Círculo de lectores, de Eduardo Berti (Páginas de espuma) | por Óscar Brox

Eduardo Berti | Círculo de lectores

El libro. Ahí empieza y acaba todo. Leer, escribir, reescribir, escarbar entre (o excavar en) las páginas, parodiar o inventar. El argentino Berti pertenece a esa generación de escritores potentes, capaces de todo si disponen de la página en blanco y de tiempo para exprimir la imaginación. O de acceso a otras obras, de gracia para bromear con el legado de grandes escritores o de vandalizarlo con el simple hecho de reordenar letras, frases, párrafos o ideas, homenajeando de paso (o recordando o, en fin, evocando con no poca nostalgia) al acto de escribir. De imaginar. De hacer como si no existiese límite para las palabras. Tan solo, claro, el de la imaginación. O, casi mejor dicho, el del talento para saber cómo entretener el tedio, la escasez de ideas, con la dosis necesaria de inventiva.

Con las obras de Eduardo Berti nunca sé por dónde empezar, por eso se me ha ocurrido arrancar el primer párrafo del texto con un lipograma. Aquí he sido cuco, he elegido la u (en vez de la a o la e, como Perec y sus traductores) como letra que no debía aparecer bajo ningún concepto. Esa era la traba, o contrainte, con la que durante años el OuLiPo ha alimentado su producción literaria. Una traba o limitación que, sin embargo, no ha dejado de proporcionar una felicidad lectora. En este Círculo de lectores de Eduardo Berti, el autor de Un padre extranjero convoca al ABC de la literatura mundial con, diría, un único fin: divertir(se). Bueno, quizá también con la obligación de destensar lo literario de esa aparente rigidez, de ese aburrimiento mortal, con el que cierta novela contemporánea se ha tomado el oficio de escribir. De ahí, precisamente, que en sus páginas abunden los juegos, las subversiones y las transgresiones literarias, dictadas tanto a partir de textos más o menos conocidos como de cualquier otra cosa.

Primero viene Cortázar, eso sí, reconvertido en manual de instrucciones para leer un libro. Luego un consuelo fugaz, esa pequeña carta en la que el narrador se permite dejar constancia de sus talentos para narrar. Luego un círculo de lectores en el que Berti exprime su ingenio en formato corto, parodiando o evocando con no poca gracia y comicidad algunas de las figuras de la literatura. Ahí están Perec y su Bartlebooth, un tal Shakespeare, Proust y una descacharrante lectura de Theodor Fontane que no sé cómo funciona mejor, si como parodia del realismo poético o como chiste de su endiablada traducción. Y más, muchos más: Chéjov, Calvino, Borges, … Y el talento de Berti para remedar el estilo de cada uno, sus lugares comunes y sus rasgos definitorios a la hora de escribir. Aquí una descripción rocosa, allí una frasecita tan ligera que el cuento resulta de lo más transparente. Allá un truco, acá una gracieta para sacarle los colores a la literatura. Para desempolvar, esa podría ser la palabra, el inmenso caudal de estilos, técnicas, juegos y modos de decir que habitan en los libros.

Lo que Berti construye es algo así como una biblioteca breve. Lector, ahora te conduciré por donde quiera. ¿Se puede escribir exactamente un mismo texto, con las mismas palabras, de cien maneras diferentes? Claro, por qué no. ¿Se puede jugar con cada registro estilístico? Sin duda. Aquí escribimos a partir de una fórmula matemática, allí sustrayendo una palabra, una letra o toda la puntuación. De lo que se trata es de ampliar los límites, de vulnerar esa cosa tan razonable (y, por tanto, tan irracional cuando se es escritor) como los lugares comunes y las zonas de confort de un escritor. Así, uno tiene la sensación de que Berti es como un mago que apenas ha insinuado una pequeña porción de su repertorio; basta con apretar un poco para que sorprenda con algo más. ¿Un lipograma? Pues ahora un pangrama. Ahora haremos un remake de la Continuidad de los parques de Cortázar. Después hablaremos del Autor, con A mayúscula, y de la obsesión de cierta novela contemporánea por cepillárselo. Y si queda tiempo, tal vez revolvamos un poco la Historia de los libros para generar nuevas historias, nuevos relatos, nuevas formas de decir, de nombrar o de narrar. De narrar lo nuevo, de narrar la Historia de la literatura. Espero que esto último no suene a tautología.

Con Círculo de lectores uno vuelve a creer en la felicidad lectora, en la anarquía de la escritura o en la capacidad de, con limitaciones o sin ellas, llevar las palabras unos cuantos pasos más allá; tantos como permita el ingenio, la inventiva o la imaginación. Eduardo Berti se coloca el vestuario de no pocos autores conocidos, pero de ello no debe deducirse el homenaje sencillo el guiño en una convención de tuertos. Más bien, como el Queneau de los Ejercicios de estilo, la posibilidad de hacer de cada texto el ejemplo de las potencialidades de la escritura. De cada idea, algo que se puede construir, destruir, parodiar o formular con palabras. En resumen, algo parecido a la felicidad.

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