Los hijos de Shifty, de Chris Offutt (Sajalín) Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

Chris Offutt | Los hijos de Shifty

Resulta extraño escribir sobre Chris Offutt sin pensar en la imagen de conjunto que proyecta su obra, da igual si se trata de un relato, una novela o un ensayo autobiográfico. Los hijos de Shifty es la segunda entrega del ciclo que comenzó con Los cerros de la muerte. Tanto una como la otra parecen evocar, más que al Offutt novelista, al autor de los guiones para algunas series de HBO; en especial, por ese estilo concreto y cada vez más depurado, que va al grano, capacitado para dar voz a unos personajes ya casi familiares, a través de sus cuitas y contradicciones. Y todo ello, por cierto, sin dejar de lado el esqueleto de género, con su investigación y trama de fondo, que provoca que todo avance sin darnos cuenta, absorbidos por un paisaje y unos personajes reconocibles. Si acaso, con una serie de interesantes matices que Offutt esparce aquí y allá para aportarles un poco más de dimensión moral. Dicho de otra manera: este es, principalmente, un ciclo en el que el autor de Kentucky seco perfecciona su estilo, su forma de acercarse a la acción, por encima de la descripción, a la construcción de unos personajes a los que siempre ha identificado con su lugar de nacimiento. Como si se tratasen, ellos mismos, de espacios. Escenarios. Paisajes para esa forma de novela entre rural y noir que Offutt ha engrandecido literariamente.

De nuevo retomamos las desventuras de Mick Hardin, esta vez solo -un héroe rara vez deja de estarlo- y derrotado por sus heridas y la adicción al Percocet. Una excusa, en realidad, porque Mick pertenece a la misma estirpe de gente recia que puebla los relatos de Offutt. Ese momento de pausa es, en sentido estricto, un reposicionamiento en torno a un hogar que el protagonista nunca acaba de sentir. Demasiadas deudas, demasiados dolores. Y, total, lo que queda, lo que no se pierde nunca, es el instinto. Eso que, en manos de Offutt, moldea a Hardin como el perfecto investigador, trasunto rural de cualquier detective clásico al que su infalibilidad no libra, ay, de su condición humana. Vuelven los asuntos morales.

La acción arranca con el asesinato de Cabronazo Barney, otra de esas figuras de fondo en Los cerros de la muerte, y la petición de su madre, Shifty, de que Mick encuentre al autor del crimen. Barney, el dealer local, se convierte en una excusa para subrayar la toma de distancia del protagonista con respecto a los márgenes en los que se mueve la justicia. Lo legal. Algo que también sirve a Offutt para potenciar esa contradicción entre un personaje que se mueve a partir de los automatismos adquiridos en su disciplina militar y su circuito mental y moral, siempre alejado de lo que la Fuerzas y los grandes Nombres entienden por sentido de la justicia. Huelga decir, una vez Hardin acepta investigar el asesinato de Cabronazo, la acción toma un ritmo trepidante, a golpe de personajes estupendos -difícil no enamorarse de ese Ayudante de la Sheriff-, de réplicas y contrarréplicas que sostienen la delicada tensión familiar y de un contexto, el que comprende a la ciudad y el campo, en permanente transformación. En breve: que todo tiene siempre ese tono crepuscular, y Offutt sabe cómo apreciarlo a través de la inserción de personajes más ancianos, en los que proyecta el ocaso de una forma de vida y la sensación de que todo eso, de alguna manera, pasará. 

Los hijos de Shifty es, ya su mismo título ofrece la pista, una historia familiar.O, mejor dicho, una historia sobre lo que queda de esa figura unitaria, que sirve para hacer comunidad, en un entorno recio como este. Por mucho que el grueso de la novela se centre en la relación entre Mick y su hermana, pendiente de las elecciones a Sheriff, resulta mucho más atractivo el dibujo de Offutt de la matriarca de los Kissick, Shifty, siempre amenazadora y, sin embargo, también vulnerable al contemplar cómo van muriendo sus hijos y dejándola sola. Vieja. Frágil. Final. Algo que tiene un contraste muy conseguido con el personaje de Tito Mirlo y la relación con Sandra. Sin necesidad de recalcarlo, ahí está el otro mundo, el de la memoria familiar, siendo acechado por uno, no se sabe muy bien si nuevo, que no puede ni quiere compartir el tiempo con él. Mucho menos, el futuro. Y ahí, conviene decirlo también, Offutt se marca una interesantísima reflexión a propósito de la identidad de los asesinos de Barney. 

Es de agradecer la oportunidad que nos brinda la publicación de la obra de Chris Offutt, casi cronológica, porque de alguna manera nos permite construir su retrato como autor. Como escritor de relatos, novelista, guionista y ensayista. Observar cómo crece su mundo, en qué direcciones, a través de qué personajes; es más, cómo ha conseguido modular la voz de unos personajes a los que ya no tiene que arrancar necesariamente de su paisaje, tan solo situarlos en él y comenzar a imaginar cómo reaccionarán ante su entorno peligroso. Todo ello cada vez más fluido, concreto y preocupado por el estilo (sin caer, claro, en la estetización ni, peor aún, en ese rollo serializado del que pecan tantísimas novelas noir contemporáneas). Es justo señalar que Offutt ha sabido cómo hibridar formas, cómo trasplantar su discurso sin perder los rasgos propios. Y lo que apunta este ciclo cuyo intermedio representa Los hijos de Shifty es una narración casi cinematográfica, muy centrada en los personajes y en matizar y resaltar los detalles que en la primera entrega quedaron suspendidos en el aire. Y, de paso, inyectar otro poco de energía en un panorama literario demasiado dado a la languidez, a la repetición y los tópicos. Un poco de conflicto moral, otro poco de acción, la memoria del pasado y la construcción de unos personajes, a ratos patéticos, siempre humanos, que una y otra vez nos recuerdan que están ahí para contarnos sus historias. Prestémosles, entonces, toda nuestra atención.

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