La trampa, de Emmanuel Bove (Pasos perdidos) Traducción de Salvador Pernas Riaño | por Óscar Brox

Emmanuel Bove | La trampa

La Francia ocupada vivió, desde su inicio hasta su apogeo, en un precario equilibrio. El mismo que sustentaba al gobierno títere del Mariscal Pétain y que auspiciaba la conversión de más de un oportunista al bando de los vencedores. A toda máquina, el Frente Nacional echaba mano de la inútil burocracia para dirigir, con pulso titubeante, un país lentamente devorado por la sombra nazi. El terror estaba por llegar, pero ya se dejaba sentir sobre una población ahogada entre la miseria y la ciega convicción en un régimen impotente. En aquellos años, Emmanuel Bove -Bobovnikoff de nacimiento- buscaba su salvoconducto para marchar a Inglaterra, donde se encontraban los aliados de De Gaulle. Sin embargo, el plan de huida le llevó hasta Argelia; exiliado, rechazado y, finalmente, enfermo. El lugar en el que permaneció hasta el final de la Guerra, donde escribió, entre otras novelas, La trampa.

Joseph Bridet, el protagonista del relato, tiene en común con su autor la urgente necesidad de hallar la manera de llegar hasta Inglaterra; más que por gaullista, como dice ser, para huir de un ambiente que poco a poco asfixia con más fuerza a la población; en el que la ilusión de la reconstrucción es un espejismo alimentado por la propaganda y el miedo. Porque Bridet, al fin y al cabo, no es menos cobarde que aquellas viejas amistades que se han pasado al bando de Pétain y presumen de despacho en el ministerio. Y como tantos otros, lo único que sabe hacer es oponer una resistencia tan ciega y fallida como el gobierno contra el que pelea. A merced de la presencia cada vez menos ominosa de una Alemania que coloniza el país con sus encantamientos. Un nazismo que traslada a Francia las formas deshumanizadas de un relato de Kafka, en el que sus protagonistas pierden el aliento ante una burocracia petrificada que se alimenta de su energía.

La trampa es, prácticamente, un relato de terror. De un miedo que no consiste, principalmente, en la muerte, sino en la pérdida definitiva de la libertad. A través de Bridet, Bove encadena una serie de episodios en los que toma cuerpo la amenaza de quedar a merced de la ley. Un permiso sin firma, un paso no autorizado a la franja ocupada, una infracción leve… se trata siempre de situaciones que conducen a su protagonista a pedir auxilio a toda instancia burocrática, es decir, a perderse en el laberinto de intendentes, ministros y policías que, a la postre, exprimen cualquier potencial revolución individual. Bove describe esa cárcel sin barrotes con una mezcla de ironía y pavor, conocedor de que, durante esa primera fase, su criatura todavía no ha renunciado a la libertad que le es propia; tan solo, se ha resignado a aceptar que no será tan sencillo que le sea devuelta. Lo importante, piensa el autor, es que confía en no perderla. Y esa es, tal vez, la reflexión más demoledora que podía describir el giro de los acontecimientos que imprimió la Francia ocupada.

En el fondo, Bridet nunca deja ser perseguido; unas veces por su propio miedo y otras por los mecanismos del Estado. Pese a la confianza ciega de su mujer, que cree en todo lo que le aseguran los hombres de Pétain y los alemanes, el hombre se hunde, cada vez más rápido, en el profundo cenagal que solo tiene una salida: los campos de concentración. En ese momento poco importa si se es bolchevique, revolucionario, judío, gitano o gaullista, pues lo fundamental, la libertad individual, ha sido usurpada con la violencia de un edicto, una detención ilegal o, peor aún, la promesa de subsanar alguna clase de error burocrático. Ya ni siquiera el exilio interior puede evitar el cataclismo: el paso del campo concentracionario al campo de la muerte. Bove lo sabe, no ha dejado de evocar durante la novela la presión que se cernía sobre su personaje, y encara esas páginas con la angustia del desenlace fatal. Inevitable. Ineluctable.

Perdido el lenguaje, sacrificada la comunicación, arruinada la huida, ¿qué queda? En los últimos pasajes del libro, Bove se enfrenta a la ficción con todo el terror que sus ojos divisan desde el exilio. Sin poder hacer nada por su criatura, que acepta el destino tras la broma infinita que le condujo por los laberintos de la burocracia de Vichy. Podría decirse, no sin cierta ironía, que La trampa es la historia de un héroe de su tiempo, el turbio retrato del Mal y de la destrucción de la moralidad. Pero, en realidad, la novela de Bove es un cuento de terror, aprisionado bajo los devastados cimientos de la Francia ocupada, que explora sin concesiones ese paisaje en ruinas. Un lugar en el que sus protagonistas caminan perdidos, en busca de una libertad que les ha sido robada, hasta dar con la única puerta de salida en mitad del desconcierto: el campo de concentración. La muerte. El final. El terror.

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