El compromiso del creador. Ética de la estética, de Félix Ovejero (Galaxia Gutenberg) | por Óscar Brox.

Félix Ovejero | El compromiso del creador. Ética de la estética

En sus indispensables Ensayos, Michel de Montaigne decía de la curiosidad que era una virtud que con el tiempo el hombre había convertido en castigo. Nada raro habida cuenta de la facilidad con la que abonamos determinadas discusiones con lugares comunes, ideas de segunda mano y miradas por encima del hombro. Como si el ejercicio de la crítica o del comentario cultural no pudiese, por sí mismo, alumbrar otro recorrido, más exigente y menos condescendiente. En ese punto arranca Félix Ovejero su último libro, El compromiso del creador, editado por Galaxia Gutenberg. Con el lamento de un Ernst Gombrich que echa en falta la claridad evaluadora de la ciencia (y todo el corpus metodológico a su alrededor) a la hora de justipreciar los productos artísticos.

Ovejero presenta un paisaje dominado por la vacuidad con la que se despachan palabras como compromiso, creación o trabajo, todas ellas relacionadas con alguna fase de la producción artística. Ante la suficiencia de una etiqueta como el posmodernismo, uno de los caballos de batalla del autor, es necesario replantear los criterios a la hora de acercarnos al Arte y evaluar sus resultados. Para ello, Ovejero apuesta por hundir el bisturí en el problema y operar sobre cada uno de sus elementos. Así, pasa revista por la obra de arte en la actualidad, pone en escena a críticos y curadores, casas de subastas y museos, siempre en guardia por si, por una de aquellas, da con un rastro que le ayude a tasar y valorar el objeto expuesto. Frente a cierto relativismo blando, ropa de temporada con la que vestir la creación artística, Ovejero se pregunta por la necesidad de unos rasgos comunes; más que un canon, un código de buenas prácticas.

Pierre Bergounioux definía en un pequeño opúsculo En busca del tiempo perdido como un ejemplo de coraje, no de inteligencia. Ovejero hace suya esa distinción para trasladarnos al cogollo del asunto: la implicación de la ética en la estética, la forma en la que los materiales de aquella trabajan para desarrollar los resultados de esta. La lista de enemigos que pasan por sus páginas es inmensa; baste con hacer notar el comentario afilado, y certero, hacia la miseria moral de Sartre. Frente a esa inteligencia, autoproclamada casi como oracular por sus seguidores, Ovejero opone el coraje de Albert Camus, el escritor íntegro pese a su tiempo y sus circunstancias. Lo que importa, a ojos de la virtud, es el trato con el que trabajas las ideas. Y, en especial, pensar si ese trato puede cuajar en un horizonte normativo que pueda servirnos para valorar sus obras.

Resulta difícil, por la cantidad de obstáculos que presentan, apelar a conceptos como lo útil o a las relaciones intersubjetivas (que un grupo, colectivo o comunidad emita una serie de buenos juicios sobre tal o cual obra) para resolver los dilemas del arte. Sin embargo, parece que los moralismos, pese a la palabra, nos pueden servir para adelantar intenciones y conocer los entresijos de todo proceso creativo. Hay, por así decirlo, una buena praxis detrás, a prueba de engañifas y estafas elevadas al rango de arte por una voz autorizada. Por eso, Ovejero se dedica incansablemente a elaborar un mapa teórico que refuerce, con argumentos, esa primera impresión. Así, a partir de la epistemología, desmenuza las diferentes versiones que se han establecido sobre el concepto de creencia (el fundamentismo o el coherentismo, entre otras) para rastrear en ellas esa raicilla moral que puede consolidar una evaluación sobre el Arte. En definitiva, más Aristóteles y menos posmodernidad. No en vano, Ovejero busca entre el campo de la ciencia o de la teoría de la justicia (en John Rawls, por ejemplo), motivos para construir esa fundamentación. Eso sí, sin descuidar que, como en el arte, en la moral y en la ciencia no todo el monte es orégano.

Más que una conclusión rotunda, cosa muy poco filosófica, El compromiso del creador busca poner en la picota una serie de conceptos que, pese a su manifiesta incapacidad, todavía manejamos como herramientas fiables. Puestos a fiar, mejor hacerlo con las propias impresiones, que tendrán el beneficio de la duda, el titubeo y la honestidad de mirar un trabajo sin un sesgo predeterminado. De ahí, pues, que sea tan importante para Ovejero, y lo trabaje con tanto ahínco, un recorrido en el que la moral y la virtud se entremezclan para enseñarnos que en el buen trato (en su integridad, coherencia y responsabilidad) late una regla para describir el valor. En definitiva, de qué hablamos cuando utilizamos la palabra arte, ya sea que la asociemos a un ready made de Marcel Duchamp o al fresco de una Capilla. Esa actividad que, en numerosas ocasiones, demanda a sus críticos una demostración de actitud más que de aptitud. Como una mirada, curiosa y también cultivada, a salvo de cualquier intento de instrumentalización.

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