El buen hermano, de Chris Offutt (Sajalín) Traducción de Javier Lucini | por Gema Monlleó

Chris Offutt | El buen hermano

“Blue moon of Kentucky, keep on shining
Shine on the one that’s gone and proved untrue
Blue moon of Kentucky, keep on shining
Shine on the one that’s gone and left me blue”
Bill Monroe and his Blue Grass Boys  

Podría escribir que Chris Offutt (1958) lo ha vuelto a hacer, pero no me ajustaría a la verdad. Podría escribir que Chris Offutt recupera “las esencias del perdedor” para ungírselas al protagonista de El buen hermano, pero tampoco sería del todo cierto. Podría decir que Chris Offutt regresa a ese su Kentucky de leyes propias y destinos casi atávicos, pero en realidad no es así. ¿Por qué? 

El buen hermano es la primera novela de Chris Offutt, escrita en 1997, mucho antes de Noche cerrada (2018), Los cerros de la muerte (2021) y Los hijos de Shifty (2022). Por tanto, todo lo que me sabe al mejor Offutt que ya había leído va en realidad en orden cronológico inverso. Y no, la cronología no es banal. No es la primera vez que una editorial recupera la primera novela de un autor tras el éxito de sus últimos libros y, siendo generosa, puedo afirmar que con suertes muy desiguales. Sin embargo, en este caso, el descubrimiento feliz es que Chris Offutt ha sido siempre El Literato (sí, con mayúsculas, llamadme fan) de los Apalaches (Appalachians), y que en su primera novela ya están presentes esa filigrana de sentimientos, destino, pertenencia, aceptación, incierto futuro (por no escribir casi-no-future), maldad vs bondad, conciencia ecológica… tan característicos de su literatura. 

Chris Offutt es un escritor de protagonistas. Finalizar un libro suyo es haber trabado amistad con Tucker, Mick Hardin, y en este caso Virgil Caudill. Chris Offutt es también un escritor de personajes secundarios. Ellos dan la réplica y a través de ellos se deshojan las capas vitales y emocionales del héroe (casi siempre antihéroe): Rhonda, Cabronazo Barney, Shifty Kissick, Jacky Turner (el Leonardo de Rocksalt), Botree, Johnny… Sus miradas son nuestra mirada. A través de ellos la complejidad de los protagonistas crece en la acción y desvela su interior. 

En El buen hermano el protagonista es Virgil, un buen hombre de los cerros de Rocksalt, solitario, basurero feliz que aspira a dirigir una cuadrilla y a llevar su nombre bordado en el bolsillo (“lo que le gustaba a Virgil de los basureros era que, ante él, nadie podía darse aires de superioridad”), que parece querer casarse con su novia Abigail (“Abigail se rio, un sonido hogareño, y él se preguntó si la risa de todo el mundo seguiría siendo siempre la misma, como las huellas dactilares”), que vive en una sencilla caravana ahorrando para comprar la vieja cabaña de su padre en las montañas (que ahora pertenece a otra rama de la familia, -las cabañas y Offutt: los refugios, como la vieja cabaña del abuelo de Mick Hardin-) y a quien la vida castiga con la muerte violenta de su hermano Boyd. Boyd, el antagonista de Virgil: inquieto, atrevido, especialista en meterse en líos, tarambana. Boyd, el indomable: “hundía el pie en el acelerador, bebía como si no hubiera un mañana, apostaba a las cartas y era un mujeriego”. Boyd, el pequeño Atila de los Apalaches: “entre sus antiguos compinches de correrías había gente encarcelada, gente muerta y gente que, de sopetón, había encontrado la fe”.  

A Boyd lo asesinó Billy Rodale. Nadie lo vio aunque en Rocksalt nadie tiene dudas, incluido el sheriff que afirma no tener pruebas para detenerlo pero que tampoco las encontraría si Rodale fuese asesinado, ojo-por-ojo, bala-por-bala. Seis meses después del asesinato todos le recuerdan a Virgil que la muerte de Boyd no ha sido aún vengada, ojo-por-ojo, bala-por-bala, y la presión sobre el buen hermano se acrecienta. Pero ¿necesita Virgil vengar a su hermano o necesita vivir su duelo en paz? “Virgil le dio un trago a la botella. No le daba miedo matar a Rodale, lo que le daba miedo era lo que se desataría luego. El problema podía durar y dejar de ser algo puntual. Los más pendencieros de ambas familias continuarían matándose a tiros por mera costumbre”. Virgil no quiere un Puerto Urraco en Kentucky, ojo-por-ojo, bala-por-bala. Pero la ley de los cerros es el único mandamiento ineludible, ojo-por-ojo, bala-por-bala. La ley de los cerros es la religión coincidente para todos sus habitantes, ojo-por-ojo, bala-por-bala. La ley de los cerros es sangre y honor, verdad y castigo, voz y mandato (“incluso muerto, Boyd seguía emitiendo energía sobre los cerros”). 

