No pudimos ser amables. Antología poética (1916-1956), de Bertolt Brecht (Galaxia Gutenberg) Traducción de José Luis Gómez Toré | por Juan Jiménez García

Bertolt Brecht | No pudimos ser amables

Qué tiempos estos en los que nos acordamos más de Adolf Hitler que de Bertolt Brecht, más del nazismo que del distanciamiento. Vivimos en uno de esos tantos futuros que debía ser indulgente con el presente del poeta y dramaturgo alemán, pero si ahora volviera entre nosotros, no entendería nada, y solo repetiría un verso que no está: malos tiempos para la lírica. Él, que escribía poemas, poemas que eran como canciones, canciones que cantaron tantas y tantos, que nos entregaron momentos imborrables, él, que pudo poner letra al himno alemán (pero hablaba de que ninguna nación es más que otra, y eso es insoportable para aquellos que solo tienen esto, que parecen tantos), él, que vivió en la República Democrática Alemana, la parte fea y gris, y allí también tuvo problemas, él, que amaba a las mujeres y ellas le amaban a él, y estaban tan unidos que ahora no hay manera de desenredar su textos (y qué bien sienta eso cuando nos gusta discutir por todo y tenemos tiempo y medios para ello), él, personaje de sí mismo, él, que al principio era feliz, y luego ya no lo era tanto, y acabó teniendo miedo y viendo como aquello en lo que uno cree no es como es. Cierto: nos sabemos muchas de sus advertencias del pasado, y eso no debería más que preocuparnos. Porque tras la República de Weimar vino la muerte, y tras la muerte, las ruinas, y el ser humano llegó a ser menos aún de lo que lo había sido nunca (que ya era bien poco). Una cosa nos une a todos: el egoísmo. También: el egocentrismo. Sí, señor Brecht, son malos tiempos para la lírica y para demasiadas cosas. 

Debería estar escribiendo sobre la poesía de Brecht y sin embargo escribo sobre el aire de los tiempos. Y ni tan siquiera todos, sino los míos. ¿Veis? Siempre el yo, ese pronombre personal de la primera persona, masculino y femenino. Dicen. Debería estar escribiendo sobre la poesía y escribo sobre lo que esta ha traído a mi cabeza, enredada en mis miedos y temores, en mis debilidades, que son todas. Y me pregunto: ¿y no es entonces correcto? ¿Qué buscaba el escritor más que hacernos pensar? ¿Qué buscaba sino conmovernos y, una vez conmovidos, dejadnos ahí, dándole vueltas a las cosas? Como él, hemos sido arrojados a las ciudades de asfalto. Cómo él, pensamos que todo pasa y esto también pasará (pero no vivimos eternamente y cada instante, cada fragmento de vida, no volverá). Dice que la debilidad de la memoria da fuerza a los hombres, y es tan cierto que resulta aterrador. Porque esa fuerza nos ayuda a sobrevivir, pero también a destruir. Todo se pasa rápido, dice Nanna, pero yo pienso en el tarro de miel, en estar dentro de uno. Todo se pasa rápido, también el amor e incluso la pena, canta. Pero más adelante, Bertolt Brecht, cuya poesía cada vez era más sombría (porque escribía al hilo de su vida), escribía: la cuerda cortada puede volver a anudarse. De nuevo sujeta, pero está rota. Y yo recuerdo a Milva, como recordaba a Ute Lemper. ¿Dónde están nuestros años de juventud? 

A cada cual su Brecht. Utilizó todo tipo de registros, pero siempre pretendió ser entendido, porque tenía algo que decir y quería que llegara a la gente, como también lo pretendía su teatro, pese a sus teorías de la representación. Tanto una cosa como otra, tanto esa poesía como ese teatro, buscaban alertarnos sobre los peligros de los tiempos actuales, a menudo, sí, sombríos, cómo esperar un futuro, que quería pensar que sería mejor. También está la ironía y un humor juguetón. Y cuando escribe es como Georges Grosz dibujaba, y de ahí salen putas y acaudalados, poder y militares, vida y muerte, esa rueda que mueve el mundo. Odia muchas cosas y no deja de sentir amor por otras tantas, y eso está en sus versos que, como a menudo ocurrió, dan ganas de cantarlos. Y dan ganas de cantarlos porque tienen esa vitalidad de la convicción de tener algo que transmitir, a los de ahora, a los de entonces y los que vendrán. En su poema Placeres habla de algunas cosas de la vida que merecen la pena. Desde un libro viejo reencontrado a la nieve y el cambio de las estaciones. Desde la dialéctica hasta unos zapatos cómodos. Cantar. Un verso es todo un resumen de su poesía: Escribir, plantar. Pero yo, que me conmuevo fácilmente, me quedo con otros dos: Comprender; Ser amable.


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