Los huesos dormidos, de Deborah Crombie (Navona) Traducción de Rebeca Bouvier | por Óscar Brox

Deborah Crombie | Los huesos dormidos

La novela negra nos ha acostumbrado a pensar en nuestra relación con el mundo. No en vano, pocos géneros literarios exploran con tanto ahínco las dobleces morales del ser humano y, en especial, el universo al que dan lugar. Poco importa si sus protagonistas son timadores, pendencieros o asesinos, detectives o policías con las manos sucias; todos ellos configuran una pequeña gran alegoría de cada momento de la Historia, desde la época de la Depresión hasta la actualidad. Como en todo, la manera de acercarse a cada episodio es la que mide el grado de interés, la que distingue entre lo subversivo y lo pragmático, entre los purasangre y la clase media de la literatura criminal. A buen seguro, Deborah Crombie pertenece a este último grupo, a aquellos autores que abordan el género sin estridencias y con un planteamiento sencillo. En esa línea clara que permite observar la imagen de conjunto mientras se atiende sin dificultad a las diversas tramas y personajes que confluyen en el relato. Vieja nueva escuela que inspecciona toda una galería de pícaros, traidores, villanos y asesinos con los modos y maneras de un alumno de Oxford. Vieja nueva novela en la que lo importante radica en el placer de narrar y en el juego cómplice que el lector mantiene para desentrañar el misterio y detenerse ante esas dobleces morales que funcionan como gasolina para el género.

En cierto modo, Los huesos dormidos coquetea con lo metaliterario, al mezclar a un círculo poético y una muerte no resuelta con el único asesinato que acontece en la novela. Habituados a ese ambiente relamido de las grandes universidades, trufado de cuitas personales y guerras intestinas, Crombie nos invita a movernos como detectives para investigar un crimen que nunca quedó totalmente cerrado. Una poeta, Lydia Brooke, murió aparentemente de un ataque. Queda, pues, su leyenda y un futuro estudio crítico que arrojará luz sobre sus rincones oscuros. El tema y la métrica maridados con la promiscuidad de la época y las heridas no cicatrizadas. ¿Pudo alguien, tal vez, asesinar a Brooke? Gemma Jones y Duncan Kincaid, protagonistas de una serie de libros de Crombie, son los encargados de resolver el misterio, al que su autora añade, en similares circunstancias, la muerte por envenenamiento de la ex mujer de Kincaid. Esta última, por cierto, el cabo suelto que podría descubrir, mientras preparaba su biografía crítica, detalles sobre Brooke y su falso infarto mortal.

Crombie parece divertirse cuando recrea, con los versos del poeta Rupert Brooke como entradilla de cada capítulo y las cartas a su madre de Lydia Brooke como pista, el ambiente literario de los ’60. Siempre unos pasos por delante de su pareja de investigadores, la autora observa con ironía a esas criaturas que, tal vez, soñaban con ser otra cosa que grises académicos en departamentos con moqueta; nuevos Byron y Shelley, Coleridge y Wordsworth, bardos de una nueva época o creadores de cultos paganos en la alberca a las afueras de Cambridge. Gente viva, a fin de cuentas, que todavía pudiese confiar en el sexo como mecanismo de liberación y en el amor como energía creativa. Gente, también, caprichosa e incoherente, sátira y voluble, demasiado aquejada por el mal de altura de su privilegiada condición social.

Algo de esa melancolía queda en las páginas de Los huesos dormidos, de un grupo fraguado en torno a unos ideales que no sobrevivieron ante la primera embestida. También de ese sentimiento de elevación intelectual que su autora explota a través de la visión práctica del personaje de Jones, una policía sin educación universitaria que describe su paisaje con esa mezcla de frustración y sagacidad, de pena por no caminar en esa dirección y alivio por no pertenecer a esa feria de vanidades. No en vano, la novela dedica su tiempo a las relaciones entre los dos protagonistas, a ese perfil humano que vive obligado a cuidar de su trabajo policial, y viceversa. Aunque, en este caso, sea el personaje de Kincaid el que cargue con el peso de la investigación y con las dudas que siembra cada avance en sus pesquisas. En ese clima de perfectos caballeros, también de ancianos con demasiados secretos, cuyas fisuras amenazan con echar abajo la estructura del edificio; todo ese espíritu cultivado alrededor de una obra poética que, en definitiva, transcribe en verso las penas y los males de un grupo de amigos que no pudo hacer frente a la fuga del tiempo.

La línea clara que traza Crombie en su novela no necesita de sucesivos golpes de efecto para lograr su objetivo; tampoco falsos culpables ni aparatosas escenas de acción que mantengan el interés del lector. Quizá en ello reside su virtud y su defecto. El talento para narrar y la eventual anemia que desprenden algunos pasajes. La de Crombie es una literatura negra que explora lo criminal sin transgresión ni vehemencia. Como una cuestión humana, con un procedimiento policial exquisitamente perfilado. Desde este lado de la Ley, podríamos decir. De ahí que Los huesos dormidos sea más eficaz como relato demoledor de un tiempo, y un movimiento, que nunca encontraron su lugar, que como ficción criminal sobre un par de asesinatos sin resolver. Con ese tono, agradable y ligeramente irónico, con el que ajustan cuentas sobre la pompa y la circunstancia de los círculos poéticos que se dejaron llevar por su vanidad personal y no cultivaron esa otra vanidad, la artística, que tantos frutos ha dado en la historia de la cultura. Ese, y no otro, es el verdadero crimen que late en las páginas de la novela. Lo negro y lo criminal que duermen en el espíritu del arte. Huesos que, de tanto en tanto, alguien desentierra para examinar qué sucedió para que todo se perdiese en el fuego.

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