“Todo se reducía a matar a Rodale, y eso le ponía enfermo. Lo único que quería era la cabaña de su padre y que le dejasen en paz. Se casaría con Abigail, tendrían un aluvión de críos y conseguiría una camisa con su nombre bordado”. Virgil tiene sus aspiraciones claras y su propio código de honor, pero nada de ello importa, ojo-por-ojo, bala-por-bala. Virgil llora tardiamente a Boyd y un reajuste se produce en su cuerpo y su mente, ojo-por-ojo, bala-por-bala. Virgil comienza a fantasear con la idea de matar a Rodale mientras siente el terror eufórico del ojo-por-ojo, bala-por-bala. Y Virgil se deja decidir (sic). Y Virgil comienza a sentir como propia la ley de los cerros (“lo que estaba planeando tenía todo que ver con la familia, pero nada con el amor”). Y Virgil avanza. Y traza un plan. Y sentencia el abandono de su propia vida (“se fue a su cuarto y se sintió aniquilado por un abrumador sentimiento de pérdida”). Y se convierte en el Houdini de los cerros. Y es el Wakefield de Rocksale. Y actúa. Y (se) desaparece. Y se transforma en otro. En otro en otro lugar (“ya no tenía futuro ni pasado. Solo quedaba lo ineludible”). En otro ermitaño en otras montañas. Y, desde Montana, ya-no-Virgil añorará los paisajes de su vida (“cuanto más veía del mundo más allá de los cerros, menos deseaba conocerlo”). 

Capítulo 12. “Al tercer día, Joe Tiller se levantó temprano y deambuló por las anchas calles de Missoula”. Al tercer día, ¿os suena? No puedo (debo) explicar mucho más del argumento. Sería destripar los giros, la noria a la que se sube Virgil-Joe, una noria que tanto gira muy despacio como se acelera con remolinos, una noria maldita por no ser deseada, una noria vieja y que amenaza ruina. Virgil ya es Joe (“tenía comida, pero no tenía hambre. Tenía un Jeep, pero no tenía adónde ir. Un nombre nuevo y nadie que lo llamara”). Joe entierra a Virgil. Y Joe reza-aúlla una letanía durante la segunda mitad del libro: “Me llamo Joe Tiller y vivo aquí”. Una letanía rezada a las montañas y al arroyo: “Me llamo Joe Tiller y vivo aquí”. Una letanía como aullido de autoconvencimiento: “Me llamo Joe Tiller y vivo aquí”. Una letanía con la que hacer pie (“la enormidad de las decisiones que había tomado le embistió como un maremoto”) una vez “ejecutado” su deber: “Me llamo Joe Tiller y vivo aquí”. 

Pero los perdedores, los antihéroes, los del destino fatalmente marcado no encuentran la paz por más que la persigan. Y Joe descubrirá el trumpismo décadas antes de la implosión de Trump en la presidencia de los Estados Unidos (Make America great again). Joe se verá fatídicamente rodeado de los que hoy parecen los precursores de QAnon (supremacistas, fascistas, obsesionados con las armas y con la “sopa de siglas” -FBI, CIA, ATF, NSA, IRS, UN, FEMA…-). Joe escuchará atónito sus arengas populistas (“Por todo el país la gente está empezando a hartarse del crimen, de las drogas y de las escuelas mediocres. Está harta de ver cómo los tribunales dejan libres a los asesinos. Harta de un gobierno que aprueba decretos inútiles sin ton ni son. Saben muy bien lo que tendría que ser América, y para quién ha de ser”). Y Joe, pese a tener un nuevo barco desde el que saltar, siente que el naufragio sería otro deshonor acechando detrás de palabras incuestionables: “Las tres primeras palabras de la Constitución son “Nosotros el Pueblo”. Y nosotros, el pueblo, debemos permanecer juntos para asegurarnos de que la Constitución nos ampara. Yo amo América. Quiero que este país siga siendo lo que tiene que ser: libre”. 

Offutt despliega en El buen hermano la historia de un hombre bueno que sólo quiere afianzar su sentido de pertenencia-a y al que constantemente le deniegan este deseo (“se sentía como un hombre que ha renunciado a su religión sin haber encontrado nada que la reemplace”). Offutt retrata la vida de un buen hombre sin derecho a decidir sobre su vida (“es como si mi mundo tuviese un agujero por el que se hubiese escapado la vida”). Offutt alumbra a Virgil y nos entrega a Joe (“Me llamo Joe Tiller y vivo aquí”). Y Offutt, conciencia ecológica siempre explícita, lo rodea de pájaros (carboneros de cresta negra, cárabos, cardenales, halcones, águilas, halietos, chotacabras…) y paisajes en peligro de destrucción (“el musgo anaranjado que cubría la roca era del color de las salamandras de Kentucky”) desde esa lírica suya tan característica que contrasta con la violencia de sus historias (“la Vía Láctea se extendía como una manga de encaje entre las estrellas”).  

Offut, ¿puro country noir una vez más? No, Offutt: puro country noir desde su primera novela.  

Coda: página 397: las minas de arcilla de Kentucky, el viejo Morgan y la “leyenda” de que allí “se llevaba a los niños que se portaban mal”. En 1997 Offutt ya tenía en mente la trilogía de los cerros que escribiría veinte años más tarde. Eso es planificar la obra como una globalidad. Bravo.

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