Celia madrecita, de Elena Fortún (Renacimiento) | por Alicia Guerrero Yeste

Elena Fortún | Celia madrecita

Era algo que se nos decía, y más siempre como un recordatorio de responsabilidad que como un halago: «que ya vas a ser una mujer». Venía en particular de las abuelas y de mujeres de edad, y era más probable escucharlo como un halago si el sujeto de la conversación era otra niña u otra chica, de nuestra misma edad o similar. «Ya está hecha una mujer», se decía de ella. Y en ese cumplido pesaba implícita la orden de admirar a aquellas chicas puestas como ejemplo porque, con su cuerpo ya recio, eran más hacendosas y ya sabían fregar y guisar y habían dejado de perder el tiempo en jugar o leer,  y estaban preparadas para encontrar un novio, casarse, ser madres y cuidar de una casa.

Un modelo y unas aspiraciones que algunas rechazaban porque, tal vez «tardías» (tomando la palabra de Rosa Chacel en Barrio de Maravillas), no tenían prisas por hacerse grandes. Otras, quizá, por extrañeza o resistencia: porque sentían que hacerse una mujer, fuese lo que fuese, tenía que ser algo muy distinto a aquello y también quizá muy distinto a lo que muchas chicas y niñas de las mismas edades, en sus modos de apresurarse a ser una mujer, pensaban que era.

Para estas últimas, ‘los novios’, ‘el marido’, ‘casarse’, la ilusión de una vida doméstica pulcra e idílica… sonaban a bobísimas cursiladas cuando eran dichas por las de la misma edad; y a una obligación opresiva de la que no había ni escapatoria ni de la que tampoco se debía permitir que ninguna escapase cuando eran dichas por las otras (las mujeres de la familia: madres, abuelas, tías, aquellas vecinas injertadas en la rutina cotidiana…). Había para ellas un combate cotidiano que no era sencillo. Que el transcurso de la propia vida deparaba repleto de paradojas. Tal vez porque ser, encontrarse, sólo podía albergarse en una ruta llena de dudas, torpezas, errores, silencios heridos o dolorosos, decepciones que debía evitarse que devinieran frustraciones…

Esto es lo que se reconoce plasmado por Fortún con una sensible sinceridad y realismo en este relato donde las circunstancias de lo externo desatan la toma de conciencia del trauma interno, de la trascendencia del proceso de crecer, de abandonar violentamente la ingenuidad que hacía creer que nada nos cambiaría en el camino de la infancia a la adultez. Esas circunstancias externas están aquí al borde del estallido de un episodio histórico que supone el final de un mundo y la fallida revolución hacia otro por construir, y que en la vida de Celia se ven preludiadas por el ocaso de una vida familiar feliz y unida consecuencia del prematuro fallecimiento de aquella madre imperfecta pero que solía aparecer como imagen de una figura de mujer moderna y liberal, unido a la ruina económica causada por la mala gestión paterna de los negocios.

Si en los libros de la Celia niña encontrábamos aquella deliciosa y pura anarquía infantil (una psique peterpanesca) aquí Fortún comienza desde el aviso de la amargura, de un fracaso impuesto que torna absolutamente gris, e incluso como un mentiroso o arriesgado espejismo, aquella felicidad, aquella creencia en la fantasía. La vida lleva a Celia a la obligación de aferrarse a la realidad, en un desprendimiento de sí misma que le exige una generosidad superior a la que, con apenas catorce años, es justo que entregue. Fortún acata aquí con incuestionable honestidad la complejidad de afrontar los dilemas que aquel feminismo encarnado en la madre de Celia plantea respecto a la aparente regresión que supone que Celia (la hija mayor) asuma el rol de ama de casa y se convierta en pilar moral para sus hermanas pequeñas y su padre viudo y acate la responsabilidad del cuidado del hogar mientras trata de realizarse como persona, como mujer, en consonancia a su edad.

En su madurez y responsabilidad, que la llevan a tratar de hallar un equilibrio entre aquella modernidad de las mujeres que leían y querían construir sus propias ideas y el respeto a aquellos conocimientos y valores pragmáticos de las mujeres educadas en una tradición atávica, en el fondo Celia está emparentada con esa lucidez salvaje que sentimos en algunos de los personajes de Matute o la Andrea de Nada de Laforet. Habla por eso con una fuerza ejemplar, que sirve de referente, para muchas de las mujeres que aún hoy sienten como parte integrante de su propio ser y vivir ese dilema: cómo conciliar la entrega, el amor, con la construcción en libertad de una identidad reconocida como íntegramente propia. Fortún elude el facilismo o las literalidades acerca de cómo plantear esa construcción, que nos hace entender como base esencial de un feminismo que no sirve únicamente al bienestar y realización de  la mujer como individuo o a las mujeres como colectivo, sino también a los individuos inmediatos que la rodean y, por extensión, a la sociedad en general.

Fortún reivindica el poder benefactor de ciertas cualidades femeninas aun sin eludir sugerir que posiblemente deriven de estructuras patriarcales, ni tampoco evitar criticar crudamente determinadas actitudes de mujeres que degeneraban esa virtud de lo femenino como eje para convertirla en un poder cruel, envidioso y vulgar, que aferraba a lo antiguo inútil y pernicioso, o persistían en aferrarse a un papel frívolo y pueril de la mujer (tanto para la familia como para la sociedad). Y en el modo de afrontar esta ambivalencia, crítica pero sin antagonismos necesariamente agresivos hacia las figuras masculinas, radica el mérito de Fortún como autora y valiente pensadora feminista. Es crucial por ello, abierta a interpretaciones, la fugaz (y como plasmada desde el instinto) referencia a las tres mujeres rurales, vestidas de negro, que Celia ve desde el tren, y que se perciben como una metáfora del poder arcaico y telúrico de lo femenino.

A lo largo de los diferentes episodios que componen este libro, Fortún erige a Celia como una mujercita dotada de inteligencia y de elegancia moral (la alusión a su belleza no es un burdo recurso de narcisismo folletinesco sino un recurso a través del que enfatizar un más profundo atractivo interior). También sin embargo de una inevitable inmadurez que la lleva a enfrentarse torpemente a la superficialidad de otras mujeres y niñas de su edad, a los chismorreos de vecinas, y que le sirven para aprender a situarse en el camino de la fortaleza y no el del teatral victimismo.

Celia madrecita es por ello tanto un libro que puede sentirse hoy tanto de reflexión sobre la experiencia como de consejo para la realización. Cómo ser, cómo aprender a realizarse con firme rebeldía pero también con una generosidad comprensiva.   El valor que tiene esta edición, que recupera el texto original de 1939, radica en enorme medida también en el extraordinario prólogo que ha elaborado su responsable, Nuria Capdevila-Argüelles, y que contextualiza brillantemente la figura y obra de Elena Fortún, exponiendo su vigencia y la necesidad de enfatizar la investigación y reivindicación de su figura. Capdevila-Argüelles hila a través del análisis de este libro de Fortún y su figura una apasionante reflexión acerca del arquetipo de la ‘chica rara’ que aparece dentro de la literatura española femenina de posguerra, y la importante dimensión simbólica de la madre ausente o muerta, frecuente en ella.

Siempre estos modelos, personajes como Celia, jóvenes que caían en la vida abrupta y quizá injustamente, nos han brindado enseñanzas verdaderas, ilusión y esperanza.

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