Un par de cómicos, de Don Carpenter (Sexto piso) Traducción de Rubén Martín Giráldez | por Óscar Brox

Don Carpenter | Un par de cómicos

Don Carpenter pasó como una exhalación por el mundo editorial español. En una de esas, cuando Duomo abrió línea con la NYRB, apareció Dura la lluvia que cae. Venía, por partes, con la recomendación de George Pelecanos y con la espinita de que en su momento la considerasen (como si eso fuese algo malo) gay lit. Y en realidad era novela sobre la condición humana con paisaje negro de fondo. Sobre la soledad, las vidas marcadas y, fundamentalmente, la amistad. Si Pelecanos hizo de prescriptor para esta novela, Jonathan Lethem le dio las últimas pinceladas a Los viernes en Enrico’s, obra inconclusa, reflexión sobre el oficio de escritor y sobre los tragos amargos y la frustración que conllevan. Y así hasta llegar a La promoción del 49, que más que novela parece una colección de relatos, memoir de formato breve en la que los personajes de Carpenter exprimen su juventud antes de que, por un motivo u otro, se les acabe resbalando entre los dedos.

Si Enrico’s supuso un punto final, Un par de cómicos podría situarse (casi) en el medio. En el meollo de ese microcosmos de Hollywood con el que Carpenter tuvo contacto. Así, no es de extrañar que por sus páginas pululen personajes familiares, desde una Jody McKeegan que tendrá su novela propia hasta aquel Enrico Banducci, y su establecimiento en San Francisco, que son en sí mismos una mitología propia. Y, sin embargo, uno empieza la novela con la sensación de que Carpenter da no pocas vueltas por el paisaje en busca de ese personaje, de esa voz, la de Dave Ogilvie, que le ayude a contar su historia. Aquí, como sucede en la mayoría de sus novelas, queda la impresión de que, en algún punto, sus personajes ya no se dejan leer tan fácilmente. Hay demasiado pathos, demasiados vínculos estrechos, muchos nombres ficticios con los que disfrazar otros auténticos. O, simplemente, momentos agridulces que recuerdan el apogeo o el final de una época (y la de Carpenter, definitivamente, acabó con el suicidio de su amigo Richard Brautigan).

En Un par de cómicos, Dave Ogilvie reconstruye su historia de amistad con Jim Larson mientras nos enseña las entretelas de Hollywood, de Las Vegas, cómo se hacen las películas o qué pasa con las estrellas del cine cuando las cámaras se apagan. Tras esa primera resistencia, como si autor y personaje buscasen el tono adecuado, la confianza, para desnudar sus pequeñas miserias, a Dave apenas le cuesta contar su historia. Dibujar ese panorama que abarca la Costa Oeste de Estados Unidos permanentemente bañado en alcohol, drogas y mujeres. Una vida llena de idas y vueltas. Sin embargo, Carpenter desdibuja cualquier acento moral sobre esos aspectos (digamos, prácticamente coyunturales de la época) para ir directo a lo que le interesa; a lo único que permanece estable durante todo el viaje: la amistad entre Jim y Dave. Es ahí donde la memoria del último nos conduce entre episodios y tiempos para reconstruir cada momento inolvidable, ya sea un solo de trompeta en plena adolescencia o ese primer instante en el que, frente a la audiencia, se convirtieron en Jim y Dave.

Los personajes de Carpenter siempre tienen una virtud: son inolvidables. Da lo mismo el peso que tengan en la página, el autor de Getting Off se las apaña para componerlos a partir de algo parecido a la autenticidad. O la verdad. Pasan rápido, como el Abuelo o Max Meador, pero dejan huella. Tienen aristas, como Karl o Sonny, y está bien que se contradigan. De hecho, Un par de cómicos no rehúye ciertos momentos espinosos, una mirada marcadamente masculina, que Carpenter sabe contrapuntear con la figura cada vez más determinada, más rotunda, de Sonny. Porque, y ahí va otro de esos asuntos propios de sus novelas, pocas veces dejamos de observar la evolución de cada personaje en las novelas. Esa sensación de pérdida de la inocencia, de relativización de la frustración o, por qué no, de asumir que la vida es eso. Una mezcla de costumbres, leyes propias y amor.

En Un par de cómicos hay lugar para recorrer los espacios sagrados de la (contra)cultura y del mundo del entretenimiento americano y el suficiente margen como para llevar a cabo una radiografía del cómico en tiempos en los que Lenny Bruce ya era Historia. Literalmente. Y la prosa de Carpenter, siempre ágil, siempre concentrada, hace todo lo posible para que no nos falte detalle. Para vestir al artista y desvestir al hombre, para hablar del amigo mientras describe a ese mito. Para narrar cada peaje a pagar si uno busca la gloria y cada ascenso y caída cuando se ha intentado triunfar. Así, uno llega a tener la impresión de encontrarse con la oreja pegada a la pared del reservado del Schwab, anotando cada anécdota, cada salida de tiesto y cada palabra que largan sus protagonistas. Aparcando, por un momento, la ficción y sus disfraces, para quedarse con la lectura que lleva a cabo un autor sobre su ecosistema laboral.

Sin duda, Don Carpenter fue espectador de excepción de una época, así como también vivió no pocos de los sinsabores de algunas de sus criaturas literarias (cómo olvidar al Dick Dubonet de Los viernes en Enrico’s). Un par de cómicos es solo uno de los jalones de su Trilogía de Hollywood, a falta de un nuevo esfuerzo editorial por devolverlo a la actualidad literaria. Sin embargo, aquí está contenido todo. El amor, la soledad, los personajes que nunca dejan de contar su historia, un mundo que termina, las pequeñas mitologías que contenía y, por encima de cualquier otra cosa, un asunto capital en la obra de Carpenter: la amistad. Ahí empieza y acaba todo.

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