Un comediante descubre el mundo, de Charles Chaplin (Confluencias) Traducción de José Jesús Fornieles Alférez | por Juan Jiménez García

Charles Chaplin | Un comediante descubre el mundo

Charles Chaplin no escribió muchos libros. En realidad solo uno (si dejamos aparte su autobiografía), este que nos trae ahora Confluencias: Un comediante descubre el mundo (título que admite que se le dé la vuelta). En realidad seguramente tampoco esperaba escribir un libro, sino lo que hizo: su vuelta al mundo contada en cinco entregas para la revista Women’s Home Companion. No se puede decir que Chaplin no le dedicara su tiempo y su esfuerzo a la tarea. Extremadamente perfeccionista como era, le dio las vueltas necesarias, y el resultado es un ameno libro de viajes, en el que lo más importante no son los lugares que recorre, sino más bien las personas que encuentra. Y, por qué no decirlo, el baño de multitudes y autoridades que se da complacientemente su autor.

Nuestro hombre comienza su viaje en febrero de 1931, con un mundo en plena crisis y una Europa que empezaba a avanzar inexorablemente hacia su negro futuro (Hitler ya estaba por ahí, haciendo sus primeros movimientos, y Mussolini ya gobernaba en Italia desde hacía lo suyo). Chaplin no es ajeno a estas cosas. Si viaja es porque intenta volver a sí mismo. Cansado del amor, dice. Y en esa vuelta hará por regresar a sus orígenes, por lo que la primera escala de su viaje no puede ser otra que su Londres natal. Los recuerdos acuden a él, y él también va en su búsqueda. Una muchacha que conoció por azar (y a la que siguió encontrando por ese mismo azar), un paseo por el barrio de su infancia y juventud, Kennington. También, una emocionada visita al orfanato donde pasó algunos años. La infancia de Chaplin no fue nada sencilla, y sí, los tiempos cambiaron. Para todos. Para él y también para los lugares. En Londres se encontrará con políticos a más alto nivel (Churchill, por ejemplo) y gente bien. Sobre todos ellos, el comediante arrojará una mirada curiosa (esa curiosidad, esa capacidad de observación sin la que el cómico no puede ser nada), y el hombre, algunas reflexiones más profundas.

Tras Inglaterra, Alemania. La oscura Alemania. Tomar el té con Marlene Dietrich (también de paso), comer con príncipes, baños de multitudes, las noches berlinesas de los cabarets (que quién sabe si por elegir el lugar equivocado, le horrorizan). Tomar el té con Einstein, que también acaba de llegar de Hollywood. El tema: la crisis mundial. Einstein le dedica una fotografía: «A Charlie, el economista».

Tras Alemania, Austria. Viena, una ciudad triste, del pasado, dice. A Chaplin el pasado no le dice mucho. No está mucho tiempo ni le dedica mucho espacio. Venecia. Baños de multitudes, callejuelas, canales. Tampoco estará mucho tiempo y no seguirá hacia el resto de Italia, sino que marchará hacia París. ¡París! La histeria colectiva. Cenas, gente importante, Folies Bergère. Hasta un rey (el de los belgas). Caza en Normandía de osos salvajes. Montar a caballo no es lo mejor de sí mismo. A cambio, nos deja una divertida aventura. Sur de Francia. Comidas, conversaciones, gente importante, ideas para solucionar un mundo que ya no tiene solución. Entre todo, el comediante recuerda sus comienzos en el cine, en Hollywood, la sucesión de casualidades, Mack Sennett.

Los días de viaje siguen pasando, plácidamente. Se encuentra con H.G. Wells, parte hacia Argel, vuelta al sur de Francia. Visita a Frank Harris, famoso escritor de biografías. Entre todo, hay lugar para la comicidad: su encuentro con unas jovencitas que no saben quién es.

Chaplin llega también hasta España. San Sebastián para ser exactos. Allí asiste a una corrida de toros, a las cuatro de la tarde, lo cual le causa una honda impresión. De regreso a Londres, en una extraña sucesión de hechos (como lo es todo su viaje), se encuentra con Gandhi, con el que mantiene una curiosa conversación sobre el progreso y el tiempo. Tras Gandhi, los payasos. Tras los payasos, Suiza. Suiza, aprender a esquiar. Un encuentro fallido con Mussolini.

Es hora de partir hacia Oriente. Singapur. También le conocen. La precariedad de los lugares, para alguien que viene de donde viene, no es lo que más le atrae. La belleza, eso es otra cosa. Bali será algo parecido, pero en aquellos lugares lejanos aún se puede encontrar un primitivismo, una vuelta a los orígenes del hombre. Paraísos perdidos, en los que seguramente no nos gustaría estar más tiempo del necesario. Chaplin es el observador distante. Tampoco es cuestión de entender nada. En estos lugares, la crisis está lejos. Se vive. Eso es todo. El final del viaje será Japón. Nuevos encuentros, ceremonia del té. Masas. Regreso a Hollywood.

Para Chaplin, el mundo es aquello que le rodea. El mundo es él mismo. Viajar es permitir a los demás que te descubran a ti. Puede uno marcharse muy lejos, sí, y asombrarse. Ver las maravillas del mundo como uno ve las fieras en un zoo. Igual, cuando nadie lo conocía podría haber sido otra cosa, pero no, para Chaplin el verdadero misterio, aquello de lo que se nutre, de lo que se alimenta, es la gente, las personas, los gestos. Pero, ¿no es eso un cómico? Un comediante descubre el mundo será así un estupendo documento para conocer algo más profundamente al hombre, para arrojar sobre él algunas extrañas luces y matices que ni tan siquiera intuíamos. Es decir: el mundo descubre al comediante.

 

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