La vida crápula de Maurice Sachs, de Enrique López Viejo (Melusina) | por Juan Jiménez García

Enrique López Viejo | La vida crápula de Maurice Sachs

Mi encuentro con Maurice Sachs fue a través de su obra mayor, El Sabbat (bueno, en realidad su obra mayor fue su vida, con su afinado sentido de la destrucción), y también de La cacería, suerte de complemento, de vuelta atrás en el tiempo. Con seguridad es más fácil encontrarlo en una novela de Patrick Modiano, como un personaje más, pero, en todo caso, no deja de ser una de esas fascinantes figuras que atravesaron el mundo de guerra a guerra, de abismo a abismo, personales o colectivos. A menudo incluido en la lista de nombres despreciables por colaboracionistas (hablamos de  Louis Ferdinand Céline, de Pierre Drieu De La Rochelle o Robert Brasillach), lo suyo es más una confusión, porque Sachs solo colaboró consigo mismo y su única política fue vivir a costa de todo y de todos, con una notable falta de cualquier tipo de moralidad o ideología. Como además tuvo la delicadeza de morir antes del final de la guerra (es más, justo en el final) y de una manera lo suficientemente despreciable (a manos de los propios alemanes), lo único que quedó fue algún que otro momento de gloria, con la publicación de aquellos libros que la época y sus editores le negaron, y el olvido.

Lo cual no evita que estemos ante uno de los escritores, mejor, de los personajes, más fascinantes de su tiempo. Un tremendo hijo de puta, todo sea dicho. Judío, de padres casi desconocidos para él (vivirá con su abuela), conoce a Jean Cocteau y a los Maritain y decide convertirse (por influencia de estos últimos, adalides de la causa) al catolicismo y, ya que está, hacerse seminarista. Esto no deja de ser un espejismo, un capricho pasajero, como tantas cosas. Excepto sablear a los amigos y robarles de mil maneras posibles. No tardarán todos en huir de él (en especial su maestro, Jean Cocteau, que asiste estupefacto a las andanzas de Sachs, que incluyen robarle manuscritos, libros, falsificar dedicatorias o escribir panfletos como Contra Cocteau, para horror suyo y de Jean Marais, que le prohíbe cualquier contacto… Porque nuestro Maurice tiene la habilidad de volver una y otra vez a aquellos a los que ha estafado o vilipendiado, lo cual incluye a Max Jacob, que le ayudó en todo lo que pudo, o André Gide, del que se hizo fugaz secretario. Por algún misterio, todo el mundo sabe de su falta de escrúpulos pero no dejan de darle una oportunidad tras otra. Como Gastón Gallimard o Coco Channel, que pone en sus manos la tarea de formarle una extraordinaria biblioteca para impresionar a Pierre Reverdy, del que está enamorada, con unos emolumentos más que importantes. Pero nada es suficiente para él. Se lo gasta todo copiosamente, le consigue un montón de libros falsificados con esmero, le roba todo lo que le puede robar y vende (una bonita costumbre que tiene) lo que no es suyo. Incluso varias veces.

La situación es tan insoportable en París, que se marcha a Estados Unidos. De marchante de cuadros. Ni que decir tiene que se dedica a vender lo que puede pero no pagar ni un céntimo a aquellos que le han confiado estos cuadros. La vida le va de mal en peor pero consigue un cierto éxito dando conferencias en la radio y por el país. Sigue pensando en escribir su gran obra, que, como le ha indicado a Jean Paulhan, irá sobre sí mismo. Imposible encontrar un personaje más fascinante. Conoce a una mujer, hija de un importante pastor presbiteriano, y ya que está se convierte y se casa (no lo he dicho aún, pero Sachs es homosexual y, por supuesto, de extraordinaria promiscuidad). Una especie de sueño pasajero, porque su suegro no tarda en descubrir quién es y convertir todo eso en papel mojado. Como ha pasado algún tiempo se coge a su amante, Henry, y marchan hacia París, donde seguirá haciendo aquello que mejor sabe: prometer un gran libro (y vendérselo a varios editores a la vez), robar a los amigos o a su propia abuela, y vivir desenfrenadamente, sin privarse de ningún lujo (lo cual no quiere decir que no viva en la miseria más absoluta buena parte de su tiempo). Trabaja para Gallimard, se retira al campo, adopta a un hijo, se aburre y lo abandona, vuelve a París, conoce al actor Pierre Fresnay (lo cual le lleva a escribir obras de teatro), conoce a Violette Leduc (que todavía no era escritora, pero sí lesbiana, aunque se enamora perdidamente de él y con el que mantendrá una relación de años), y sigue con infinidad de negocios que van desde la venta de joyas al desplume de todo aquello que puede ser desplumado, ser querido o no. Poco a poco, aquellos que no le han abandonado lo harán, y tras un último intento de vida campestre con Violette (ella escribirá un libro sobre ese periodo de su vida: La bastarda), desaparece por última vez.

Los alemanes, a todo esto, ya habían invadido París. Y él, que solo piensa en ganar dinero y en sus relaciones sexuales, colabora, pero como tantos otros (y no olvidemos su condición de judío). No se sabe cómo ni por qué (voluntariamente o no) aparece en Hamburgo, manejando una grúa en una brigada de trabajo voluntario. Aquí todo se empieza a desdibujar. Sus actividades se vuelven no más oscuras (eso ya sería difícil), pero sí más confusas. Se sabe que intenta volver de alguna manera y pide ayuda a Violette Leduc, que, cansada, no le hará caso. Y ese será su final, aunque este final sea igual de confuso. Tanto que algunos aún le daban por vivo (como si fuese una persona capaz de vivir discretamente). Lo cierto es que la teoría con más posibilidades de ser cierta es que, en la huída de los últimos días de la guerra, recibió un disparo en la cabeza de un oficial alemán, para acabar enterrado en alguna fosa común.

Y todo esto, que puede parecer mucho, solo es un resumen apresurado de su vida, del que me siento incapaz de extraer ninguna lección, por muy evidente que parezca. Ni tan siquiera una triste lección moral. Como tampoco la extrae Enrique López Viejo. Quizás cualquier aproximación a la vida de este hombre pase por la perplejidad. Por ese movimiento constante de caerse al vacío, de defraudar a todos, pero con esas oportunidades de volver a renacer que una y otra vez rechaza o se le escapan, porque hay algo más fuerte que todo eso en él. Una necesidad brutal, demencial, de vivir su vida a toda costa, sin detenerse en nada, ni tan siquiera en él mismo. Sus actos no son producto del azar, de una mala noche, de una borrachera, sino que son altos conscientes en sus profunda inconsciencia. Es tan extremadamente complicado aproximarse a su amoralidad que se buscó convertirle en un colaboracionista más, a fin de facilitarnos las cosas, como si Sachs fuese capaz de comprometerse con algo o alguien. Pero la muerte siempre llega y a veces hasta trae alguna solución a nuestras duda existenciales (o las de los demás). Alguna deuda logró pagar. Después de muerto. Y entonces consiguió lo que no logró conseguir vivo: el reconocimiento literario (porque también fue incapaz de escribir una obra a su altura hasta que se aproximó al final). Y hasta aquí.

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