Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout (Editorial Duomo) Traducción de Flora Casas | por Óscar Brox

Elizabeth Strout | Me llamo Lucy Barton

Probablemente, la decepción sea la única clase de dolor que toleramos de entre todos los que podamos sufrir durante la vida. Quizá porque, a diferencia de otros, nos tira más (y mejor) de la lengua, invitándonos a examinar cada una de las experiencias acumuladas etapa tras etapa. A llevar a cabo un análisis minucioso de esa transición que abarca lo que fuimos, lo que somos y lo que pudimos ser. Tantas cosas, tantos caminos alternativos, que se cruzan violentamente en nuestros respectivos presentes para recordarnos las decisiones tomadas y desechadas. Me llamo Lucy Barton es, entre otras cosas, una novela sobre ese vínculo íntimo, acaso indestructible, entre una madre y una hija; el hilo de confidencias, de notas al margen que contrapuntean cada episodio vivido. Es, también, una novela sobre el pasado, sobre una familia y sobre la forma en que, en un momento determinado de nuestra existencia, decidimos construirnos. Las cosas que mantenemos, como esos recuerdos imborrables que nos acompañan para siempre, y las cosas que aparcamos en un rincón pensando que tarde o temprano desaparecerán. Y es, definitivamente, una novela sobre la decepción, la ternura, el amor y la soledad; sobre las emociones morales que tiñen cada retrato de familia que componemos, sobre las explicaciones que nos proporcionamos cuando tratamos de entender, tanto tiempo después, aquello que nos sucedía. Y sobre ese amor incondicional que, casi como la respiración, pervive pegado en lo más profundo de nuestro interior. Como un vínculo sagrado e inalterable, pase lo que pase.

La convalecencia hospitalaria de Lucy Barton propicia, tras unos años de distancia, el reencuentro con su madre; con esas raíces familiares que la vida urbana purga de diferentes maneras. Con un pasado marcado por la pobreza, cuando no la marginalidad, que separaba con una línea imaginaria la vida de Lucy y sus hermanos de la de los otros niños de su edad. Tal vez, injustamente. Pero, también, inevitablemente. Se puede decir que a Elizabeth Strout no le importa tanto la memoria de aquel tiempo, los recuerdos reprimidos o disfrazados, sino el proceso por el cual su personaje los retoma. Ese diálogo ininterrumpido entre madre e hija, que a todas luces parece estrechar la distancia emocional entre ambas. Las palabras que una y otra intercambian, con las que dan forma a sus respectivos recuerdos, sin importar lo ordinarios que estos sean, como si se tratase de una íntima orden de sacar a la superficie la vida compartida. La raíz. El origen. La intimidad inextinguible entre ambas. Esa comprensión, diríamos, instintiva con la que localizar fácilmente, sin tantos rodeos, el dolor invisible que nos oprime desde dentro. Que, a pesar de las apariencias, indica que algo va mal. O que, simplemente, las cosas no funcionan del todo bien.

Y es que, mientras Lucy araña la superficie de sus recuerdos, los años de penurias que curtieron su temperamento, se entremezclan la frustración de un presente que no ha sido tan bueno como esperaba y de unas figuras familiares cuyo lenguaje ha aprendido a olvidar. De alguna manera, Strout refleja en cada encuentro con la madre las dificultades de la madurez, la inseguridad que atenaza, que continuamente acecha, todo aquello que anhelamos transformar en realidad. Y, sobre todo, la sensación de soledad que, en forma de campana de cristal, acompaña a cada uno de esos episodios, como si fuesen indicios de un sentimiento total de abandono. Con los seres queridos, hijas, maridos, amantes, amigos, evaporados del escenario. Abandonados a nuestra suerte. Con el miedo, la decepción y algo parecido a la (ansiada) felicidad como inesperada brújula vital. Una brújula mediante la cual localizar ese punto de apoyo con el que poner en orden la vida. O las cosas de la vida. O ese mapa íntimo surcado de puntos, cada uno de ellos una memoria compartida, con el cual trazamos la imagen de nuestro interior. Del interior de Lucy. De los años en el garaje familiar, del hermano dormido entre los cerdos, el padre secretamente traumatizado por la guerra y un asesinato no confesado, o el marido que nunca sabe hasta qué punto escucha realmente la música de su corazón.

Una novela como Me llamo Lucy Barton, en la que todo el peso se reparte entre lo que se dice, a veces con ternura y a veces a bocajarro, y en lo que no se sabe cómo decir, supone un triunfo en la noble conquista de todos aquellos sentimientos que tan cuesta arriba se nos hace explicar cuando alguien nos pregunta cómo nos encontramos. Que, tal vez, se nos notan en la voz, en la mirada o en cualquier otro rasgo ordinario, pero que nadie sabe cómo vivir en carnes propias. De ahí que el esfuerzo, la sutileza con la que Elizabeth Strout conduce esta historia, motiven la idea de que esta novela refleja ese lento proceso de reconocimiento mutuo, la creación de un hilo común, mediante el cual los monólogos de madre e hija encuentren un punto de apoyo. Un mismo asidero. Una raíz. Una razón. Una vida que, tenazmente, remonta las aguas del tiempo para volver a imponerse, tal vez como antídoto para entender esa decepción que marca nuestro presente. Ese dolor secreto, casi inconfesable, que camina junto a nosotros. Que forma parte del legado familiar, que corre parejo a la sangre de nuestras venas, como un elemento más de nuestra identidad. Como el amor incondicional que, pese a todo, resiste a cada nueva embestida del olvido.

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