Canción, de Eduardo Halfon (Libros del Asteroide) | por Juan Jiménez García

Eduardo Halfon | Canción

En el recorrido entre ficción y realidad, le llegó el turno a Eduardo Halfon de hablar del otro Eduardo Halfon: su abuelo libanés que, en realidad, no era libanés, porque el Libano no existía y era sirio, porque esa fue la penúltima de las mutantes personalidades del estado libanés. Para un hombre que salió de allí siendo un niño (salir, escapar) y pasó por Francia, Estados Unidos y otros lugares, hasta acabar en Guatemala, los países (y qué decir de las nacionalidades) son una cosa demasiado efímera, demasiado complicada de reconstruir en la cabeza y, con total seguridad, algo innecesario. Pero ese pasado libanés anticipado, le servirá muchos años después a su nieto para poder viajar hasta Tokio, disfrazado de árabe, y empezar así a tirar de los hilos, reales o esperados por lo demás, de la historia de ese abuelo que fue secuestrado por los guerrilleros del FAR, Fuerzas Armadas Rebeldes, uno de los tantos que poblaban los agotados países latinoamericanos acercándose a los años setenta. Y entre sus guerrilleros y sus secuestradores, había uno llamado Canción, que algún momento fue y en algún momento volvió a ser carnicero.

En la obra de Eduardo Halfon, la historia familiar está para ser reconstruida, reinventada y vuelta a inventar, y cada libro no es solo un fragmento más, una pieza más, sino una pieza que niega o afirma lo anterior, porque también la memoria y los recuerdos deben reacomodarse, ser revisados y afirmados o falseados de nuevo. Cada nueva falsificación nos devuelve una obra más real que el original y esto de algún modo gustaría a William Gaddis, que, cierto, no acostumbraba a escribir libros tan breves. Pero la brevedad de las novelas de Halfon, nos remite precisamente a esa idea de pieza, de pequeño mecanismo en una máquina que ha hecho mover el mundo. En este caso, el mundo personal del escritor. Tal vez mi memoria me falle (aunque no te puede fallar algo que nunca tuviste), lo íntimo se entrelaza con la historia guatemalteca de aquellos años, y el secuestro del abuelo le sirve ya no solo para recuperar su relación con él, sino para hablar de un tiempo convulso en el que hasta el horror encierra algo de poesía o, para ser más precisos, la poesía, la escritura, encierra al horror. Y para ello solo tenemos que pensar en aquella joven guerrillera, Rogelia Cruz, que fue Miss Guatemala y aspiró a Miss Universo, y como murió de la forma más atroz a manos de grupos paramilitares (ecos, resonancias) manejados por el gobierno.

A Eduardo Halfon, nieto, su abuelo, rico empresario, le dejó, papel de carta con su nombre (había que aprovechar la coincidencia), un tampón con su nombre, y un futuro viaje a Japón, con equívocos y falsas esperanzas. Y el abuelo libanés, que era sirio, tuvo su libro, como lo tuvo aquel otro abuelo, polaco. El escritor entrelaza hilos para tejer el relato, y ahí se cruzan países y hasta una misteriosa taberna, que servirá de encuentro para personajes en los límites del mundo y para otra guerrillera, con los años pasados y los misterios aún presentes y, necesariamente, inenarrables. Y con todo, nos queda otra pieza breve para familia e invitados. Eso que tanto apreciamos en el escritor. La reconstrucción de los sentidos y del sentido de las cosas. Otra vuelta de tuerca o seguir dándole cuerda al reloj que mueve el mundo.

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