Un hijo extranjero, de Eduardo Berti (Impedimenta) | por Óscar Brox

Eduardo Berti | Un hijo extranjero

Han pasado unos años, y varias novelas y libros, desde la publicación de Un padre extranjero. Releo lo que he escrito desde entonces a propósito de Eduardo Berti para confirmar una idea (o una tentativa): que toda su obra trata sobre la extranjería o, lo que es lo mismo, sobre la identidad. La búsqueda o, dado el carácter lúdico de la mayoría de sus ficciones, el juego. La escritura oulipiana al servicio del autorretrato. Con Berti me sucede como con otro Eduardo, Halfon, percibo en ambos la sensación de una obra que se enrosca alrededor de un mismo tema: la familia, el pasado, el lugar (o su ausencia), padres, hijos y las palabras como instrumentos para construir biografías. O, sería mejor decir, para mostrarnos biografías siempre en construcción, que vuelven una y otra vez sobre un mismo punto, pero siempre de una manera diferente. Lúdica.

Un hijo extranjero arranca de una manera más modesta que su anterior novela. Aquí ya no aparece el fantasma de Joseph Conrad ni tampoco la escritura de la novela paterna, El derrumbe. Berti, de entrada, no apuesta por ese juego de espejos entre ficciones. Y, sin embargo, uno podría llegar a pensar que se trata de una historia de detectives, en la que el legajo que su padre presentó para obtener la nacionalidad argentina dispara la búsqueda de un lugar desconocido (Galati, la patria perdida) en otro algo más conocido (Rumanía). En su brevedad, Berti construye el libro a partir de imágenes y detalles, de una narración entrecortada en la que la anécdota salpica cada punto de la investigación y la melancolía cada dato recabado del origen del padre. Aquí ya no hay otra voz, aunque sí el gusto con el que el autor conduce al lector por la información recogida (es difícil que un lector de este libro no salga disparado, al acabar la última hoja, a descubrir las obras de Mihail Sebastian o Panait Istrati). Cómo la trata, cómo le da forma, cómo la disfraza y juega con ella.

El acabado de guía con el que aparece maquetado el texto (a veces, se diría, hay más imágenes que palabras) resulta, en manos de Berti, otro recurso más para su potencia literaria. Cómo explicarlo: todas esas fotografías, los reclamos con los que colorea el texto, componen ese otro retrato paterno -el padre como un lugar, un territorio, una geografía o una cultura ignotas- que complementa el de su anterior novela. Un texto abierto a una nueva memoria que aporte un matiz diferente, una de las cosas con las que más disfruta Berti: el autorretrato al que siempre le falta la última pincelada. No en vano, lo justo es decir que cuando a uno le preguntan por su padre, el mejor recuerdo que se puede tener está incompleto, sujeto a un cambio tras otro, quizá a esa palabra que se ajuste mejor hoy pero tal vez no mañana. Lo cual, pienso, lo convierte en un fracaso (todo es aproximación, tentativa, intento), pero un fracaso bellísimo porque supone un gesto de amor infinito (por el padre, por la escritura y por la ficción, todo en uno); la promesa de no dejar de escribir, de buscar e indagar formas para representar a esa figura y su pasado huidizo.

Por mucho que su nacionalidad sea argentina, me parece que Eduardo Berti hace años que se convirtió en un escritor nómada, cuyo país es uno imaginario y el territorio está construido a base de juegos de palabras. Lo que en otras circunstancias podría insinuar un ensimismamiento creativo, Berti lo ha sabido rehuir gracias a su tremenda capacidad para la ficción y la gracia con la que usa, se apropia, trae, desdibuja y vuelve a dibujar aquellos elementos propios de toda una tradición literaria. Si Faster o Círculo de lectores, por citar dos trabajos recientes, eran sendas celebraciones (de la juventud como materia biográfica y de la lectura como combustible para la ficción), qué duda cabe de que Un hijo extranjero es, también, otro artefacto con el que celebrar las infinitas posibilidades del texto. Un texto expandido, abierto, que se enrosca y desenrosca sobre la memoria paterna para mostrar otro matiz más en el retrato que su autor lleva años componiendo. Una reflexión sobre la extranjería, sobre la identidad, la paternidad y la condición de hijo. Sobre el olvido y sobre cómo la escritura puede recomponer la maraña de datos, fechas, imágenes y lugares para dibujar ese retrato del padre. Y, también, del hijo. El gesto de amor filial que tiene en la combinación de realidad y artificio su más bella ilustración.

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