Nerón, el poeta sangriento, de Dezső Kosztolányi (Greylock) Traducción de Eszter Orbán y José Miguel González Trevejo | por Juan Jiménez García

Dezső Kosztolányi | Nerón, el poeta sangriento

No hay muchos nerones en nuestra cabeza. Tal vez solo uno, con una lira, mientras Roma, al fondo, arde. Entre la crueldad y la locura, atributos del tirano. Y no es que no fuera nada de esto… Ahora, a estas alturas, no vamos a descubrir la Historia del mundo ni vamos a cambiar tres o cuatro cosas que sabemos de ella. Efectivamente, Nerón fue eso, Roma ardió y tocaba la lira. Pero en la obra de Dezső Kosztolányi encontraremos a otro personaje, más complejo, lleno de tormentos y de dudas, obsesionado por ser reconocido no como gobernante sino como poeta. Discípulo de Séneca (el otro gran protagonista de la novela), que fue su tutor desde niño y su consejero de adulto, llega al poder gracias a su madre, Agripina, que no duda en envenenar a su marido, Claudio. Claudio lo había nombrado su sucesor aún no siendo su hijo, y aún teniendo a uno de su sangre, Británico. Británico es la obsesión de Nerón. Primero, esa enfermiza presencia física que le inquieta, ese poeta al que sabe mejor y eso gobernante que sabe que no lo es por su debilidad y que, lejos de enfrentarle, vive al margen. Una vez muerto, será esa ausencia que siente a menudo alrededor suyo, en los peores momentos. La vida de Nerón es una vida de fantasmas.

Nerón quiere ser poeta, pero solo es un poeta mediocre. Séneca le dejará hacer, pero es conocedor de esa mediocridad y de los riesgos que conlleva. El emperador se mueve entre las conciencia de esto y su proyección hacia un futuro en el que será reconocido como el más grande. Kosztolányi, hábilmente, se coloca entre esos extremos, hasta que de esas dudas de juventud surgen las certezas y las locuras de una juventud tardía (Nerón morirá cumplidos los treinta años). Para que las cosas empiecen a cobrar un sentido, solo necesita librarse de esas raíces enfermas que le sujetan a la tierra. Su esposa Claudia, apenas una niña. El hermano de ella, Británico. Agripina, su madre, ser inmortal, siempre detrás de las cosas. Nada le sobrevivirá. Ni tan siquiera aquello que cree amar, que también acabará roto, entre sus manos. Por su manos. El encuentro con Popea, la que será su segunda mujer, le llevará hasta una realidad alternativa, esa en la que siempre quiso habitar. Poco importarán las incertezas, los falsos aplausos, los falsos elogios, las representaciones grotescas, sus cantos impostados. Todo lo dará por bueno y, con ello, una lenta caída. En su primer encuentro ante el público romano, el divino histrión, encontramos lo grotesco y terrible de aquel mundo, su mundo, los pliegues del poder. La modernidad. Lo viejo y lo nuevo.

Para Dezső Kosztolányi, Nerón es un hombre extraviado en un bosque de impotencias. Tal vez, en algún momento, creyó en aquello que hacía, con sus dudas, pero acabó por imponerse esa realidad alternativa, falsa, especialmente construida para él, como otros se construyen parques de atracciones. En esa irrealidad, las cosas deben ser a menudo fijadas, las contradicciones eliminadas. Podríamos pensar que es un Enrico IV o, por no alejarnos de Greylock y Hungría, otra suerte de Óliver VII, todos insatisfechos a su manera por la realidad. Nerón, el poeta sangriento, se revela como el implacable mecanismo accionado desde los sueños, listo para destruir la vida tal como es y devolvernos un mundo acorde a nuestras necesidades. Pero eso nunca funcionó y la vida del emperador romano fue un fracaso más, que acaba con el intento de matarse con una espada falsa, de atrezzo, aunque también eso es posible, si se pone en ello voluntad. Una muerte que ejemplifica una vida. Y un libro que nos devuelve la complejidad del mundo con una claridad cristalina, en la que todo puede ser tocado, sentido. También las ilusiones y desilusiones.

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