Nick Carter y André Breton. Una pesquisa surrealista, de David B. (Impedimenta) Traducción de Rubén Martín Giráldez | por Óscar Brox

David B. | Nick Carter y André Breton. Una pesquisa surrealista

Hay personajes que, más que pertenecer a un género, forman parte de cierto patrimonio cultural universal. Es el caso de Nick Carter, que nació con el folletín cuando aún no había acabado el Siglo XIX y aún hoy continúa dando coletazos en la literatura global. Sin ir más lejos, uno de los homenajes más bonitos a esa tradición lo escribió (y se divirtió mientras el lector era asesinado) el uruguayo Mario Levrero. Se podría decir que, más allá del obvio homenaje, esa es también la misión del dibujante David B. Divertirse y divertirnos. Trasladarnos a la narración serial y alocada del folletín para capturar, a través de uno de sus personajes universales, el espíritu del tiempo del surrealismo. Dibujarlo en un B/N que es más bien negro y gris, atiborrando cada una de las páginas del álbum de detalles, objetos, rostros, sueños y delirios, mientras las pocas líneas que utiliza para la narración desgranan la pesquisa surrealista de Carter. Vayamos por partes.

André Breton fue uno de tantos chamanes (la expresión, por cierto, es de Alejandro Jodorowsky) de la cultura francesa. Eso podría ser el equivalente a un genio, un payaso o un oportunista. O todo eso a la vez. El grupo surrealista, con sus infinitas ramificaciones, tantas como Breton quiso extender cuando algo o alguien le interesaba, fue un movimiento capital en la Europa abocada a las Guerras. No sé si una respuesta a ese clima o, tal vez, la necesidad de quitarle las telarañas a la imaginación y plasmar todo ello en una suerte de shock estético. También es verdad que, más allá del concepto, su efecto se diluyó como el de tantas otras vanguardias, entre conflictos internos, egos despendolados y otras tantas cosas. En el álbum de David B., de hecho, Robert Desnos o Salvador Dalí son sospechosos de todo; en especial, este último. Breton, casi siempre, la víctima.

El dibujante explica que la fascinación de los surrealistas por el folletín les condujo en varias direcciones atractivas. No en vano, en Francia estaba Louis Feuillade con Les vampires y un arte, el cine, cada vez más emergente y con la mirada puesta tanto en la experimentación como en la narración serial. La cuestión es que David B. convierte a Nick Carter en un personaje bastardo de Breton, un detective que tan pronto patea las calles de París como se zafa de su antología de villanos clásicos buceando por los sueños de su patrón. Como cabe imaginar, el surrealismo es en verdad un elemento francamente elástico, la herramienta perfecta para que un dibujante se deje llevar en cada viñeta por lo que su imaginación pueda exprimir. Y es, por ello, justo señalar que cada una de las páginas de esta pesquisa surrealista parece un cuadro, una instantánea, un guiño y un homenaje extraordinario al movimiento y al espíritu de su tiempo.

Cada página de David B. destaca por su forma de conjugar elementos propios del surrealismo con los de la narración gráfica. Resulta hermoso observar de qué manera brota, choca o se inmiscuye, según la página, lo primero con lo segundo, colonizando cada una de las viñetas y convirtiendo su lectura en una experiencia. Aquí los brazos se multiplican, las líneas rectas se desvanecen en una infinidad de elipses, entrecruzamientos y deformaciones que dotan de movimiento, de un dinamismo brutal, a los dibujos del autor. Y luego está ese erotismo malsano, oscuro objeto de deseo (el de todos por Gala Éluard, por ejemplo), que David B. traduce en imágenes bellas y asimismo grotescas, extrañas y también extrañamente familiares. Pechos gigantes, sexos cercanos, Frida Kahlo a lomos del esqueleto de un caballo, Humpty Dumpty u otros personajes de Carroll emergiendo de la boca de Nick Carter…

De tanto repartir carnets de surrealista, Breton acabó más solo que la una. Amigo de unos pocos, enemigo de muchos. Genio, payaso, oportunista o todo eso a la vez. En este álbum, de imaginación torrencial, David B. sabe captar la melancolía que supuso la colisión del surrealismo con la locomotora del progreso. Con la Historia, más que con esas Guerras brutales en las que Breton, por cierto, también participó. Por eso, cuando el álbum se acerca a la verdad, cuando pone en pausa la imaginación desbocada y nos deja observar al protagonista sin el personaje; a ese Breton capaz de negarle sus fantasías a una criatura de ficción como Carter, entendemos que cada dibujo narra algo parecido al fin de una época. Que cada viñeta trata de absorber en lo posible aquel territorio repartido entre lo onírico y lo imaginado. Y de esa bella empresa, este maravilloso álbum como recuerdo de un pedazo del siglo pasado. De una época extraña, convulsa, en la que todavía había lugar para imaginar de otros mundos, aunque todos estuvieran en este.

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