Los doce nacimientos de Miguel Mármol, de Dani Fano (Astiberri) | por Óscar Brox

Dani Fano | Los doce nacimientos de Miguel Mármol

A quienes te digan que nuestro amor es extraordinario
porque ha nacido de circunstancias extraordinarias
diles que precisamente luchamos
para que un amor como el nuestro
(amor entre compañeros de combate)
llegue a ser en El Salvador
el amor más común y corriente,
casi el único.

Algunos meses después de leerlo, quizá demasiados, vuelvo a las páginas de Los doce nacimientos de Miguel Mármol. A Ilopango, San Salvador, La Habana o Praga. A las conversaciones con Eduardo Galeano o Roque Dalton (autor, por cierto, del tercer poema de amor que encabeza este texto). A la precisión con la que Dani Fano capturó el entorno, los ambientes, los espacios para una insurrección, casi, infinita. Los hablares, los rostros, el hambre y la violencia, la tierra para quien la cultiva y el pueblo, siempre, ante todo. Vuelvo a esa nostalgia, por llamarla de alguna manera, que uno siente a este lado del Atlántico, donde no existe revuelta pero sí resignación; más de lo mismo, pero peor. Esa ausencia de compromiso solidificada en un socialismo sin izquierda o en una izquierda con bozal, en una democracia acomodada a los ritmos del capitalismo tardío y a las desigualdades cada vez mayores que imponen los mercados.

Fano retrata a Mármol sin caer en la tentación de pintarlo como un santo laico; es, ante todo, un activista. Sin embargo, si algo destaca en esta obra es la importancia del contexto. Del lugar. De las tradiciones. Los doce nacimientos… arranca con los primeros destellos del Siglo XX, cuando el mundo ya ha tomado un rumbo y las rígidas estructuras sociales de nobles, terratenientes, amor y señores se resienten ante un campesinado que no puede soportar más ese yugo. En esos primeros compases, las viñetas de Fano recorren un El Salvador en el que aún se respira otro tiempo. Podríamos hablar de realismo mágico, cada vez que aparece el espíritu de la siguanaba o que Mármol salva la vida por algún extraño capricho de la providencia. Pero es justo decir que el dibujo de Fano atrapa un costumbrismo, unas tradiciones, que conviven entre la ciudad y ese campo abierto con volcán de fondo. El clima. Las cosechas. Una vida sencilla y modesta que en unas pocas viñetas rezuma autenticidad. Verdad.

La vida de Mármol avanza a golpe de nacimiento, conforme supera una infancia mísera y una adolescencia disciplinada por el ejército y descubre en las palabras de uno de sus mentores el aliento para una revolución. Los argumentos del comunismo, de la unión del pueblo y los trabajadores. Y, asimismo, del horror que provocará cada golpe militar en El Salvador. Las persecuciones, las detenciones ilegales, los asesinatos y las huidas en dirección a ninguna parte. Es hermoso el momento en el que los trabajadores cantan la Internacional en lo profundo del campo, llamando a una insurrección contra ese ejército que ha negado la expropiación de los cultivos en manos de empresas como la United Fruit Company. Pero también es hermoso cómo Fano enfrenta la decepción de una lucha que no deja de fracasar, de unas muertes que se agolpan cada vez que los militares cargan contra el pueblo (olvidando, de paso, que ellos también son pueblo), y de un Mármol que se convierte en el fantasma de una revolución intermitente, cobijado en Guatemala y La Habana, a la espera de que los vientos de cambio en América Latina sacudan el poder concentrado por unos pocos oligarcas y empresarios venidos del Norte del continente.

El dibujo cálido de Fano, el registro casi etnográfico de sus viñetas y la cantidad de texto con el que se desarrolla la trama acercan al cómic, por momentos, al territorio de la novela. O del relato. De ese ritmo trepidante con el que Mármol huye o burla a la muerte mientras el tiempo pasa. No se detiene. No puede detenerse, aunque aquella Rusia de Lenin sea un manchón sobre la imagen de la Unión Soviética… o aunque a su paisano Dalton lo asesinen sus propios compañeros. Uno lee Los doce nacimientos… con la convicción de que el porvenir es largo y de que la de Mármol podría ser una vida de campo, una reflexión sobre cómo se inyecta el aire revolucionario en el pueblo y sobre la dificultad para una buena parte de América Latina de poder ser ellos mismos. Sin la coerción del vecino rico, sin el yugo del pasado y el derecho de pernada. Lo que queda, pues, es una historia de aventuras y política, de rebelión y sueños, que nos traslada a una de las épocas más tumultuosas de El Salvador para narrar el surgimiento de un impulso colectivo. La historia que un viejo Miguel Mármol, más mito que hombre, más palabra y memoria, le cuenta en La Habana a Galeano. Es bello ser comunista, aunque cause muchos dolores de cabeza. Esto también lo dijo Dalton.

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