Novela once, obra dieciocho, de Dag Solstad (Lengua de trapo) Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo | por Óscar Brox

Dag Solstad | Novela once, obra dieciocho

A menudo pensamos en el sentido de la vida como si se tratase de un manual de instrucciones, pocas veces como algo que fabricamos con nuestras acciones. Quizá es que no nos fiamos demasiado de nuestros instintos o, ciertamente, necesitamos investir de relevancia cada decisión tomada. Y, sin embargo, cuánto nos cuesta aceptar que, a veces, las cosas, y la realidad que las envuelve, son simplemente insignificantes; que también hay un poco de belleza y verdad en los aspectos más banales de nuestras costumbres y, quién sabe, tal vez no hay otro horizonte más allá de esos gestos cotidianos tan aburridos. Novela once, obra dieciocho, de Dag Solstad, toma algunas de estas sensaciones como punto de partida. El tedio, el fracaso personal y el trato que nos damos a nosotros mismos conforman el escenario de su obra, el largo monólogo de un hombre insignificante en busca de sentido.

Bjørn Hansen no es un tipo listo, sí acomodado. Tras su divorcio, tras perseguir a otra mujer, cambia su vida en Oslo por un puesto de trabajo como recaudador en una localidad noruega. Sin embargo, las cosas funcionan igual. La misma cantidad de amigos, idéntica proporción de estímulos sociales, similar falta de definición en los objetivos vitales. Sin darse cuenta, Bjørn quiere más de lo que puede conseguir. Con su grupo de teatro representa anualmente una función popular, una comedia de bajos vuelos para arrancar las sonrisas del público. Así año tras año. Y está bien, piensan Bjørn y Solstad, pero tal vez estaría mejor cambiar las pretensiones, pasar de la comedia a Henrik Ibsen. Porque Ibsen es otra cosa, más densa y profunda, que refleja unas preocupaciones superlativas frente a ese estilo de vida monótono. Un autor que exige a sus criaturas, que les proporciona otro horizonte desde el que pensar sus problemas.

Dag Solstad se pregunta si a menudo no buscamos ese mismo objetivo: una vida densa, otro horizonte desde el que pensar los problemas. No en vano, quien se conforma con las minucias, con poca cosa, es que tiene un porvenir insignificante. Eso no cala, hombre; de ahí no hay mucho que exprimir. Por eso su Bjørn parece un mal corredor de fondo, siempre atrapado por el corto alcance de su realidad, un fracasado que no sabe cómo fracasar. Abandona a su mujer y su hijo, abandona a su nueva pareja, cambia la comodidad de su piso por otro algo más modesto. Pero todo sigue igual, como en una secuencia de acontecimientos que repite su dinámica diaria.

Probablemente gastamos demasiada energía cada vez que pensamos en los demás, cuando creemos que podemos meternos en su cabeza y advertir de qué manera nos juzgan. En una sociedad donde el reproche tiene más peso que la virtud, no es de extrañar que de una forma o de otra nos proyectemos en los demás. Bjørn Hansen no deja de hacerlo, y Solstad lo anota en sus páginas con un gesto tan, a ratos, cruel como compasivo. Lo hace cuando recibe a su hijo en casa y siente que aquel le percibe más como un casero que como un padre, sin ese matiz cariñoso en sus relaciones; lo hace cuando evalúa a sus escasas amistades; y lo hace, en fin, cuando atiende a sus propios problemas, tan pequeños y tan poco importantes que adquieren una dimensión descomunal. Porque, sí, no hay peor enemigo, no hay herida más abierta, que la falta de motivos, que el desapego con el que nos movemos por una sociedad con la que no mantenemos deudas.

Novela once, obra dieciocho se enrolla alrededor de cada descripción de su personaje, se atornilla en cada palabra y cada gesto de indiferencia. Como sucede con Thomas Bernhard, Solstad se asoma a la vida de un individuo cuyas tribulaciones nunca parecen agotarse, como en un interminable intercambio de golpes consigo mismo y con la sociedad que lo cobija. Porque la Noruega que dibuja su autor es un país apático y bobalicón, acomodado y unidimensional, encantado en su insignificancia y preocupado por problemas imaginarios. De ahí que la brutal manera de combatirlo sea, precisamente, crear un problema imaginario que nos saque de esa vida anónima a la que nos entregamos dócilmente.

Cansado de su insatisfacción, Bjørn simula haber sufrido un accidente a consecuencia del cual ha quedado en silla de ruedas. Hecha la farsa, hecha la trampa. El soborno que ha pagado por el silencio del médico solo le sirve para permanecer atrapado en su mentira, en ese nuevo horizonte de pobre hombre maduro al que toda la gente mira con la ternura hacia un desvalido. Ya no hay lugar para el milagro, solo para la conmiseración. Solstad refleja la decisión de su personaje desde el humor más sombrío, producto de ese fracaso que no queremos asumir: el de no aceptar que la vida puede ser insignificante y no hay más sentido que el puro instinto para continuarla. Sí, ahora la realidad se ve desde otra perspectiva, pero nada ha dejado de ser igual. El hijo de Bjørn sigue siendo un amargado que no sabe tratarle como padre, sus amigos unas buenas personas sin capacidad autrocrítica, y el público sigue riendo las graciosas obras del teatro popular. Y quizá es que simplemente todo eso debe ser así, banal y a veces también bello. Quizá ahí radica la gravedad de las cosas, su sentido último y esa especie de frustración al no ser capaz de aprehenderlo. Como esos problemas cuya respuesta, tan obvia, nos negamos a aceptar. Daríamos cualquier cosa por creerla más profunda, menos insignificante. Como si necesitáramos investir de relevancia cada decisión tomada en un mundo que siempre elige la comedia en lugar de a Ibsen. La vida, con todos sus matices, en lugar del simulacro.

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